Entrevista a Óscar Navarro: Música sinfónica para reencontrarse con lo esencial

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Para Óscar Navarro, 2025 ha sido un año que difícilmente olvidará. Un periodo marcado por la intensidad, el crecimiento y la emoción, tanto en lo profesional como en lo personal. Él mismo lo resume de forma sencilla y honesta: “Ha sido un año muy intenso y muy bonito, en el que han pasado muchas cosas importantes”. Un año de esos que dejan poso y que sirven para tomar conciencia del camino recorrido.

A lo largo de estos meses, su agenda se ha llenado de proyectos, encargos especiales y viajes que han enriquecido su mirada artística. Sin embargo, cuando echa la vista atrás, hay dos experiencias que sobresalen con especial fuerza.

Por un lado, los conciertos realizados junto a su propia orquesta, y por otro, el videoclip navideño Donde habitan los sueños, una obra que define como “algo muy diferente y muy especial” dentro de su trayectoria. Dos maneras distintas de conectar con el público, pero unidas por una misma esencia, la emoción.

Su manera de entender hoy la música no se explica sin su formación internacional. Viajar, convivir con otros músicos y empaparse de culturas distintas ha sido clave en su evolución. “Cuando viajas y conoces otros lugares y otros músicos, la mente se abre por completo”, afirma. Esa apertura le ha permitido mirar la música desde otros ángulos y entenderla de una forma más amplia y profunda.

En ese proceso, su etapa en Los Ángeles marcó un antes y un después. No solo a nivel creativo, sino vital. “Fue un punto de inflexión”, reconoce. Allí aprendió a relacionar la música de una manera mucho más directa con la imagen y la emoción, y fue también el momento en el que tomó una de las decisiones más importantes de su vida, dejar atrás su etapa como clarinetista y apostar plenamente por su futuro como compositor.

Los premios y reconocimientos que ha ido cosechando a lo largo de los años son recibidos con gratitud, pero sin perder el foco. Para Navarro, lo esencial sigue siendo la conexión con el público. “Son una alegría y un empujón para seguir adelante, pero lo más importante es sentir que el trabajo conecta con la gente”, asegura.

Esa conexión se ha visto reforzada de manera muy especial gracias a la Oscar Navarro Symphony Orchestra, una herramienta artística que le ha permitido profundizar aún más en su propio lenguaje. “Tener mi propia orquesta me ha ayudado a conocer mejor mi música y a trabajarla con mucha más profundidad y libertad”. A ello se suma un factor humano irrenunciable: “Trabajar con músicos que se dejan el alma en cada nota es algo que no encuentras en todos los sitios”.

Su forma de componer, explica, no ha cambiado radicalmente con los años, pero sí ha evolucionado. “Cada día aprendo cosas nuevas y sigo creciendo. En este oficio nunca dejas de aprender”. Esa evolución constante es la que desemboca en proyectos como Donde habitan los sueños, un videoclip que nace de una necesidad muy clara, hacer algo cercano y humano. “Tenía ganas de hacer algo que implicara a la gente y que tuviera un mensaje sencillo”, explica. El resultado ha sido una obra que ha logrado emocionar a miles de personas gracias a la unión de la música y la ilusión.

La dimensión colectiva del proyecto es, para él, fundamental. “La cultura cobra sentido cuando se comparte y cuando une a las personas”, afirma con convicción. Ver a tantas personas implicadas, remando en la misma dirección y con tanta ilusión, fue una confirmación de que el esfuerzo merecía la pena. Esa experiencia se vio reforzada por el trabajo junto al director Fran Casanova, con quien mantiene una amistad de más de quince años. “Desde el primer momento trabajamos codo con codo. Muchas veces no hacía falta ni decirnos nada”.

El rodaje dejó momentos difíciles de olvidar. Uno de los más impactantes fue ver a todo un pueblo completamente entregado al proyecto. “Juntar orquesta, coro de niños, figurantes, equipo técnico, personal del Ayuntamiento de Noblejas, autoridades y músicos del pueblo es algo totalmente mágico”. Una imagen poderosa que resume el espíritu del videoclip.

