Art. de opinión de Francisco Penalva Aracil

LAS RAMBLAS QUE LLEVAMOS DENTRO

Novelda y su rambla, o lo que es igual, los Noveldenses y sus recuerdos de este lugar por donde pasa el río Vinalopó. Cada uno el suyo en ocasiones bastante distinto dependiendo de los momentos en que se vivieron, y el impacto emocional que nos produjo estar allí.

Sin embargo hay algo en común que nos une en su visión, y es la coincidencia en una relación de empatía hacia rasgos característicos que hay en ella. Como la tierra arenosa tan pisada y recorrida a través de los siglos, sus arbustos, en realidad pequeños árboles de una especie que solo se ve aquí, y las piedras que tanto abundan, que al tenerlas en tus manos y notar su tacto fresco y contundente, te remueve sentimientos al poseer por unos instantes algo elemental pero de tanta trascendencia, en la naturaleza y en la vida.

No debemos olvidar su significado en la historia, pues esa piedra que acabas de tocar, o está cerca de ti, puede proceder del Neolítico, y haberse utilizado como arma, herramienta, o utensilio para moler el trigo.

Así es, el cauce por el que trascurre nuestro río, que fluye tímido con su escaso caudal flanqueando la ciudad, y al que volvemos de vez en cuando queriendo ver en sus turbias aguas que bajan lentas, sin prisas por llegar al mar, el reflejo de andanzas de juventud.

Nuestro entrañable escritor José Mª Aguado Camus, refiriéndose a su lentitud, decía en uno de sus artículos en Betania. “Y el río fatigado de su largo caminar, tiende sus aguas en un recodo y duerme sus siesta transparente. Porque su sueño es así, claro y cristalino, reflejando en el perfil de sus orillas, la mancha oscura de un pino o la esbelta figura de una palmera que le invita con el suave parpadeo de sus alas verdes al remanso”. Una rambla que al verla tan dócil, nos atrevíamos a cruzarla pisando entre sus piedras que sobresalían de su lecho y que al estar resbaladizas por una fina capa de cieno que las cubría, caíamos la mayoría de veces dentro, metiendo los pies en su fango hasta las rodillas, ante la hilaridad y burla de los compañeros de “Aventuras y Batallas”.

Aquellas en las que pretendíamos imitar a las huestes de Amilcar Barca. Caudillo Cartaginés que según dice la leyenda, se ahogo aquí, junto a su caballo. Nosotros de chiquillos, también teníamos nuestras bandas de “guerreros”, en mi época las del “Jabato y el Puma”, enfrentándonos unos con otros con espadas de madera, cubriéndonos de las acometidas del rival con parapetos sujetados en el brazo, algunos de ellos –los buenos- hechos con una chapa metálica que nos servia de mejor defensa. Vicente Albero hijo, en su magnifica exposición fotográfica “rambla adentro”, hizo hincapié en la desolación, que efectivamente sentimos al contemplarla en muchos de sus trayectos.

Pero yo creo que se debe aceptar como parte de su esencia, al perdurar a lo largo de los años en nuestra visión de la misma llegando a tenerle una tierna estima. Lo que le pasa es que ha envejecido, se ha deteriorado, como nos pasa a todos. Sin embargo lo que perdura a lo largo de los años en nuestro corazón de novelderos, es el paisaje y los rincones que hay en él, que aun conservan esa belleza decadente pero tan peculiar, que nos sigue emocionando a muchos: Como el Clot, con su agua salada tan buena para la piel. Sus cataratas como la del “chorro Lasud”, que al contemplarla nos imaginamos su pasado de río caudaloso.

La calzada romana, por la que cruzaron miles de personas recorriendo estos territorios, o conquistándolos en sus guerras casi permanentes. Y los cañones de tierra roja, que la erosión del agua ha modelado caprichosamente, pareciéndose algunos de ellos a los del Oeste Americano. Debemos de quererla tal como es, la llevamos dentro.

2 COMENTARIOS

  1. Bonito artículo, Paco. Consigues que se recuerde la infancia o la juventud de los que pasaron en sus orillas sus mejores momentos de la infancia, o sus primeros «ligues», como se dice ahora.
    Un saludo y sigue escribiendo.

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