Memorias de un sesentón (II)

EL ÁNGEL Y LA SOMBRA PERDIDA

 Artículo de opinión de J. F. Martínez (Charly Rebel)

La vida de cada hombre es un diario en el que trata de escribir una historia pero escribe otra. James Mattthew Barrie

Mi madre no tenía con quién dejarme mientras trabajaba, por lo que siempre la acompañaba cuando iba a “coser por las casas”. Desde muy niño pasaba largas horas en soledad en una habitación o en un patio, sin juguetes ni nada parecido, mientras que mi madre cosía para las clientas que la empleaban. No tenía más remedio que inventar mi propio entretenimiento que consistía en imaginar historias y meterme en ellas.
Un día me dejaron en un dormitorio de los que huelen a madera vieja y anduve haciéndome carantoñas delante del espejo de un armario, con la vana ilusión de pillar a mi propio reflejo desprevenido y burlarme de él. También practicaba con mi sombra. Había visto en el cine cómo Peter Pan perdía la suya y corría tras ella; y yo me dedicaba, en vano, a intentar que se soltase y huyera para perseguirla.
La mayoría de las veces simplemente me sentaba y dejaba volar mi fantasía. Una de mis aventuras preferidas versaba sobre una nave espacial en la que navegaba en busca de universos desconocidos. También recreaba rescates de damas secuestradas por piratas; abordajes entre cañonazos y largas luchas a espada con bucaneros que atacaban mi velero, cuchillo en boca y aferrados a cuerdas para el abordaje, y a los que mi espada cazaba al vuelo para alimentar a los tiburones. Cuando terminaba la batalla ponía rumbo hacia una nueva aventura con la vista en el horizonte y las manos agarradas al timón del galeón vencido. También repasaba pasajes de las películas que había visto en el Teatro Guerrero y me imaginaba luchando con Garfio o montado en un caballo de feria, liberado de su tiovivo, con Mary Poppins.


