Art. de opinión de Luis Beresaluze Galbis

DIOS PROPIO (y II)

No creo a los que no creen. Creo que creen que no creen. Se meriendan la cena. Tienen una creencia negativa. Una creencia negativa no es una creencia. No es, simplemente. Porque no creyendo, ya están utilizando la máquina de creer. Mienten respecto a la instancia mas grave de su vida, que, según ellos, es lo único que tienen. Si no creyesen en Dios y fueran consecuentes, se suicidarían. Primero, no existirían. Y segundo, harían lo posible por dejar de existir. No pueden tener semejante falta de imaginación. Ni tanta resignación. Ni conformarse con tan poco. Ni ser tan fuertes. Quieren, por vanidad, creer que no creen.

No me explico que encuentren en esa soberbia la fuerza necesaria para hacer este camino, para ellos, con un fin absoluto y total, tan efímeramente estúpido, tan inmediato en su acabamiento. Y tan horriblemente desesperanzado. Serían absolutos huérfanos de la esperanza. Esperarían, solo, no esperar. Serían desesperados químicamente puros. Sin perjuicio de que quien no vea a Dios entre las cosas, es que no ve bien las cosas. Se porta como una mosca dentro de una diligencia. Y ver las cosas es estar vivo. Porque las cosas se viven. Se vive entre ellas y con su concurso. Mis cosas son mi universo personal, me acompañan y definen. Evitan que esté solo cuando estoy a solas. Hay cosas sin las que, casi, uno no podría vivir. Que se han incorporado a este hábito de respirar. Yo y mis cosas, diríamos a lo orteguiano.

Todas llevan la firma de Dios. Ha de ser muy hombre un hombre para no creer en Dios. O muy poco hombre, como la cantidad de hombre que aun pueda caber en un homínido. Tan hombres tan hombres o que lo sean tan mínimamente. Ha de ser Dios mismo. Solo Dios sería capaz, proporcionalmente, suponiendo a Dios capaz de hacer ensayos sin fundamento, de tener la fuerza suficiente para no creer en Sí Mismo. Sin perjuicio del absurdo ontológico del planteamiento. Dios, objeto de la fe, no precisa de ella. ¿En qué Dios iba a creer Dios? Si en alguien cree Dios, realmente, es en nosotros, los hombres. Nosotros somos el dios de Dios, lo que mas quiere, la cumbre de su obra. Tanto que se nos quiso hacer semejante en la figura de su Hijo. Cuando se metió en un niño, calzando en una infancia su primer uniforme, su primer estado humano. Cuando nos divinizó humanizándose, empezando por lo mas chico. Cuando el Absoluto se hizo relativo. Por amor. “El miedo ha creado a los dioses” , decían los antiguos. Al mío lo ha creado el Amor. Es un absurdo, pero un absurdo real. Inadmisible que alguien, sin ser Dios, sea capaz de no creer en Él. De poder vivir, que es morir poco apoco, con esa duda. Vivir es un ser cada día menos. La materia inerte es duradera, casi eterna. Vivir es como irse disipando, como una emigración física gradual, en el sentido que se da al término en la química, Sublimación y fracaso de la física. Nada, al menos, que se parezca, por dentro a mi. Al yo que hay en mi. Al hombre tan vulgar y corriente que yo soy. No hablo de un hombre parecido a un santo. Un simple hombre que no puede tener otra referencia antropológica. Y que lo soy, divinamente, con Dios, por Dios, alrededor de Dios, asistido por Dios, con Dios como única razón y esencia esencial de todo mi ser. Si salgo de mi, me pierdo. Ya no tengo referencias. Está el vacío. He de entenderlo y considerarlo a partir de este yo en que consisto, por Él. No se trata ya, como creo que ha dicho algún ingenioso, tal vez Voltaire, de que si Dios no existiese habría que inventarlo. Si Dios no existiese no habría que inventar cosa alguna. Sencillamente, estaría ya todo inventado. Estaría inventada la nada. La obviedad de toda invención. La inexistencia. El no ser. Hace falta que exista Dios para que todo cobre sentido. Incluso el propio Dios. Esa identidad indispensable que late en mi mente, como la sangre en mis pulsos. Esa química moral de mi razón. Ese motor de mi pensamiento. Esa satisfacción de mi hambre de hombre, de hombría. El pensamiento es también naturaleza. Dios me hace pensar. Pensando, soy un ser natural en acto, en su propio acto. Pienso con palabras. Él es la Palabra. La tengo acampada en mi. Por eso me siento, tanto, Dios. Por eso me siento tanto en Dios. Por eso lo vivo conmigo. Por eso vivo en ÉL. Por eso sonrío y espero. Y me pregunto, ¿cómo me querrá tanto y le gustará de este modo estar siempre conmigo, cuando no hago nada de particular sino abandonarme al curso de las cosas, estar en el universo, dejarme vivir, a su aire y el mío y esperar, sin miedo, a ver su Rostro algún día? ¿Por qué. Dios mío, te intereso tanto, siendo tan poca cosa? Me abrumas dándome tanto Dios, tanta sensación de ti, tanto barrunto de tu compañía, tanto perfume de tu Esencia. Yo creo que me ayudas a amarlo todo, a tener este interés por las palabras, por las maravillas que se puede intentar hacer con ellas, combinándolas, como quien lo hiciese con fragmentos de tu magnitud, de tu materia, de tu carne, que ya en el Génesis eras la Palabra, según el mejor y más postrero de los evangelistas, el buen Juan que ofició de tutor y casi segundo padre, de tu Madre.

