Nº 201) Toni Navarro Alberola (tenista). Los orígenes del tenis en Novelda

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Hoy traemos la biografía de un hombre sencillo, que más que contar sus vivencias deportivas, prefiere relatar las actuaciones de otros tenistas que le precedieron y confiesa que sus partidas, torneos y campeonatos fueron casi todos de nivel comarcal y cercano.

Como ya habrán adivinado, Toni ejerce actualmente de veterinario al frente de la Clínica Menescal. Empezó con un socio y hoy trabajan en esta empresa unas cuarenta personas, un dato muy positivo para nuestra ciudad.

Nació en el año 1966. Su padre, Jesús Navarro, alias “Pesta” fue un apasionado del tenis y antes fue portero de fútbol y de ahí conservaba los reflejos, la colocación y la estrategia, que eran sus armas. Era difícil ganarle y si no, que se lo pregunten a “el Cacho”, con quien jugaba tardes y noches maratonianas, incluso en los inviernos gélidos.

Al recordar las pistas, también recuerda a las personas: a su padre, a su primo y a sus amigos. Algunos aún siguen jugando y otros que ya no están, pero todos tienen un sitio en esta historia.

Aquel año de 1966 un español, Manolo Santana venció en el Torneo de Wimbledon, algo inédito en nuestro deporte, lo cual parece que hizo comentar a la gente que existía el tenis, algo casi desconocido hasta entonces. Toni recuerda haber oído que hace muchos años, aquí se jugaba en solares de tierra dura.

Cuando cumplió los cinco años (1971) se construyó quizá la primera pista de tenis en Novelda, en el terreno o jardín de su chalet y no le dejaban acceder a la pista, por el riesgo de que recibiera algún pelotazo. Hubo de contentarse con la pared y con las raquetas dunlop de madera de su padre y tenía que cogerlas por la mitad, al no poder con ellas. Por entonces, rompió dos veces algún cristal, algo comprensible a su edad.

Había poquísimas pistas por la zona. Recuerda la de Vidal en Elda y la de César, por la zona de Salinetes. Se organizaban torneos triangulares entre estas casas, hacia los años 1971 y 72. Después estaban también el Centro Excursionista y el Club de Campo. Por su casa aparecía gente que él no conocía; personas amables que daban los buenos días, jugaban su partida y se duchaban. Les tocaba aquella pista. Para Toni, todo aquello se fue convirtiendo en habitual.

Los del conjunto de Navarro debieron pensar que el estilo de Santana no iba a llegarles por sí solo y un verano contrataron a un entrenador peruano para impartirles clases todo el mes de agosto y se hospedó en el Hostal La Confianza.

De aquellos años, Toni recuerda a Ramiro Miralles, fuerte domo un roble, así como a Roberto Martínez “el Ferré”, a quien nadie sabía cómo ganarle; a su primo José Miguel el médico, quien jugaba con una raqueta wilson de aluminio como la de Jimmy Connors. En este grupo también incluye a Jaime Miralles padre, a Paquique, Paco y a Ernesto Payá, así como a Antonio Miralles padre, “el Chufo” que le hacía llorar de risa con su humor sarcástico; a Luis Martínez el del bigote, estucador de profesión y dueño del mejor estilo de la época. A “el Cacho” con su interminable muñequera de cuerda y, por supuesto, su padre. Incluso el pediatra don Marino Molina llegó a jugar allí.

Por fin, le dejaron entrar en la pista casera al cumplir los ocho años (1974). Su padre trajo al eldense Javier Tomás para que les entrenase tras el colegio, tanto a él como a otros compañeros de clase que se sumaron a la novedad. También les revisaba y encordaba las raquetas y era una persona bondadosa.

Y para adquirir material (raqueta, pelotas, ropa deportiva…) se abastecían de una tienda en Alicante, Samba, en la plaza de la Montañeta y en Novelda existía la tienda de Elías, frente a Modas Juanito. Para ellos, equivalía al Decathlon de entonces y era como su particular centro comercial Zara actual.

Elías vendía unas pelotas marca Tretorn, más duras que el cemento. Si le sumaban aquellas raquetas de madera, pesadas, con una cabeza diminuta y largas como una azada, lo de dominar la pelota parecía una hazaña sólo al alcance de Bjorn Bog.

Con Javier aprendieron lo básico y acudían entre aquellos niños Puerto, Luismi, José Luis Durá que tenía un talento innato. Había amigos que, sin clases ni nada, ya eran habilidosos, como Javi Penalva que jugaba con ambas manos. La “generación del 66” pasó muchos veranos en aquella pista; todos se lo recuerdan. Comían o merendaban allí y a veces, pasaban hasta doce horas jugando. Pedro Rosa, Chiqui, Santiago Galiano, Luismi Segura, Luismi Martínez, Rubén y Jaime Miralles; los hijos de don Marino y muchos más. Pero sobre todo, recuerda a su primo Antonio Alberola.

