Art. de opinión de Jesús Navarro Alberola. «Apatrullando» la ciudad

El día que decides que ya está bien, que hay que salir de casa y que hay que afrontar la realidad, no te imaginas lo que viene después de esta compleja decisión. Mi madre, convencida, cambia por fin la ropa de casa por ropa de calle. Ese primer día la más tranquila era ella, ocupada en arreglarse como si fuera a una boda (siempre ha sido así), pasaba a un segundo plano la aventura de cruzar el portal por primera vez con una silla de ruedas.

Yo me sentía como los toreros que están a punto de saltar al ruedo.

Llevábamos días practicando en casa, cómo subir los bordillos, cómo bajarlos, sobre todo me entraba pánico el pensar que en un bordillo de cierta altura se volcara el carro y mi madre terminara por los suelos. Pensé, incluso, que debía prepararme no sólo mentalmente, sino también físicamente; después decidí, más o menos, el itinerario para que ese primer día resultara lo más cómodo posible, y nos quedaran ganas a todos de repetir la experiencia.

Enfilo el Paseo de Los Molinos y empiezan los problemas con una farola en el centro de la acera que impedía el paso. Al ser una acera estrecha bajar el bordillo se complica porque no hay espacio para encarar la silla y poder bajar con seguridad, así que el primer bordillo de mi vida fue con el carro inclinado, de forma que solo baja primero una rueda y después otra. Zarandeada mi madre en este primer obstáculo, seguí como si nada pasara; de pronto, todas las preocupaciones se esfumaron, ya sólo pensaba en los retos que me iban apareciendo por delante. Eso me tranquilizó y cambió el tercio, la más intranquila ahora era mi madre. Cruzamos la calle San Agustín con dificultad porque el paso de cebra no coincide con la acera de los Molinos y enfilamos la calle Mayor, el paraíso de las sillas de ruedas. Viajar por aquí es una gozada, no hay aceras y las calles que cruzan también están a la misma altura (la Plaza de España ahora también es prolongación de este paraíso). La euforia dura poco cuando entramos en la calle Emilio Castelar para dirigirnos al Casino, las aceras de casi 15 cm. de altura y estrechas, además de inclinadas, me recuerdan a mi época de trialero. Incomprensiblemente en esta calle hay rampas para poder subir a la acera, pero después no hay rampas de bajada, es como si pretendieran aparentar un acondicionamiento vial, sólo de cara a la galería. Esta circunstancia, en un carro manual y con ayudante, se puede superar; pero en un carro eléctrico, mucho más pesado y por lo tanto imposible de bajar un escalón tan alto, se convierte en una triste trampa. Llega el Casino, superar el escalón de entrada es más complicado de lo que parece al tener una anchura de casi medio metro, el carro se queda atrapado, el truco es entrar al revés. Una vez dentro del Casino, el espacio para una persona en silla de ruedas es el jardín, ya que no hay rampas de entradas a los salones (he de recalcar y agradecer que muy amablemente la Presidenta, los conserjes y los amigos de tertulia nos ayudan a subir las escaleras y, de esa forma, podemos superar esa barrera); pero es hora de que esta Sociedad centenaria construya unas rampas de entrada para las personas impedidas.

De aquí viajamos a la Glorieta, por cualquier calle que vayas ocurre lo mismo, o no hay rampas para subir a la acera o, de vez en cuando, aparece una como de muestra. Esto obliga a tener que desplazarte por el centro de la mayoría de las calles, con el peligro de los coches rozándote. La Glorieta te recibe amable, con rampas en todas las esquinas, fáciles de superar siempre que los coches mal aparcados te lo permitan.

De vez en cuando hacemos excursiones a los nuevos parques de la Avenida de Les Corts Valencianes, estos jardines y las aceras nuevas son el ejemplo de lo que deberían de ser todas las calles de Novelda para las personas que no pueden andar.

Ojalá algún día esto sea una realidad. De momento, mi madre, Paca, mi familia y yo, disfrutamos de la amabilidad y simpatía de la gente de Novelda, que nos hacen olvidar cualquier obstáculo en el camino.

3 COMENTARIOS

  1. Enhorabuena. Soy de Novelda, pero vivo en Las Palmas, y lo que dice este artículo, lo he vivido yo también con un familiar.

  2. Lo del casino es de verguenza. Mucha conferencia de la ciencia, pero luego un minusválido en silla de ruedas no puede entrar a verla, y mucho menos subir a los lavabos. Lo dicho, de verguenza.

  3. bueno Jesus, otro mas que se da cuenta, parece que hasta que no te pasa no hay problemas.

    espero que le pase tambien a los politicos de los ayuntamientos y se de cuenta.

    los que llevan sillitas con bebe tienen el mismo problema, y creo que en Novelda hay unos cientos.

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