Art. de opinión de Francisco Penalva Aracil

TIERRA OLORES…RECUERDOS

Que podemos decir de la TIERRA los noveldenses, tan importante para la agricultura; sus árboles y frutos, viñasracimos…

Todo ello rodeado de esa aromática y entrañableimpresión de la huerta, que nos llega sobre todo, en los atardeceres y madrugadas.

Nosotros en el fondo de nuestros sentimientos másprimitivos, nos sentimos agricultores y estamos orgullosos de ello. Cuántas veces hemos comentado, o escuchado, aquello de: “He de regar el tros de l´alforna, posar sacs, arreplegar les ametles, llaura/ ensofata”. Frases dichas tantas y tantas veces.
Hay otros OLORESque nos entran por el olfato en nuestros recorridos campestres. Como el del “Garrofe”, ese árbol tan nuestro, que huele a campo de secano y tambiénal día de la bajada de la Santa, donde muchos merendamos a su sombra. O elde los pinosque es profundo; sus hojas lo hacen a un verde agrio y sus ramas a piñones. El aroma del hinojo es a sano y a juegos, cuando arrancábamos de chiquillos sus pequeñas floresoliéndonos después profundamente las manos. Pero sobre todo a olivas partidas conservadas en una tinaja, al usarlo para darle sabor.
El cieno que reposa en el fondo del agua quecorre lentamente por la acequia mayor, y olemos sin poder evitarloen nuestro caminarpor la carretera del castillo, se diluye entre el de leña seca, fresca humedad. Y el humo que se queda en el aire, de hogueras apagadas. Y nos llevaa evocaciones del pasado, como cuando nos bañábamos dentro de la acequia los días de “mona”.

Y qué decir de los RECUERDOS, entrar en ellos. Como me pasa al volvera un viejo caserón que fue de mis abuelos, al llegar, lo observo lentamente, está casi igualsiguecon sus ventanas de herrería artesana tan propia de las casas de campo mediterráneas, y se conservan sus enormes puertas de madera ya en parte carcomidas. Me acerco alaljibey al asomarme me reflejo en su fondo, tiro una piedraesperando al ver formarse ondas en el agua, que lleguen a mi pensamiento remembranzas de juventud.

Con ese mismo propósito vuelvo a subir con dificultad al viejo pino de siempre manchándome las manos con su resina, en la que quizás estén grabadas, las huellas de mis dedos de niño, al que tanto le gustaba subirse a los árboles. Acercándome después al bidón ya oxidado, que llenándolo de aguanos metíamos dentro, refrescándonos de los intensos calores del verano.

Pero uno de los mejores recuerdos es el de dormir la siesta a la sombra entre otros, de ese buen árbol que es la morera. Un placer que consideramos los de aquícomo horas sagradas de sueño, en las que el silencio debe reinar. Solo el sonido monótono pero estridente que produce“ laxitxarra”, o el vuelo de las moscas, son permitidos -por no poderlos evitar- a interrumpir este sueño veraniego. Y cuando nos levantábamos, sentir esa briza fresca de la tarde que nos refrescabael cuerpo, ayudándonos a un despertar relajado. Y cuando éramos niños,bebernos un gran vaso de leche con un trozo de corteza de limón, y canela en rama, que nuestra madre conservaba fresquita en la nevera.
Añorar si, que no es otra cosa que desear que hubiesen perduradoaquellas sensaciones positivas, que se quedaron grabadas para siempre en nuestros sueños infantiles.

Abra sentimiento más humano que desear lo agradable, lo que nunca debemos olvidar. Aquello que muchas veces sin darnos cuentaen el subconsciente lo hemos percibido con mucha intensidad.

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