La iglesia de San Pedro vivió el sábado 21 de marzo mucho más que la proclamación de un pregón. Lo que comenzó como un acto solemne fue transformándose, palabra a palabra, en una experiencia envolvente en la que el público no solo escuchó, sino que sintió la Semana Santa a través del recorrido que fue construyendo Pedro Antonio Jiménez Olivares.
El acto comenzó tras la Misa oficiada por el párroco Eduardo Lorenzo, que estuvo acompañado por el vicario Pablo José Cremades y el sacerdote Paco Bernabé, y estuvo amenizada por la música de ‘Cor amb Cor’.


Ana Durá, miembro de Junta Mayor, dio la bienvenida al alcalde de Novelda, Fran Martínez, al consiliario Eduardo Lorenzo, autoridades, representantes de la Junta Mayor, cofradías y hermandades, comunidad parroquial y público en general, antes de ceder la palabra al presidente de la Junta Mayor, Francisco Manuel López Peral, para presentar al pregonero.


Su presentación no se limitó a un perfil biográfico, sino que fue trazando el vínculo profundo del pregonero con la Semana Santa noveldense. Recordó su trayectoria como fotógrafo, locutor de radio y rostro de la televisión local, pero sobre todo su vinculación temprana con la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, a la que, explicó Peral, comenzó a profesar devoción con apenas siete años. Subrayó su entrada en la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno en 2001, cumpliendo ahora sus veinticinco años como cofrade, destacó su labor como director de la revista de Semana Santa en 2007 y su implicación actual como secretario y miembro activo de la Junta Mayor. Con esa trayectoria, López Peral anticipó que su pregón, sin conocerlo previamente, estaría inevitablemente marcado por una vida vivida desde dentro.
Con ese contexto, Jiménez Olivares subió al atril y, antes de iniciar su intervención, realizó un pequeño reclinatorio hacia su madre, sentada junto a sus hermanos, y hacia la imagen del Nazareno, un gesto íntimo que marcó el tono de todo el discurso. A partir de ahí, su intervención avanzó con naturalidad, sin rupturas, como un relato continuo en el que cada etapa encontraba su sentido.

Comenzó agradeciendo la presencia de los asistentes y recordando a su familia, antes de situar el eje de su intervención en la Semana Santa como un acontecimiento que cambió la forma de entender el mundo. Desde ese punto, introdujo la idea de la Semana Santa como un “carrusel de emociones”, en el que la alegría, la tristeza, la oscuridad y la luz se suceden constantemente, abriendo así el camino hacia uno de los grandes símbolos de su pregón.
La luz no apareció solo como concepto, sino como experiencia. Al afirmar que sin ella nada sería posible, encendió un cirio que tenía situado junto a su atril, y ese gesto activó una transformación progresiva del templo, a partir de este momento las luces comenzaron a apagarse desde el fondo, primero en el coro, después en los laterales, generando una penumbra creciente que acompañaba su discurso. No era un efecto aislado, sino una forma de introducir al público en lo que estaba contando, en la necesidad de la luz para enfrentarse a la oscuridad, no solo física, sino también interior.


En ese ambiente, el pregonero decidió retroceder a la infancia y hacerlo de forma explícita, hablando desde la mirada de un niño. No se quedó en una evocación superficial, sino que desarrolló con detalle cómo se vive la Semana Santa en esos primeros años, con el miedo inicial a los capuchos, la forma en que ese miedo se suaviza con los caramelos, pero también cómo despierta preguntas constantes que los adultos deben responder. A partir de ahí, encadenó recuerdos concretos que dibujaban su forma de vivir estas fechas, el vecino que advertía que no tocaran el tambor, y la imposibilidad real de que un niño resista esa tentación, con el único objetivo de poder repartir o recoger caramelos, las procesiones improvisadas en casa con vestas hechas de papel de periódico o las tardes enteras viendo desfilar pasos, aprendiendo incluso que al final de la procesión los capuchos ya no tienen caramelos porque los han repartido todos.
Esta narrativa desembocó en una reflexión clara, en la importancia de transmitir esas vivencias. Frente a un mundo dominado por pantallas, defendió la necesidad de que padres y abuelos sigan siendo el puente entre la tradición y los más pequeños, porque en ellos está el relevo de la Semana Santa.
A partir de ahí, el discurso avanzó hacia la juventud, introduciendo la idea del cambio y de la posibilidad de perderse. No lo planteó como una ruptura, sino como parte del proceso vital, explicando cómo, incluso en esos momentos, la Semana Santa seguía presente en él. Describió lo que supone estar lejos en esas fechas, no poder participar por motivos de trabajo y, aun así, seguir sintiéndolo, hasta el punto de vivirlo por dentro aunque no se esté físicamente, aseguró el pregonero.
Ese recorrido llevó a los asistentes a uno de los momentos más intensos del pregón. Mientras el templo permanecía en penumbra, comenzó a sonar el Adagio for Strings, en la versión interpretada por Hauser, una pieza musical que reforzó el sentido de lo que estaba contando el pregonero. Fue entonces cuando señaló a la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno y centró su discurso en esa figura como eje de su vida, desarrollando la idea de una presencia constante que guía, acompaña y da sentido incluso en los momentos de mayor dificultad. No lo planteó como una afirmación abstracta, sino como una experiencia personal construida a lo largo del tiempo.


