El Camino de Santiago no es una única ruta, sino una red de itinerarios que, desde distintos puntos de España y Europa, conducen hasta la Catedral de Santiago de Compostela. Lo que nació hace siglos como una peregrinación religiosa es hoy también una experiencia de aventura, superación, amistad, reflexión y desconexión. Este año, varios vecinos de Novelda han recorrido algunos de sus caminos más conocidos —el Francés, el Norte, el Primitivo y el Portugués— y, aunque las distancias, la compañía y la forma de afrontarlo han sido diferentes, todos regresan con una idea común: el Camino deja huella.
Una experiencia que adquirirá todavía mayor protagonismo en 2027, cuando se celebre un nuevo Año Santo Compostelano o Xacobeo, al coincidir el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, en domingo.
Entre quienes han vuelto este año a Novelda con kilómetros en las piernas y muchas historias en la mochila está Mar Oliver, que recorrió junto a su amiga Yolanda los 115 kilómetros del Camino Francés entre Sarria y Santiago, repartidos en cinco etapas. Lo que empezó casi como una decisión espontánea terminó convirtiéndose en una experiencia marcada por las conversaciones con otros peregrinos, los paisajes, las paradas para comer y esos pequeños gestos que adquieren un valor especial cuando se camina durante horas. Una mujer gallega que les regaló fruta de su huerto quedó entre esos recuerdos difíciles de olvidar.
Para Mar, caminar también significó simplificar. «Cada paso cuenta» es la idea con la que resume el viaje. Durante el Camino descubrió que avanzar poco a poco también es avanzar y que el cansancio acaba dejando espacio para la reflexión, las risas y una percepción diferente de las cosas cotidianas. La llegada a Santiago fue especialmente emotiva: Yolanda y ella rompieron a llorar al comprobar que habían alcanzado juntas la meta.






Muy diferente fue la aventura de Toni Díaz, que afrontó el Camino Primitivo en bicicleta junto a Rafael Amorós «Kalifa», Juan Antonio Pastor Riquelme y Joaquín. Desde Oviedo hasta Santiago completaron alrededor de 330 kilómetros en seis días, con las bicicletas cargadas y el espíritu del mountain bike como compañero de viaje.
En su caso, algunos de los momentos más complicados acabaron convirtiéndose en los mejores recuerdos. Una granizada les sorprendió en lo alto de un puerto hasta que un pastor les permitió refugiarse en su granero. En otra jornada tuvieron que reparar una bicicleta bajo la lluvia, mientras que la etapa entre Pola de Allande y A Fonsagrada les obligó a superar una exigente senda junto a un barranco con las bicicletas cargadas. «Superación» es la palabra con la que Toni define lo vivido.










Para Toni Garrapiso, sin embargo, el Camino ya se ha convertido casi en una costumbre. Este año completó su cuarto Camino desde 2022, el primero acompañado por amigos. Eligió el Camino Portugués por el interior, con 119 kilómetros en cinco días, después de haber realizado anteriormente el Francés, el Portugués por la costa y el de San Salvador.
Su manera de explicar el Camino se aleja de los kilómetros y se acerca más a las sensaciones: caminar mientras amanece, escuchar el silencio, atravesar los bosques gallegos o llegar al final de una etapa y quitarse las zapatillas. Para él, la experiencia consiste precisamente en aprender a vivir el presente. «Caminas, respiras, miras el paisaje y simplemente estás», explica. Y quizá por eso vuelve cada vez que dispone de unos días libres.










También sabe bien lo que significa repetir José Ignacio Simarro Díaz, «Simarro», que este año completó su cuarto Camino consecutivo y el segundo junto a su pareja, Montse. Tras probar el año anterior el Francés desde Sarria, en esta ocasión buscaron un reto mayor: el Camino del Norte desde Ribadeo, con 198 kilómetros en seis días.
Las jornadas de más de 40 kilómetros pusieron a prueba su resistencia. En la primera etapa salieron sin desayunar pensando que encontrarían algún establecimiento abierto en el siguiente pueblo, pero al ser domingo tuvieron que recorrer 22 kilómetros antes de poder comer. Entre el esfuerzo también quedaron momentos más sencillos: los almuerzos para recuperar fuerzas, las tardes en los albergues o la amistad surgida con un peregrino australiano con el que coincidieron durante buena parte del recorrido.
La llegada a Santiago volvió a compensarlo todo. Después de casi 200 kilómetros, unas simples cerezas compradas poco antes de alcanzar el Obradoiro se convirtieron en uno de esos recuerdos que resumen bien el Camino: después del cansancio, las pequeñas cosas se disfrutan de otra manera.









Y si hay alguien para quien el Camino forma parte de una historia de vida es José Luis Ortega. Su primera experiencia se remonta a 1976, cuando tenía 13 años y realizó el Camino junto a la O.J.E. de Novelda. Medio siglo después todavía conserva la concha de vieira de aquel viaje. Desde entonces ha recorrido otros itinerarios, entre ellos el Portugués y el Inglés, y este año regresó al Francés para caminar los 115 kilómetros entre Sarria y Santiago junto a su mujer, Susi, su hija Noelia y su pareja, Samuel.
Para Ortega, cada Camino es distinto porque cambia la gente con la que se comparte. Este año la experiencia familiar fue el elemento diferencial. Entre aldeas, iglesias, puentes, credenciales y conversaciones con otros peregrinos, volvió a comprobar que caminar obliga a bajar el ritmo y a prestar atención a aquello que normalmente pasa desapercibido.
Su imagen más especial llegó en Monte do Gozo, cuando divisaron las torres de la Catedral y comprendieron que Santiago estaba ya cerca. Después llegaron el gaitero bajo el Arco del Palacio, los abrazos en la plaza del Obradoiro, la misa y la Compostela. «El Camino atrapa», asegura. Para él es un proceso que se parece mucho a la propia vida: avanzar paso a paso, vivir experiencias y descargar parte del peso que llevamos en la mochila.





Cinco experiencias diferentes y una misma meta. Unos caminaron con amigos, otros en pareja o en familia, algunos afrontaron el Camino por primera vez y otros llevan años regresando. Hubo lluvia, cansancio, etapas interminables, bicicletas averiadas, conversaciones con desconocidos, amaneceres en silencio, risas, lágrimas y abrazos en el Obradoiro, pero más allá de los kilómetros, sus historias hablan de lo mismo: aprender a avanzar sin prisa, valorar lo pequeño, compartir el esfuerzo y descubrir que, en el Camino, llegar a Santiago importa tanto como todo lo que ocurre antes de alcanzar la meta.






















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