Art. de opinión de Claudio Rizo Aldeguer

¿DÓNDE QUIERES JUGAR?

Se fue a 6.000 Km. de Barcelona para que lo dejaran en paz. No ha hecho otra cosa que aprender alemán, día a día, hora a hora, nada más que eso. Además en New York, que más ardua aún resulta la tarea de hacerse con el teutón, él lo consiguió. Y con aceptable solvencia, como probó el día de su presentación ante los medios del Bayern. Sólo quería estar lejos de la ciudad condal, alejado de focos y ruidos a lo largo de sus merecidos doce meses sabáticos. Pero su amor destronado no lo entendió así. Parece que le acribilló a críticas, que le sometió a una especie de presión insoportable, a un descrédito en la distancia como sólo el amante despechado es capaz de conducirse tras un abandono brusco. Quizá por eso tuviera incluso ataques agorafóbicos que le impidieron durante los dos meses de encamamiento de Tito acercarse al hospital y ver cómo se encontraba su amigo de toda la vida durante su tratamiento del cáncer. De echarle un capote, de reír. Yo que sé. De meterle un chute de autoestima, con el gesto del profeta. Posiblemente una charla del Pep hubiera sido más efectiva que mil morfinas descuartizadas en un vaso de agua. Pero no fue a verle, ni una maldita tarde. No fue su culpa, dice. Pero parece que tampoco la de Tito, impedido de veras. Estando tan cerca… y tan lejos. Siendo tan íntimos. No pudo acercarse.

Alemania lo recibió con los brazos abiertos, por no hablar de otras extremidades menos decorosas. Hasta Angela Merkel, de buen grado, habría dispuesto para el catalán un asiento en su gabinete de sabios para sacarnos de ésta. O para hundirnos aún más, que a ella no le pintan bastos de momento. Una especie de mesías, zaherido en lo más íntimo por la directiva culé, arribaba para alargar inveteradamente la leyenda de Munich. Me chocó el gran titular casi unánime que arrojaba la prensa alemana tras su primer día de entreno: “Guardiola deja Alemania boquiabierta: sentó a Ribéry, le miró penetrantemente y le pregunto: ¿dónde quieres jugar?”. Su manejo del alemán y aquella frase que tantas veces escuché yo en mi etapa de infantil por el entrenador al que más despuntaba, fueron definitivos para su acunamiento sin tos ni asomo de duda por parte de la prensa. Y al poco fue cuando el de Sampedor descorrió el velo, como hace la Administración con aquellas empresas opacas para llegar a su verdadero dueño. Artero como es de la palabra, los tiempos y los gestos, arremetió virulentamente contra la directiva del Barça, de su Barça del alma. Ese al que dejó en su momento álgido a cambio de una paz en New York que no le han concedido.

Equivocó Guardiola su interpretación de los hechos, esta vez. Cabe que privadamente, no lo sé, pero públicamente jamás escuché ni leí durante su año de quietud, referencia negativa proveniente de Barcelona hacia su persona en ningún sentido reprobatorio, censurable ni mucho menos intimidatorio. Equivocó el mensaje, o la interpretación, pero sobre todo los modos. Esos que tan bien manejó durante cuatro años para lidiar las embestidas obsesivas y sin algodón de su fecundo rival Mourinho. Equivocó la diana. El tiempo le probará que ha rasgado sin motivo el alma culé, esa a la que prometió amor eterno… No guerra. Ha dolido tener que ver a Vilanova comparecer en rueda de prensa para dar su versión. La que vivió de primera mano, la que atañe a una verdad íntima y objetiva: «Me visitó dos días en Nueva York. Él consideraría que era mejor no vernos. Es mi amigo y le necesitaba cuando me operaron. Luego empecé el tratamiento y durante dos meses no me visitó, no fue mi culpa. Era yo el que estaba solo allí, como amigo, me esperaba más de él».

Quizá se lo impidieron los influyentes directivos culés, según se colige hilando fino de su estrambótica y desproporcionada rajada. A él se lo impidieron, que es arrasadora personalidad. Matizó por último, o lo intentó, que la iracundia iba dirigida exclusivamente contra Rosell y parte de la directiva. De nuevo erró. Tocó la institución, al completo. Desde Rosell hasta el más veterano socio saludando al masajista y terminando por el que grita por el micro el nombre de los futbolistas en día de partido. Pero puede que tampoco aquí la culpa sea suya, del bueno de Pep, sino de la prensa. Que ya le hizo un primer flaco favor al ornamentar en oro mediático aquella frase dirigida al francés del Bayern… tan de toda la vida. Tan castiza. Tan chorra.

– Dime, Ribery: ¿dónde quieres jugar?

1 COMENTARIO

  1. No está mal el artículo del Sr. Rizo,yo añadiría que quizás Guardiola estaba resentido con la
    directiva del Barça por no haberse esperado a anunciar el nombre de Tito como nuevo entrenador al dia siguiente de su despedida.Creo que la directiva se equivocó faltándole al
    respeto,pues era su despedida.Otra cosa hubiera sido anunciarlo al dia siguiente,seguro que
    no habrían habido preguntas ni respuestas.¡Claro que la prensa no habría tenido títulos!.
    En cuanto a visitar a Tito mas veces,quizás a veces las personas solemos pensar que vamos a
    molestar mas al enfermo y por lo tanto evitamos estos tragos,sobre todo si estimamos a las
    susodichas como muy amigas….Es una opinión que puede ser equivocada,pero a veces es lo
    que se piensa.
    Desde esta tribuna les deseo a los dos,sobre todo a Tito,que se reponga pronto y recupere su
    salud,y A Pep,que le vaya bien en su nueva andadura.

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