En lo creativo, la historia fue el punto de partida. “Primero pensé la historia y automáticamente nació la música”, explica. Ambas crecieron prácticamente al mismo tiempo, pero siempre con la narración como base.

El lenguaje musical elegido es claro y directo, “un lenguaje sinfónico muy emocional, fácil de sentir y que llega al corazón en apenas cinco minutos”. Las emociones que buscaba despertar estaban muy definidas, ternura, nostalgia, alegría y ese “pellizco” que inevitablemente lleva a la infancia.

La respuesta del público ha sido contundente. “Muchísima gente me ha escrito diciendo que se le han saltado las lágrimas al escuchar la música. ¿Hay algo más bonito y especial que eso?”.

Toda la obra se articula en torno a un tema principal que representa la ilusión y la magia que nunca debería perderse. Un tema que comienza de forma muy sencilla, al piano, y que va creciendo poco a poco, pasando por distintos instrumentos hasta desembocar en una gran explosión final. El trabajo de sincronización entre música e imagen fue minucioso. “La música marca el pulso emocional de la historia. No fue nada fácil, pero conseguimos el equilibrio exacto”.

Componer para su propia orquesta le aporta una conexión total. Tras diez años de recorrido conjunto, la complicidad es absoluta. “Nos entendemos muy bien y eso se nota en el resultado. Tengo muy claro el sonido que quiero sacar de este grupo tan especial”. A ello se suman las voces infantiles, que aportan una dimensión única. “Tienen una pureza imposible de describir con palabras. Nos llevan a la infancia, a la verdad y a esa inocencia que se va perdiendo con los años”. Todo ello queda impregnado en el videoclip, convirtiéndolo en una obra especialmente emotiva.

Dentro de la orquesta, las cuerdas tienen un protagonismo claro. “Ayudan a crear ese ambiente de magia y cercanía. El sonido de las cuerdas es capaz de tocarnos el alma, y si le sumamos el resto de instrumentos, solo nos queda elevarnos hasta el paraíso”. Para Navarro, ese es el verdadero poder de la música, el poder de la emoción.

La historia podría funcionar únicamente con la música, y esa era una idea clara desde el principio, aunque reconoce que las imágenes aportan un plus narrativo y emocional, especialmente gracias al trabajo con actores. A nivel técnico, la obra no plantea grandes dificultades, pero sí exige un alto nivel expresivo. “Cada detalle cuenta. Lo importante es transmitir las emociones de manera clara y cercana”.

La noche de Reyes se traduce musicalmente en emoción contenida, expectativa y una sensación constante de ilusión, construida a través de una sección que va creciendo rítmicamente hasta el clímax final. Para él, ese final es el momento clave de la obra, cuando todo encaja y cobra sentido. “Es el instante en el que casi nos quedamos sin respiración, donde la emoción sale por todos los poros de la piel”.

Navarro está convencido de que la música sinfónica necesita formatos como este para llegar a nuevos públicos. No todo el mundo conecta con ella a través de un concierto tradicional, y buscar nuevas vías es fundamental. En este caso, el videoclip ha sido el vehículo perfecto. Dentro de su catálogo, Donde habitan los sueños ocupa un lugar muy especial y, al mismo tiempo, abre la puerta a nuevas ideas. “Nunca había hecho algo así. Puede que sea el primero de otros que vengan en el futuro”.

A quien aún no ha visto ni escuchado la obra, le lanza una invitación sencilla: “Que se deje llevar y la vea con el corazón abierto. Es una música para sentir, no necesita explicación”. La acogida del público ha sido abrumadora y profundamente emocionante, “siento muchísimo agradecimiento. Estoy más que feliz”.

Mirando al futuro, 2026 se presenta cargado de ilusión. Será el año en el que celebrará sus XX años como compositor con una gran gira internacional, además de nuevos conciertos con su orquesta y próximos encargos. “No se puede pedir más”, afirma. Siempre hay sueños pendientes, reconoce, pero lo importante es disfrutar del presente y dejar que el destino sorprenda.

Si tuviera que definir ambos años con una sola palabra, no lo duda: 2025 ha sido emoción y 2026 será ilusión.

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