En una ocasión escuché que le preguntaron a mi madre:
—¿No se aburre el niño ahí solo tantas horas?
—No se preocupe, está acostumbrado a estar solo, nunca se aburre. Dice que aburrirse es convertirse en burro.
La primera vez que dije me aburro, mi padre me contó lo que su abuela, La Partera, le decía a él:
—Aburrirse es convertirse en burro.
Yo no quería de ningún modo que eso me ocurriera a mí porque conocía bien el cuento de Pinocho. En cuanto presentía que se acercaba el aburrimiento, la imagen de las orejas y el rabo disparaban el resorte de mis recursos para mantenerme entretenido, aunque fuera dibujando con la imaginación en las paredes.
En una de las casas coincidí con otro niño de mi edad; y dimos tanta lata, que la señora le propuso a mi madre que nos metieran en el colegio de Los Padres Reparadores. El problema era que teníamos tres años y para entrar había que tener los seis cumplidos.
—No hay de qué preocuparse. Hablo con don Anselmo y ¡vamos que si los aceptan! Por la cuenta que les trae —dijo muy convencida de sí misma.
A ambas les pareció un buen plan. Y así fue como acabé en una clase de niños gigantes y babis a rayas. Con frecuencia llegaba a casa con un chichón en la frente y las rodillas siempre peladas por querer jugar con ellos al fútbol. Mi madre solía decir que tenía un ángel que me protegía y me libraba de los líos en que se metía. Yo sospechaba que era mi sombra, que me enredaba y confundía, y me jugaba malas pasadas: como aquel día en que andaba con los ojos bizcos para ver cómo el suelo se elevaba a mi cintura y, al levantar la cabeza, vi un muñeco de plástico de los que salían de regalo en el detergente, encima de una pequeña radio, sobre una estrecha estantería de pared. Me subí a una silla y, al intentar cogerlo, se tambaleó, por estar un poco coja, y me desequilibré. Empujé la radio sin querer y cayó, quedando colgada y oscilante, sujeta por el cable del que seguía enchufada. Me quedé paralizado. De pronto vi que entraron mis padres, con cara de preocupación por el ruido que produjo el transistor al golpear contra un filtro de cerámica, que también tembló y estuvo a punto de caer y romperse contra el suelo. Sentí una especie de terror infantil por intuir que había cometido un pecado y salí corriendo, como si me persiguiera el mismísimo diablo, a la vez que rezaba el padrenuestro a toda velocidad. Mis padres, que no podían imaginar que a mi corta edad me lo supiera de memoria y menos que fuera capaz de recitarlo a tal velocidad, no pudieron contener una risa que los desarmó y les hizo olvidar por completo el incidente.
Otro de aquellos líos ocurrió una mañana en el patio del colegio. Estuve extendiendo, totalmente enajenado por mis juegos, la arena que los albañiles habían dejado durante la primera hora de clase. Tan ensimismado andaba construyendo castillos, que no escuché el silbato que anunciaba el fin del recreo. Formaron todos los cursos para entrar ordenadamente en las clases, y yo seguía allí cabizbajo, ajeno a todo el ritual disciplinario de formar filas, cubrirse los hombros y el pase de revista que daba el cura, dando toques con la vara a los que no guardaban las distancias o mantenían línea recta. Debí sentir un intenso silencio y soledad a partir de que todos entraran a sus respectivas aulas, hasta que vi aparecer la sombra recortada de un cura en la arena. Levanté la cabeza y me alegró ver que era el padre Sola, pese a que su semblante era de pocos amigos. Desperté de mi trance lúdico y, ajeno a toda conciencia de maldad, le dije que si me podía dar un caramelo. El padre Sola no pudo contener la risa que, en vano esfuerzo, quiso disimular.
—Anda, vete a clase y pide permiso antes de entrar.
Cuando estaba en casa, la música era otra forma de diversión y estimulante de mis juegos. Solía “galopar” con las Valquirias de Wagner o saltar en la cama con una guitarra imaginaria viéndome a mí mismo en una película de los Bravos o los Beatles.
Una tarde, que andaba con mi padre escuchando La sinfonía de los juguetes de Mozart, aprovechó mi interés para enseñarme las notas musicales: redondas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas; pero yo, que todavía no sabía que era disléxico, pronunciaba “misifusas”; error que le hacía sonreír.
Unos días más tarde, la señorita María nos habló en clase del lenguaje de la música y levanté la mano para decirle que me sabía las notas musicales de memoria. Tras escucharme, le entró una risa tímida que le iluminó el habitual semblante serio de las profesoras. Un día después, durante el recreo, me llamó para que les recitara las notas musicales a un grupo de profesores. Todos rieron a coro cuando al final de la lista las rematé con las “misifusas”. Entre ellos estaba el profesor de música, y decidió que debía convertirme en la mascota de la tuna del colegio, ya que sus componentes eran alumnos de cuarto curso en adelante y me doblaban en altura. De modo que acabé asistiendo a muchos actos musicales cogido de la mano de Carmencita, la joven madrina de la tuna.


