Art. de opinión de José Fernando Martínez (Charly)

La loca de la casa y el amor (III)

“El amor es el quinto jinete del Apocalipsis” Prefab Sprout

“El enamorado es el semiólogo silvestre en estado puro. Pasa todo su tiempo leyendo signos. No hace más que eso: signos de felicidad, signos de infelicidad; en el rostro del otro, en sus conductas. Es presa de los signos verdaderamente.” Roland Barthes. Entrevista Playboy, septiembre 1977.

¿Sería posible una novela como Werter de Goethe en estos comienzos del siglo XXI? ¿Tendría la repercusión que tuvo en el XIX? Con toda seguridad sería un fracaso comercial, ni habría una ola de suicidios. Pero no me cabe duda de que todavía hoy el amor fuera de control hace estragos. Vean las noticias. Es el cambio de valores lo que ha variado y hace que la marea de desastres psicológicos y físicos varíen; pero sigue siendo la emoción más ilusionante y la más frustrante, como caras de una misma moneda.

Esta obsesión, esta locura sin discurso, se apodera del ser abismado, del ser enamorado, que no consigue dominar ese impulso incontrolado por querer dar sentido al amor pasión que lo arroba y por el que no duerme, ni vive, se mata o mata (el joven Werter y tantos románticos); de ahí su carácter apocalíptico. ¿Cómo se llega a esos extremos? Según El discurso amoroso (R. Barthes) el enamorado está abandonado a su suerte por todos los demás discursos. Afectado por esta pasión,  se adentra en una sustancia emocional en la que no encuentra dónde asirse; se encuentra solo, en una extrema soledad provocada por la ausencia de lógica u orientación, perdido en un mar de símbolos que lo hacen extremadamente feliz y un terrible temor a perder ese sentimiento, ya que está vendido a los caprichos o inseguridades del ser amado. Una felicidad basada en una imagen que se ha construido, y que acaba haciéndolo infeliz, cuando esta no cristaliza o se cumple como imaginaba, convirtiéndolo en un ser intratable, inseguro y desamparado. Es como una caída libre en sima oscura y sin fin, hundido en un lago oscuro lleno de cuevas sin salida.

El enamorado se alimenta de su propio imaginario. La vida se convierte en un misterio indescifrable, maniático e ilógico. Anda ciego por  un  laberinto tridimensional de figuras creadas por su visión paradisíaca de la felicidad y por las figuras contrarias que lo ponen en peligro: los celos, el miedo y la inseguridad por perder  al objeto amado. Cuando siente que peligra su amor, llega a sufrir por la diferencia entre lo que obtiene y lo que imaginaba obtener, y una especie de duelo por tener que renunciar a lo que le producía un estado de euforia.

Los tachamos de patéticos lunáticos poseídos o atrapados por las redes del amor pasión. Nada que ver con ese otro con poder de enriquecimiento que es otro amor al que ya me he referido el los anteriores artículos.

A cierto tipo de seducción se le acaba  considerando brujería. Se convierte en una secta dual en la que el gurú es el dominante; y el acólito, la víctima anulada.  Es como un juego de competición en el que se consigue desarmar al otro y subyugarlo, como Ana Bolena hizo con Enrique XIII. Podría parecer una travesura de enamorados inofensiva, pero puede cambiar el curso de la historia o de la vida de una persona de forma drástica y dramática. Aquí no hay amor, sino manipulación despiadada, maquinación para hacerse con el poder. El dominador es un depredador/a que busca una víctima moldeable y servil que alimente su ego sediento de poder.

Los mecanismos de captación son los mismos que caracterizan a las sectas o a los estados totalitarios. Se consigue alienar primero para después controlar la conducta, el pensamiento y, finalmente, las emociones. Como muy bien se ilustra en la novela El Contenido del silencio de Lucía Etxebarría.

Por todo ello, es muy recomendable aprender a conocer nuestras emociones. Pero desconfía de los premios y de los cuervos que solo quieren tu queso.

1 COMENTARIO

  1. Documentado, original, drástico, nada romántico, casi desolador artículo. Como siempre. perfecto.

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