Con Antonio pasó innumerables horas jugando y tenían verdadera devoción. Compraban la revista Intertenis e intentaban copiar a los profesionales más famosos como Vilas, McEnroe, Borg, Clerc, Lendl… en todo: posturas, gestos y hasta en el corte de pelo, observaban las fotos e intentaban parecerse a ellos.

Con el tiempo, comprendió lo que exigía aquel deporte: constancia, rutina y capacidad para observar los fallos propios. En la pista estás bastante solo y para mejorar hay que ser humilde, apartar el ego y reconocer que, si algo no va bien, hay que trabajarlo para corregir.

A los once años (1977) se apuntó a su primer campeonato en el Poli Cucuch y acabó tercero. Entre los participantes estaba Alberto Alcaraz, cuyo revés cortado era imposible de devolver para Toni. También participaron entre otros que recuerde, su propio hermano y Manolo. Su padre le compró una copa en Elías, que aún conserva y guarda en su vitrina.

En cuanto a la ilusión y la confianza, su padre vio en el tenis una manera de ayudarles a atravesar la adolescencia. Se venían encima la discoteca Venus, Tabarca, las fiestas y las primeras borracheras. Su padre les ofrecía algo que les ilusionaba tanto como todo aquello de lo que oían a otros.

Los sábados o domingos su padre les apuntaba a campeonatos por equipos en Alicante, Alcoy y sobre todo, en Elda y se subían en el Land Rover entre siete a diez jovencitos y les dejaba en los clubes con bocadillos para todo el día. Fueron al Centro Excursionista, al Montemar o al Alacant de Villafranqueza.

Por la noche, volvía a recogerlos y… a casita. A veces les acompañaba Pedro, un monitor eldense, quien posteriormente dio clases en el Poli. Fueron los comienzos de las escuelas de tenis que Toni y su grupo conocieron y esto sería hacia 1980.

De aquella época, hubo una tarde que no ha olvidado. Era un lunes del año 1981 y a las siete de la tarde ya es de noche. Su primo y él, en la pista de casa, conectaron las luces para entrenar. A los pocos minutos apareció su padre, corriendo. “¡Apagad las luces y para adentro! Tú, Antonio, quédate hoy a dormir. Ha habido un golpe de Estado”. No sabíamos de política ni entendíamos muy bien qué significaba aquello. Rondaban los quince años y se asustaron. Sólo querían jugar al tenis.

Por entonces, o algo antes, (1979 ó 1980) apareció Noé Mira, al que muchos conocían como fotógrafo. Toni le conoció primero como entrenador de tenis. Tendría unos 17 ó 18 años y les contaba que había jugado el Roland Garros junior. Que había vivido en París con su familia emigrante y ya estaban de vuelta. Para ganarse sus primeros sueldos, impartía clases y encordaba raquetas. Recuerda sus tres Ficher idénticas, con la cabeza más ancha y menos peso que las suyas. Llevaban los mangos envueltos en una tela verde como una venda, que mejoraba el agarre. Verle jugar con Philippe, un amigo francés, era espectacular.

Su primo y él descubrieron de Noé el liftado, el cortado, el saque con efecto, la táctica y los entrenamientos con cesta de bolas y pasaban horas repitiendo un solo saque. También hacían algo de fondo físico, subiendo hasta el Santuario en verano, a las 4 de la tarde. “¡Esteu locos! Aixó per als xiquets no será bo”, decía su madre, María Alberola. Su padre confiaba en aquella ilusión por el deporte y tenían un entrenador bondadoso, paciente, muy técnico y detallista. Les corregía sin humillarles. Noé les metió el tenis en la sangre, a fuego.

En verano, Toni también jugó alguna partida al mediodía contra su tío Paco, que sabía colocarse y era cuco. También jugaba contra su padre, que a veces le dejó ganar para animarle.

Un día, ya con quince años (1981), ganó en un campeonato de dobles de 24 horas, en Elda. Su pareja fue Pascual Díaz, quien más tarde sería diputado y alcalde de Petrer; hubo mucha gente viendo aquella final. La victoria le dio una confianza que nunca había tenido. A partir de ahí, cambiaron sus sensaciones en la pista y fue la chispa que necesitaba.

Su padre le llevó junto a su primo Antonio a ver un campeonato en Madrid, dejándoles allí un día entero. Vieron entrenar a Lendl, quien para ellos era una promesa. También a Vilas con aquel brazo izquierdo impresionante y un montón de raquetas Slazenger y asimismo a José Luis Clerc. Volvieron con una inyección de entusiasmo que multiplicó las horas de entrenamiento. Antonio y Toni llegaban a levantarse a las 6 de la mañana para jugar antes de ir al instituto.

Cuando Toni subía al Poli para competir, comenzaba a sentir que podía dominar la situación. Estaba más templado y sabía reponerse mentalmente. Comenzaba a ganar alguna partida sin tantos miedos ni complejos.