Yo, ya sabes, soy un palabrador. Un hombre apalabrado. Me gusta escribir. Y creo que lo hago cuidando y respetando las palabras como si fueran porciúnculas tuyas. Hasta a veces tengo la sensación, cuando me parece que lo hago bien, cuando me suena lo que hago, en cierto modo, a un remedo de tu música, de que me llevas un tanto la mano. De que me oficias de negro, de escribidor anónimo y mercenario. Tú, precisamente Tú, gran Dios, produciendo en mi un pentecostés chiquitito y privado, increíblemente grato. La gente atribuye las que considera sus inspiraciones a las musas. Cree tenerlas. Yo tengo Dios. Tengo a Dios. Y si no lo tengo, lo creo, creyéndolo y creándolo. Necesito otro extremo para mi comunicación. Para mi comunicación con algo, con alguien, con Él. Y lo agradezco lo mismo. Porque, a veces, lo que sale, no parece mío. Porque es verdad, no es inmodestia consignarlo. Lo juzgo sinceramente, con la mas sincera de las modestias, superior a mis suficiencias. Y si en mi no hay mas que el yo que yo conozco, tan limitado, considero, casi, una herejía, firmarlo, como algo que excede mis posibilidades, cuyo escaso alcance conozco de sobras. Como si no fuera propiamente mío o solo mío. A veces, insisto. Cuando me parece que lo he hecho casi bastante bien. Cuando uno tiene la sensación de haber dado demasiado de sí. De un sí que ya no parece suyo. Uno se conoce. Debe conocerse. Es su primera asignatura. Así constaba en el frontispicio del templo de Delfos. “Conócete a ti mismo”. Uno se conoce mejor que nadie. Porque es su principal asunto. Y si Dios no está en algunas de sus cosas, muy concretas y especiales, esas cosas serían un plagio, aunque el autor ignorase de quien y no hubiera tenido la voluntad y el propósito. Anónimo, sin saber de quien, pero un plagio. Y esto no es vanidad. Todo lo contrario. Humildad sincera. Yo se muy bien que, solo, soy capaz de poco. Y a veces tengo la impresión de rozar cotas altas. ¿Cómo voy a tener la vanidad de atribuírmelas, por lo menos, íntegramente? Pienso que, a lo peor, estoy pecando de vanidad al considerar altas esas cotas. Pero soy yo quien las estima, no un instrumento indiferente.Yo me entiendo. La inspiración es sintáxis. “En el adjetivo está la literatura”, dijo el maestro Azorín, y eso que él no los amaba mucho. No era hombre adjetivo sino sustantivo. Y en mi sintaxis, a veces, hay alguien mas que yo. Excuso decir en mis adjetivos. “Las palabras son costumbres” decía el Rey Sabio, Alfonso X. El que fue rey de Novelda desde el tratado de Almizrra, quedándose mi otro pueblo, Biar, de la parte de Jaime…Mi costumbre es Dios. Se citan su bondad, su omnipotencia, su misericordia, su sabiduría, su Amor inmenso…Pero pocas, su generosidad. La expresión gratificadora de ese Amor. La generosidad, esa maravillosa respuesta sin pregunta previa. La que dispone a dar sin recibir y hasta sin ser pedido.

