Art. de opinión de José Fernando Martínez (Charly)

50 años de Rayuela

Quería aquí ,en pocas palabras, humildes por fuerza dado mi poca autoridad como crítico literario, plasmar mi pequeño homenaje a la novela que “me encontró” en la biblioteca del Instituto de Bachillerato Mixto de Novelda, una tarde de 1977 que jamás olvidaré.

Me gustaba perderme por los estantes en la única biblioteca que había en Novelda por entonces, al igual que me gustaba perderme por la de mi padre, acariciando con la mirada lomos y títulos hasta que algo llamaba poderosamente la atención; y en ese instante, de un tirón de índice, dejaba que se precipitara en mis manos un tesoro lleno de palabras e ideas por aprehender.

Fue en una de estas aventuras que descubrí Rayuela, aquel enorme experimento novelesco del Gran Cronopio Julio Cortázar; y ya nada volvió a ser lo mismo.

Abrí sus páginas al azar y comencé a leerLo más vanguardista que había leído hasta entonces, y con gran entusiasmo, era los esperpentos de Valle Inclán. De pronto sentí que me había metido en una literatura de la que no podía salir. La forma y el contenido me atrapaban como un mar sin nombre. Me había convertido en el lector cómplice, pero todavía no estaba preparado para semejante aventura en la que se requería un bagaje especial para enfrentarse codo con codo a los fantasmas del escritor y a sus luchas por encontrar la novela.

Rayela era un gran laberinto sin respuestas, lleno de aperturas,(años más tarde comprendí mejor esto, al leer obra abierta de Umberto Eco) una zambullida por las obsesiones de un escritor imaginario, dividido en fragmentos que yo tenía que recrear para formar la novela, la figura, que surgiría dentro de mi imaginario de lector “coautor”. Tenía que recoger esas fotografías o fragmentos,  y convertirlos en cine. Me desafiaba a  crear los puentes, no sin peligros a caer o recaer en el intento y a ni siquiera saber si había recaído o me encontraba rehabilitándome. Me obligaba a subir las escaleras hacia atrás para encontrarme con Oliveira y sus obsesiones.

Aquella tarde el tiempo se detuvo y tomó el metro y nunca volvió a ser el mismo. En mi reloj, del que al poco me manumití siguiendo unas raras instrucciones para darle cuerda, habían pasado veinte minutos; en ese corto periplo acabé exhausto, como Johnny-Charlie cuando acabó de grabar Amorous tras perseguir las babas del diablo con ráfagas de saxofón, absorto ante un desierto inexplicable.

No acertaba con la teja: la piedra y la punta de mi zapato tenían mucho que controlar y no hacía otra cosa que salirme de las y mis casillas. Sospechaba que al final había un cielo, un paraíso perdido, pero no dejaba de encontrarme con la Maga. Me dí cuenta de que había sido una esperanza y un poco fama y que, para leer este libro, su autor me exigía una transformación en escritor cronopio. 

3 COMENTARIOS

  1. Es una lástima que con el paso del tiempo se haya perdido esa bonita costumbre de ir a la biblioteca… A decir verdad, no tengo demasiados recuerdos a mi edad de haber vivido algo similar, pero gracias a tus palabras he podido sentirlos.

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