Art. de opinión de Luis Beresaluze Galbis

LOS MUERTOS OBVIOS

Me acuerdo de aquel espantoso 11 de Septiembre. De aquello que no debió haber ocurrido jamás. Y de la técnica espectacular de la infamia: Dos aviones comerciales, cargados de gente, estrellándose contra dos rascacielos. Dos maravillas de la técnica, pilotadas por el más canalla fanatismo.

Drama patético el de los familiares de los mas de tres mil desaparecidos
de las Torres Gemelas, añadido a la horrible hecatombe. De los titulares de la muerte menos gemela a la muerte convencional, a la muerte mortal, a la muerte con cadáver, con restos, con algo material/espiritual que llevarse al corazón, que honrar y hacer localizable, además de en el alma, bajo el suelo, en unas cenizas, sobre un lugar. Frente a la muerte convencional, tópica y situada una muerte utópica, sin espacio ni sitio. Muerte sin muertos. Sin muertos palpables. Los psiquiátras especialitas en situaciones atroces, como esta, llaman al estado de general duelo generado, “perdida ambigua”. Ambiguo, el modo. La pérdida, no concretada en nada material, sin embargo, concretísima. Estiman que a los familiares les va a costar vivir “con un dolor no resuelto”. La expresión es hasta poética. Suena bonito: Resolver el dolor, como un problema…

La muerte es una realidad de la vida. La última de sus realidades. Realidad presente, presentísima. “De cuerpo presente” se llaman los más inmediatos oficios funerales. Aquí el cuerpo devino grave e irresoluble no presencia, ausencia sin datos ni barruntos, pura y absoluta desaparición. Lo único que vino a quedar de esas mas de tres mil criaturas que un día lo fueron, es su absoluta descreación o irrealidad, representada por otros tantos certificados de defunción. Serán ya, solo, y para siempre, papel. Constancia administrativa. Nada entre burocracia.

En las desapariciones convencionales, dura un cierto y a veces largo tiempo, la esperanza. No en esta, brutalmente absoluta y sin restos. Desesperanza infinita. Estos familiares no perdieron a un ser querido. Perdieron su cuerpo, su cadáver, su referencia física, su última presencia real, la posibilidad de una lápida junto a la que poner flores. Cada uno de estos muertos es hoy una ilusión, algo imaginario, una ensoñación personal, un soplo querido, un humo que no ha sido posible inhumar, una evaporación entrañable. Duelo sin luto, dolor sin prueba, como un mal aire que no acaba de pasar. Siempre faltará a estos deudos afligidos, su muerto. Solo tendrán la muerte de su muerto. Y eso es difícilmente venerable y resignador. Inasimilable para el olvido, vinculado en el caso, además, a un culto quimérico y simplemente instrumental. El centro de Manhattan es hoy un impresionante y sagrado cementerio, una gran muerte, vacía.

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3 COMENTARIOS

  1. Que se lo digan a los padres de Marta del Castillo.¡Que pena!
    Muy sentido Señor Galbis, agradable de leer si no fuera por lo que dice y lo cierto que es.
    Como usted dice «la muerte es una realidad de la vida», o como decía una canción «cada paso que avanzas te acercas al final», pero,por desgracia, también son fruto de la vida el fanatismo y la violencia, y contra ellos debemos estar todos lo hombres cabales nos situemos ideologicamente donde nos situemos. Contra la desgracia gratuita y evitable todos.

  2. Nos relata Ud., Luis, algo que todos sobradamente sabemos, pero lo hace con esas formas exquisitas que nunca me cansaré de apreciar.
    He descubierto en Ud. una sensibilidad, que quizá, por no conocernos apenas, nunca había llegado a valorar y a apreciar en su justa medida.
    Reciba, Luis, un día más, mi más sincera felicitación.

  3. Rico y jugoso para los ojos, Luis. Pero doloroso, verdaderamente doloroso para el alma.

    Es demoledoramente cruento. Tal como ocurrió. Y como prosiguió.

    Para nuestro mal infinito, sigue ocurriendo en otras latitudes, hoy mismo…; lo vemos cada día en la tele, sea con otros protagonistas, con otras aparentes verdadades… aunque siempre, siempre, con el hombre de por medio.

    Un abrazo grande.

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