Si solo fuésemos química y electricidad, no habría ideas. La idea es una realidad mental sin origen energético ni dinámico. Todavía el sentimiento (de sentir, a veces, con los sentidos) pudiera revestir la naturaleza de un instinto trabajado y culto. Y aun así, no veo manera de darle materia y sustancia al instinto. El pensamiento no tiene base empírica ninguna y la idea, esa inmensa realidad que puede cambiar la historia, no existe desde el mundo experimental. La idea es un imposible que mueve el mundo. Una porción de nada que lo llena todo. Sin el injerto de Dios, no puedo ver la idea como producto de la evolución. La vida fue una idea de Dios. Si esto no fuera así, aun lo sería menos que Dios fuera una ideación de la materia viviente. Un mineral, poniéndose, de manera espontánea a pensar, es inadmisible. En el paso de lo inorgánico a lo orgánico, es indispensable que esté Dios. Nada es lo que parece. Si lo fuera, no parecería; sería. Si el sol dudase un momento, se apagaría. Tan obvio como las tesis del refranero. “Vale mas descubrir una relación causal, que recibir la corona de Persia”, decía Demócrito. “Menos es mas”, afirmaba el maestro Azorín. Él que era tan poquita cosa y tan grandiosa. Menos es mas y nada es todo. Yo no soy apenas nada y, con Dios, el universo entero.

2 COMENTARIOS

  1. Que tarde ha salido tu artículo, querido Luis, pero ha salido al fin. Tarde, al menos para mí, pues acabo de llegar a casa,después de pasar una magnífica tarde con mi madre y mi mujer, y me encuentro con tu artículo. Ayer me quedé hasta las 0,30 h. esperandolo, y no salía. Ya lo considero algo mío que espero impaciente para comentar.

    Esta noche nos vuelves a hablar de Dios. Y dices que no crees a los que no creen. Yo, ya te lo dije ayer, creo en mi Dios, hecho a mi imagen y semejanza. En el otro, si es que lo hay, en ese no creo. Yo rezo al primero, le cuento mis penas, mis alegrías, le pido y procuro darle. Procuro, es tan difícil dar a Dios.

    Y coincido contigo, sería tan soberbio y estúpido no creer en Él.O sería tan cómodo creer en Él. La línea es tan fina que no sé distinguirlas.

    Y, por supuesto, que eres un hombre palabrador, dominas, como pocos, la palabra. Y, cuando la conviertes en escritura, la haces bella, hermosa, aunque, lo reconozco, a veces, difícil de seguir. Pero eso no es culpa tuya, sino nuestra. No solemos estar a la altura.

    Y no somo sólo física o química, por eso creemos, o no. No despreciemos al agnóstico o al ateo.
    No son minerales, como insinuas. Simplemente no creen. Ya lo harán.

    Me alegro mucho, aunque tarde, de leerte. Un abrazo.