Al poco ingresó otro niño de mi edad como mascota. No duró mucho porque, estando en un recital en el teatro del colegio, explotó un foco y se fue despavorido, corriendo y llorando. Ya nunca más volví a verle el pelo.
Las vecinas de la calle donde vivía, muy preocupadas por los asuntos de los demás, le decían a mi madre que cómo se fiaba de dejarme solo sin nadie que me vigilara. Su trabajo no le dejaba tiempo para cuidar de mí, pero ella le tenía fe ciega a mi ángel.
En clase, teníamos la costumbre de morder los lápices hasta que asomaba la mina de grafito, momento en que cambiaba el sabor y olor. En la pared del fondo de la clase había un enchufe. Miguel Moreno, un compañero que conocía muchos misterios y leyendas que le contaba su abuela Doloretes, descubrió y afirmó con total convencimiento que, si se metía un lápiz en uno de los agujeros del enchufe, tendríamos un encuentro con Dios. Se pasó la voz y casi todos probaron el supuesto milagro cuando no los miraba la profesora. Algunos daban un salto o un grito contenido cuando experimentaban aquel santo fenómeno. Otros ponían cara de que no pasaba nada. Porque no lo has mordido suficiente, tonto, les decían los demás. Aquellos calambrazos fueron interpretados como experiencias místicas. Dios estaba en todas partes y habíamos descubierto una forma de contactar con Él. Menos mal que a nadie se le ocurrió decir que, si te comías las bolitas de mercurio de las que guardábamos en cajas de cerillas cuando se rompía un termómetro en casa, se podía ver a Dios también. Haber sobrevivido a aquellos tiempos, sí se podría considerar un verdadero milagro, y algo de cierto debía haber en lo del ángel al que solía referirse mi madre.
Cuando llegó el momento de pasar a segundo después de tres años, mi padre le dijo al director del centro que repitiera otro año, para que disfrutara más tiempo siendo un niño alegre y sin presión escolar. Nadie comprendió entonces la actitud de mi padre, pero él sí sabía de la importancia de su decisión. Había leído el Emilio de Rousseau, entre otros, y le preocupaba más la felicidad que del éxito y avance precoz de los conocimientos de su hijo.
Como ya era un veterano de cuatro años en primero de EGB, la señorita comenzó a usarme de ejemplo de buen hacer, sobre todo en la asignatura de caligrafía y de dibujo. Había desarrollado una buena destreza en ambas artes. Admiraba los dibujos de Leonardo da Vinci y me entusiasmaba copiar el autorretrato que encontré en una lámina de un libro de biografías me regaló mi padre.
El cine era una de mis fuentes de referencia para las aventuras que me inventaba en las largas soledades. Los fines de semana bajaba por la calle Marqués de la Romana hasta La Glorieta, una plaza con jardines, tres bares y dos cines. Compraba pipas en el quiosco. Sacaba la entrada, tras esperar en una cola de niños emocionados e inquietos, y me tragaba dos películas. Las de vaqueros, romanos o las de Godzila eran muy apreciadas. Si había una buena, como Merlín el encantador, la volvía a ver en la segunda sesión. Entraba a las cuatro de la tarde y salía cuatro películas más tarde. En una ocasión, mi madre vino a buscarme al cine a mitad de película, preocupada por no haber “dado señales de vida”, como solía decir ella cuando llegaba tarde.
Un día acompañé mi padre a la tienda de fotografía y libros de Isidro Seller, donde, tras una breve explicación de cómo manejar una cámara, salimos al patio y me dijo:
—Haznos una foto a tu padre y a mí.
Sentí cómo una abrumadora responsabilidad pesaba sobre mí cuando traté de encuadrar y disparar: se trataba de una acción de profesionales adultos, no era un juguete y me sumí en una concentración que jamás había experimentado en mi corta vida. Apreté el botón que sonó a campanita de hojalata de feria. El resto del día quedé muy preocupado por si no la había tomado correctamente.
Días más tarde, salí a la calle, feliz y con la cámara Kodak Brownie Fiesta colgando del cuello. Me encontré con Doloretes, que pasaba las tardes sentada en la puerta de su casa al cuidado de su nieta. Al verme, me pidió que le hiciera una foto. Un poco nervioso por tan importante encargo, me coloqué de espaldas al sol, que ya estaba muy bajo, para que su luz cálida del atardecer iluminara sus caras. Doloretes sujetaba a la niña con una mano y se alejaba para no salir en la escena.
—Ahora, ya está lista, hazle la foto.
Con la inocencia del recién iniciado, libre de normas o bagaje cultural que me influyera, tomé entonces toda la escena para la eternidad: la niña, la muñeca, Doloretes, una solitaria calle y mi sombra proyectada contra la pared. La sombra del niño que jugaba con su imaginación en aquellos años de Nunca Jamás; y que anduvo perdida hasta que recuperé el negativo, que había quedado olvidado en una caja de zapatos, para mi primera exposición fotográfica retrospectiva, cuarenta años más tarde.

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