Recuerda especialmente a Antonio Miralles hijo, “el Chufo”, quien falleció joven en un accidente. Tenía un saque y una derecha bestiales; sólo podías intentar hacer algo si le jugabas al revés, pero se revolvía y volvía a pegar de derecha, con más rabia todavía. Y tenía honradez y bondad, enormes. Te decía que tu pelota había entrado, aunque tú supieras que se había salido un palmo; nunca te hacía repetir un tanto por una duda.

Por entonces empezaba Ernesto Payá hijo, con sus raquetas Adidas y un estilo innato impresionante. Aquel revés a una mano… era el equilibrio de mente y cuerpo en la pista. También estaban Miguel Tortosa, Fernando Torregrosa, otro que prefería regalarte un tanto antes que discutirlo; Fernando “el Supermán” que todavía corre, “El Lery” con el que no parabas de reírte y Pepito. También a Diwuar con su simpatía. Y su primo Paco, que al ser tan grande, parecía que no te dejaba ningún hueco.

Y jugó mucho con Paquique. Sacaba tan fuerte que él oía silbar la pelota al pasar sobre su cabeza. Ganaron varios torneos juntos. También jugó en el Club de Amigos del Tenis de Petrer, con Pedro Muños e Ismael. De allí recuerda especialmente a Ramón Rico padre, quien a veces se turnó con mi propio padre para llevarnos a campeonatos.

En los cuadros o listados de los torneos, Toni aparecía como Antonio Navarro. Más de una vez, al llegar a la pista para competir, el contrincante le miraba y decía: “Ah, collons que eres tú. Jo sí que deia, Quí será este?”

Para Toni, tímido y con miedo escénico, el tenis fue una ayuda enorme. Le enseñó a sostener la presión, a equivocarse delante de otros y a volver a intentarlo. También le enseñó a revisar lo que estaba haciendo y si algo no funcionaba, había que adaptarse.

Llegó el momento de elegir un medio de vida y se decidió por la carrera de Veterinaria, que hizo en la Universidad de Espinardo (Murcia) y lo primero que buscó allí fueron pistas y gente con la que jugar y lo encontró a medias. Su rendimiento deportivo bajó y lo asumió; había que estudiar. Durante algún tiempo, sólo jugó algún torneo esporádico. Si bien, en tercer curso de carrera descubrió que cuando hacía deporte, la ciencia y el estudio le entraban mejor, pues se le relajaba la mente y se concentraba más. Aún mantiene algún contacto con sus compañeros de uni y de raqueta murcianos. Entonces entendió que el deporte ocupaba un lugar en su vida más allá de los campeonatos y fue una rutina de salud física y mental a la que había que reservar un hueco cada día.

Al acabar la carrera y empezar la vida profesional, el tenis volvió con algo más de intensidad y recuerda especialmente la época entre los años 1995 y 2005. Pero sus rodillas comenzaron a molestarle; tuvo que reducir el ritmo.

Se acordaba de su padre, a quien a los 50 ó 55 años, las rodillas se le inflamaban tras las partidas con “el Cacho” y decidió dejar de jugar, pasándose al golf. Pero si había tenis por la tele, allí estaba él.

De aquellos años recuerda a Vicente Gómez y las partidas tórridas a las tres de la tarde. También a Ernesto Payá, Juan Carlos Pérez y a Carlos, el hijo de Diwuart, otro que no discutía tantos y que no se cansaba. En los torneos de Carmencita conoció a Alberto Banús, una promesa del tenis profesional, quien pernoctaba en casa de Toni. Jugar con él era subir un nivel; parecía que mejorabas en una sola partida.

Al acercarse a ese mundo, vio también lo duro que es el tenis profesional y lo difícil que resultaba destacar, llegar arriba y aspirar a ser un número uno. Y por aquellos años escuchó por primera vez y con tristeza hablar de corrupción relacionada con las apuestas del tenis, incluso en torneos de menor categoría.

En el Poli crearon un equipo senior y jugaban los domingos por toda la Comunidad Valenciana y llegaron a subir de tercera a segunda categoría. De aquella etapa le queda una final un día de mayo contra “Puchu” hijo, quien era de otra galaxia y sentí que una nueva generación estaba tomando el relevo.

Hoy, al mirar atrás, vuelve a la pista de casa; a las raquetas de madera; a las pelotas durísimas; a los bocadillos para pasar el día en un club; a su primo Antonio y los madrugones a las seis de la mañana. Vuelve también a recordar a su padre, organizando campeonatos y llenando el Land Rover de chavales.

Actualmente (2026) tiene sesenta años y si no hubiera sido veterinario, habría sido tenista en cualquiera de sus versiones: jugador, monitor o incluso, recogepelotas.

Toda una lección de modestia nos ha brindado Toni Navarro, quien ha sacado a la luz su particular baúl de los recuerdos. Enhorabuena, Toni.

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