  2. Me asombra Sr Galbis porque usted no solo es monoteista en sus covicciones religiosas sino que además es monotemista en sus artículos ,volvemos a encontrarnos con Dios.

    Es indudable que usted parte de una FE ta arraigada en lo personal que le hace no creer en quienes no creen o l o que sería peor en los que no creen como usted, incluso llega a despreciar o minusvalorar su existencia diciendo que carecen de imaginación u hombría necesaria, que son vanidosos, no ven bien las cosas y si fuesen consecuentes consigo mismos pues se suicidarían aunque eso no le agradase mucho a su Dios.
    En fin, que están de más en este mundo y si no existiesen pues mejor que mejor.

    Pues perdone que le diga que no comparto en absoluto su opinión,parto desde la libertad y el respeto al que no cree tanto como al que cree. El mundo está lleno de creyentes. de increyentes, de ateos en diversos grados, de crédulos e incrédulos, de incorfomistas y amantes de la indiferencia religiosa, de meapilas y teístas consumados. Nos movemos entre las verdades absolutas y las falacias más atroces.
    No voy a tener la tentación de catalogarle D. Luis en ninguno de estos grupos porque no sería apropiado y además usted goza de algo «sagrado» pasra mí, ese don de la palabra como escritor que me merece todos mis respetos aunque no siempre comparta desde mi libertad el sentido último de sus textos, aunque admire su belleza en la articulación de las palabras ni por supuesto me crea que están guiadas por una mano divina en su quehacer diario como literato.
    No Sr. Galbis,, todo es más simple, es porque creo sinceramente que el mundo podría existir perfectamente sin Dios aunque parezca que los seres humanos no podemos prescindir de su noción o concepto y usted se empeñe en demostrarlo a sus lectores semana tras semana.Seguro que usted sería tan buen escritor como lo es si tuviésemos la certeza de que Dios no es necesario para excribir bien.

    El cineasta Luis Buñuel decía que era ateo por la gracia de Dios.Menuda contradicción, pues no lo es tanto si lo miramos bien,porque los ateos se pasan la vida hablando de Dios, de tanto combatirlo acaban justificando su esixtencia.
    Nunca me ha gustado el ateismo,si Dios no existe porqué perder el tiempo en negar su existencia, de algun modo en ese sentido si que podríamo decir que estos señores creen que no creen porque acaban convirtiendo en su incredulidad a Dios en algo importante.

    Me gusta más en ese sentido la posición agnóstica,la de Santo Tomás- ver para creer- o la del propi Jesús en la Cruz que se preguntaba porqué le habían abandonado.
    Incertidumbre del Hombre de carne y hueso sobre su suerte vital ,cierta conformniad ante un mundo de dolor, miseria, imjusticia y muerte que nos rodea , que contemplamos impotentes pensando porqué si existiese Dios iba a permitir tales males e injusticias y no encontramos la resouesta adecuada..Conformismo vital tal vez, o cierta incomprensión mentaL sobre la existencia de Dios, en cualquier caso sea lo que sea eso que los designios del Altísimo son inescrutables ya no convence a nadie. Los pies sobre la tierra y la mente despierta y el pensamiento se plasma en el chascarrillo popular de » me voy a pernmitir ignorar a Dios hasta que la palme y después ya veremos».
    Es cierto Sr Galbis que hay lugares en el mundo en que la gente cree hasta en la piedras, en que al religiosidad lo impregna todo y forma parte la vida cotidiana,en donde se difumina la tradición con la propia religión.Todos creemos en algo en un Dios personal,todos somos creyentes de algun modo,asi lo expresé en mi anterior comentario, incluso si reflexionamos un poco veremos que los cristianos de ahora somos descendientes de aquellos ateos que negaban las divinidades de la antigua Roma. Todos hemos podido ser creyentes y no creyentes a lo largo de la Historia, lo que no podemos ser es aburridos con nuestros lectores y estar todo el tiempo hablando de Dios. Un cordial saludo.

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