Opinión de Jesús Navarro Alberola

La pérdida

Decía Rainer Maria Rilke que la única patria verdadera es la infancia. Ni siquiera la lengua, como cantaba el poeta brasileño Ledo Ivo. Ni siquiera el idioma propio. Solo la infancia. Y en este otoño universal del que también se ha contagiado mi vida, con los árboles mudando las hojas y el frescor vespertino erizándome la piel que se resiste a abandonar el verano, evoco mi infancia con esa sensación de pérdida que únicamente se tiene cuando todo es irrecuperable, cuando al final comprendemos (tarde, como siempre sucede con las cosas importantes) que cada segundo es un grano de arena escurriéndose entre nuestros dedos sin que podamos hacer nada. Inevitable. Irreparable.

Toda nuestra vida es un proceso constante de maduración, de aprendizaje continuo, hasta el último día, donde el cruel destino nos deja ante los caballos del tiempo desnudos y olvidados. Despojados de todo. Llega entonces la pérdida mayor (exceptuando la más cruel y terrible, que es perder un hijo): exhalar el último suspiro en el preciso instante en el que tenemos la máxima sabiduría que podemos llegar a tener. Sin embargo, y aunque parezca una paradoja, cada pérdida nos ayuda a madurar, a crecer, porque cada vez que perdemos algo, material o no, tratamos de buscar nuevas referencias que den sentido a nuestra vida. Todo con tal de encontrar (eso es lo que ansiamos, a fin de cuentas) la tranquilidad interior, la Paz. La rueda siempre sigue girando; el crecimiento personal, también.

Pero no podemos olvidar que cada pérdida deja en nosotros un gran espacio de tristeza y melancolía. Perdemos el amor, perdemos a nuestros padres, perdemos las cosas más sencillas de nuestra vida, como la calle de tierra de nuestra infancia o los paisajes reales o dibujados en la tierna imaginación de la niñez. Se nos pierden en la memoria las voces de nuestros abuelos, el olor de las magdalenas de mi tía Carmencita, los sonidos de la calle en que crecimos, los gritos juveniles en el patio de una escuela, las pequeñas sombras de nuestros primeros pasos. Perdemos el sol cada tarde, muriéndose en la arena de una playa solitaria donde cualquier rumor de olas es el eco infinito de una respiración inmensa. Y aunque mañana saldrá el sol, la playa, ya lo saben, no será la misma; tampoco yo, tampoco ustedes. Se nos pierden los hijos, antes anclados a los brazos, a esa seguridad de quien se piensa eterno y (lo peor) se cree que ellos serán también eternas personitas que se dejarán acunar en el regazo día tras día. Se pierden en brazos ajenos y los dejamos con la confianza, con la tranquilidad de saber que una parte de nosotros va con ellos, irá con ellos siempre, como nosotros también mantenemos la semilla que nos une a nuestra estirpe.

«Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar», decía Machado. El camino de nuestra vida es un viaje muy duro: venimos en soledad, amparados por nuestros padres, pero, en realidad, hemos de afrontar la vida solos. Y solos habremos de aprender que el último sentido de la existencia es avanzar, progresar y evolucionar como seres complejos. Porque somos un experimento en nosotros mismos, tan parecidos y a la vez tan diferentes a quienes nos rodean… Y ahí está la clave: aprender a convivir respetando al diferente, aprender de él como él también aprende de nosotros, saber vernos en el espejo que proyecta, que no es otra cosa que el reflejo de nosotros mismos. Me viene a la mente aquella famosa leyenda cherokee: en nuestro interior hay dos lobos, uno violento, vengativo y cargado de ira, y el otro amable, compasivo y lleno de amor. ¿Cuál de los dos vencerá? Aquel que alimentemos.

Al final, mañana, pasado o mucho más tarde, nos marcharemos solos y yo espero que en mí se quede el lobo generoso que haya repartido amor, ya que no hay más responsables de nuestras decisiones que nosotros, pues nosotros decidimos elegir aquello que nos hará crecer después de cada pérdida. Porque, a fin de cuentas, como escribió el poeta y paisano Joaquín Juan Penalva, «siempre quedará otra batalla que perder». Y hacia esa derrota pongo rumbo.

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3 COMENTARIOS

  1. El ser humano está «condenado» a avanzar. Aun
    pareciendo que evolucionamos hacia atrás, no es así. Los seres están para evolucionar. Para dar siemore pasos hacia delante. Jamás para retroceder. Un artículo hermoso donde se narra la propia evolución de un ser.

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