Art. de opinión de Jesús Navarro Alberola

Mío

Una de las primeras palabras que decimos cuando somos pequeños es «mío». Es el pronombre posesivo con el que marcamos el mundo y clasificamos las cosas que nos rodean. A esa edad temprana partimos de la base, simple y clara para nosotros, de que, como todo adulto que nos acompaña siempre nos sonríe, mima y quiere con locura, es lógico que todo aquello que vemos a nuestro alrededor también nos pertenece: si llorábamos, acudían a atendernos de inmediato; si reíamos, reían con nosotros; si decíamos una palabra, todos se emocionaban.

En esos primeros años, pensaba que mi madre era «mía». Solo mía. Por eso, cuando nació mi hermano descubrí una lección importante: era mi madre, claro está, pero también sería la madre de ese bebé, al igual que era la madre de mi hermana mayor. Aprendí a compartir y a disfrutar de ella. Quizá por ese motivo, hoy en día sigo disfrutando de mi madre, pensando que es solo «mía». Poco tiempo después, cuando las golondrinas se posaban en mi patio, traídas por la promesa del verano, pensaba que esas negras aves también eran mías, pues colmaban de música el patio de mi casa. Sus juegos en el aire, sus cánticos alegres, me envolvían en una atmósfera de paz y tranquilidad que luego en mi vida tanto he echado de menos. Años después, espero con impaciencia la llegada de la primavera y el retorno de mis golondrinas. Me lleno de nostalgia y melancolía cuando de nuevo las veo cruzar el cielo entre terrazas. Parece que hemos cambiado mucho, pero es solo superficialmente. Las emociones verdaderas, las que son íntimamente mías, las buenas acciones, no necesitan el barniz de la experiencia. Las golondrinas no han cambiado, ¿por qué cambiar nosotros?

También pienso ahora que la playa a la que suelo ir es solo mía. Conozco la arena, las rocas. Creo sinceramente que es mía. Y por eso la respeto, la cuido y la mimo en toda su naturalidad y esplendor, para que el próximo que llegue también la sepa hacer suya y la cuide y la respete como yo. Lo mismo intento hacer cada año en el Camino de Santiago. Cuando lo hice por vez primera, pensé que acababa de descubrirlo, que el camino estaba ahí para mí. Me sorprendí al ver otros peregrinos, personas como yo, cuyas vidas también se habían conectado con el Camino. Es en esos momentos de soledad absoluta cuando aprendes y valoras que tu mundo empieza más allá de los muros de tu piel y que hay otras personas con las que compartir el verdadero camino de nuestras vidas.

Tal vez el egoísmo del «mí» parece ridículo e infantil, pero en el fondo es bueno. En nuestra empresa familiar «Carmencita» somos varios socios, pero cada mañana, al despertar, pienso que es únicamente mía, lo que es positivo porque me hace involucrarme más, quererla más. Cuando entré a formar parte del Consejo de Administración de la CAM, asumí que la Caja era mía y solo mía. Siempre me recordaba a mí mismo que el destino de la Caja dependía de una única decisión: la mía. Me autoproclamé Presidente el primer día. De ese modo, cada pensamiento, cada acción o decisión, tanto en la empresa como en la CAM, la medito al máximo. Y, lo más importante, pienso mucho en la estrategia a largo plazo. Al considerarlas mías, me preocupa y ocupa mucho el futuro, pues el día a día ya va solo. De la misma forma, siento mía a Bancaja, por la relación familiar y personal con algunos de sus miembros. Por eso creía ciegamente en la fusión Bancaja-CAM: las siento tan mías, las conozco tanto, que pensé que era posible el entendimiento común; pensé que era posible una Gran Caja Valenciana, pensé que era posible que los valencianos fuéramos el tercer vértice financiero español; pensé en el futuro y, lo que veía, el sueño idealizado, era ese.

No ha sido así al final, pero no por ello hay que desfallecer. Todo lo contrario. La vida es mágica, para nada aburrida o sosa, y siempre abre nuevas oportunidades. Las golondrinas no cambian, nosotros sí, a veces para bien, a veces para mal; es el vaivén de la vida. Y es en esas aparentes pequeñeces, en esas breves dosis de entendimiento común con quienes nos rodean, donde hallaremos la verdadera energía para vivir: una entrega total y sincera, sin perjudicar a nadie, valorando al otro en su integridad y ayudándolo en lo que esté en nuestras manos. Solo así podremos olvidarnos del egoísmo absoluto del «yo» que niega el «tú», de aquellos que actúan como si fueran planetas solitarios en el espacio. Como pronombres en un poema de Pedro Salinas, hemos de pasar del «yo» al «nosotros», y así nuestras vidas serán el nexo común con aquellos con quienes compartimos el Viaje de la Vida, el Vaivén de la Vida.

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