Art. de opinión de Jesús Navarro Alberola
Son las dos cosas a la vez: es el final de una ilusión, la ilusión de tener la fábrica y las instalaciones de gestión que se merece Carmencita. Y es también el inicio de una era diferente. La era de una Carmencita mundial.
Final e inicio. Siempre igual: nacer y morir, morir y nacer. Un círculo que se cierra.
Ya no hay que disimular, en la antigua fábrica, con espejos por todos lados, con trucos en las visitas, pasando dos veces por el mismo lugar, pero en otra dirección, y cosas así.
Y es el final de escuchar en voz baja la frase «Yo pensaba que Carmencita era otra cosa, más grande…».
Se acabó la escalera estrecha con la compañera Nieves en la recepción, en aquella cabina de los setenta. La mesa de reuniones comprada a Jesús, del Pub Duende… Si hablara esa mesa. Los consejos de Ebro Foods, los comités, las lágrimas, las risas, los abrazos, los disgustos, las despedidas y bienvenidas… Siempre con disimulos, con maquillajes, aparentando más de lo que éramos para conseguir los objetivos: más ventas, más clientes, más préstamos, más crecimiento.
Se acabó aparentar lo que no éramos.
Éramos mentirosos a la fuerza. Pero para nosotros eran ilusiones. «No digues mentires», me decían mis primos. Y yo siempre pensé, ellos también, que algún día podríamos conseguir que esas ilusiones se convirtieran en realidad.
En 2016, con la fase 1, se empezó a ver ese horizonte de realidad. Poco a poco, la fase 2, la fase 3… La realidad superaba la ficción.
Y estas semanas, subía por primera vez en uno de los ascensores principales de la nueva fábrica y de las oficinas y no me lo podía creer. Las lágrimas no me dejaban ver lo que tenía delante. La emoción y el orgullo de cumplir un sueño… y, a la vez, la nostalgia del camino recorrido para llegar hasta aquí.
Los recuerdos de tantas personas que ya no están, pero cuyo esfuerzo y trabajo han sido claves para llegar hasta aquí.
Somos un equipo.
Un equipo de varias generaciones. Y el testigo llegó. Y no solo llegó a la meta.
¡Ganó!
Y el triunfo es de esos miles de personas que han formado Carmencita durante más de 100 años.
Yo soñaba en los setenta con la reforma del almacén de la uva y con salir del porche de casa de los abuelos. Pensé que era el final.
Y fue el inicio.
Soñé con lo que nos está pasando ahora.
Y ha pasado.
No es el final.
Es el inicio.
El inicio de algo más grande, pero, sobre todo, el inicio de nuevas ilusiones. Nuevas personas. Nuevos sueños.
No son mentiras.
Son ilusiones.
No dejéis de soñar.
Hasta el final.
El final es el inicio. No lo olvidemos nunca.
























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