Desde ahí, enlazó con su trayectoria profesional, explicando cómo la radio le permitió llegar a las personas a través de la voz, sabiendo que siempre hay alguien al otro lado, y cómo la fotografía le enseñó a trabajar con la luz, a capturar momentos y convertirlos en memoria. En ambos casos, la Semana Santa apareció como el punto de partida de ese aprendizaje, como el lugar donde todo cobraba sentido, apunta.
Sin embargo, dentro de ese recorrido reconoció que durante años había algo que no terminaba de encajar. Explicó con claridad ese vacío entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección, ese salto que dejaba incompleta la experiencia, hasta que descubrió la Vigilia Pascual, celebrada en Sábado Santo. Desarrolló este momento como clave, explicando que se trata de una de las celebraciones más ricas en símbolos de toda la liturgia, y cómo fue precisamente ahí donde comprendió plenamente el sentido de la Semana Santa, completando ese recorrido que hasta entonces le parecía fragmentado.
A partir de ese punto, el pregón dio un giro hacia lo sensorial. Invitó a los asistentes a cerrar los ojos y a privarse de la vista para intensificar el resto de los sentidos. Con la iglesia completamente a oscuras, iluminada únicamente por las imágenes principales, el Nazareno, La Santa, San Pedro y el Sagrario, el silencio se hizo absoluto, interrumpido suavemente por la música y las palabras del pregonero. En ese contexto, su voz condujo al público hacia la idea de sentir más allá de lo visible, mientras desde el fondo del templo tres jóvenes cofrades avanzaban pulverizando aroma de jazmín. El olor, imperceptible en su origen pero evidente en su presencia, completaba una escena pensada para que el público no solo escuchara, sino que experimentara lo que se estaba transmitiendo.


Desde ahí desarrolló una reflexión sobre la fe entendida como algo que no siempre se ve, pero que se percibe, que se siente y que forma parte de la propia vida. Cuando pidió abrir los ojos, el templo seguía en tinieblas, reforzando la idea de ese tránsito entre oscuridad y luz que había atravesado todo el pregón.
En ese punto final, el discurso se centró en el mensaje de la Semana Santa como guía de vida. Insistió en la necesidad de amar por encima de todo, de perdonar para no cargar con el peso del rencor y de creer incluso sin necesidad de ver. Mientras lo hacía, las luces comenzaron a encenderse de nuevo de forma progresiva, acompañando el sentido de sus palabras y devolviendo la claridad al templo.


El cierre mantuvo esa coherencia, agradeciendo a los jóvenes su implicación en el desarrollo del pregón, reconociendo el papel de sus padres en la transmisión de valores y apelando a vivir la Semana Santa más allá de esos días, prolongando su mensaje durante todo el año. Con ese final, sencillo pero directo, concluyó una intervención que había recorrido toda una vida.
La respuesta fue inmediata. Con las luces ya completamente encendidas, el público se puso en pie en una ovación larga y sostenida que reconocía no solo el contenido, sino la forma en que había sido transmitido.


Tras ese momento, Ana Durá retomó la palabra para destacar la emoción del pregón y dar paso a la entrega de la placa conmemorativa, que Francisco Manuel López Peral, Presidente de Junta Mayorm entregó al pregonero en medio de un abrazo.


El acto continuó con la lectura del acta de nombramiento del cofrade de honor 2026, que detallaba la trayectoria de Daniel Abad Crespo. Nacido en 1958 y vinculado desde su infancia a la Hermandad de Jesús Caído, heredó la devoción de su familia y participó desde joven en todas las tareas necesarias para sacar adelante la procesión. Su implicación le llevó a formar parte de la Junta Directiva en los años 70, a presidir la hermandad durante ocho años y a continuar en la actualidad como tesorero, en una dedicación constante que fue reconocida por unanimidad. Tras la lectura, subió al altar para recibir la medalla de manos del presidente de la Junta Mayor.

A continuación, se hizo un reconocimiento a la cofradía Nuestra Señora de los Dolores por su 50 aniversario, recordando su fundación en 1976 por un grupo de jóvenes y su trayectoria a lo largo de medio siglo dentro de la Semana Santa de Novelda. La presidenta, Ana López Navarro, recogió la placa conmemorativa en representación de la hermandad.

El acto concluyó con unas palabras finales de Ana Durá, quien, recogiendo el mensaje del Santo Padre León XIV, apeló a una Iglesia cercana, comprometida con el sufrimiento del mundo y defensora de la paz, el diálogo y la dignidad, poniendo el broche a una noche en la que la Semana Santa dejó de ser únicamente una celebración para convertirse, como había propuesto el pregonero, en una experiencia vivida.









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