Art. de opinión de Plácido Ferrándiz

¿Qué ocurrio en aquella cruz?

Ninguna vida y ninguna muerte humana ha tenido mayor trascendencia para la Historia Humana que la de Jesús de Nazaret. Muchas y profundas cosas ocurrieron en aquella cruz, el año pasado por estas fechas recordamos aquí mismo un aspecto básico que nadie debería ignorar (ver artículo ‘Una sangre preciosa’ en Tribuna de opinión 10.04.09), y en el que vale la pena ahondar.

Necesitamos comprender algo acerca de la relación entre la Justicia de Dios y el Amor de Dios. Nos ayudará la siguiente historia: se cuenta que un juez tuvo que juzgar a su propio hijo que había sido denunciado por circular en dirección prohibida. Como juez no tenía más remedio que condenar a su hijo a pagar la multa estipulada por la ley, de lo contrario el orden de justicia sería quebrantado y resultaría ser un juez injusto; así que dictó la sentencia correspondiente. Pero a continuación, se levantó de su silla, si quitó la toga y bajó del estrado, sacó de su bolsillo el dinero de la multa y lo entregó al alguacil. Volvió a subir al estrado y recibió el dinero del alguacil. De este modo, el hijo fue liberado, y la deuda que tenía con la justicia fue saldada. Tanto el hijo como la justicia quedaron a salvo… ¡gracias a que alguien pagó por ello!. ¿Sería justo un juez que ‘por amor’ dejara impune a un violador o un asesino?

Las sagradas Escrituras nos revelan por un lado que Dios es un Dios santo y justo. Sus leyes mantienen el orden del universo que hace posible la vida en la Tierra, por eso la infracción de cualquiera de sus justas leyes conlleva destrucción y muerte. El Pecado es infracción de la Ley de Dios, implica un atentado a la Creación de Dios, y genera daño y destrucción.

Por ello el Dios santo y justo, que es totalmente ajeno al Pecado, a la maldad y a la injusticia, no puede consentir esas realidades en su Creación, no las puede dejar sin castigo sin que salga perjudicada su Autoridad y su Justicia divinas que mantienen el orden de la Creación. Por tanto, para mantener su Creación en el orden que hace posible la vida, la Justicia de Dios se expresa en ‘la ira de Dios contra el Pecado’, ‘porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que reprimen la verdad con la injusticia’ (Rm 1,17-18).

Al mismo tiempo, las mismas Escrituras nos revelan el inmenso amor de Dios por su Creación, por la Humanidad, por cada una de sus criaturas. Nos muestran un Dios leal y fiel con su Creación, profundamente compasivo y misericordioso, un Dios que quiere que todos los hombres se salven, que tengan vida, y vida en abundancia.

Así que por un lado la justicia de Dios exige el castigo de toda la Humanidad corrompida por el Pecado, por su rebelión y desobediencia a Dios; por otro lado, el amor de Dios no le permite abandonar su Creación a la destrucción. ¿Cómo superó Dios este dilema? ¿Cómo ha sido que Dios nos ama sin dejar de ser justo? Esta es la maravillosa respuesta: ¡DIOS MISMO CARGÓ CON EL CASTIGO QUE NOS CORRESPONDÍA Y PAGÓ EL PRECIO DE MUERTE POR NUESTROS PECADOS!. La salvación que Dios ofrece a la Humanidad caída no es una salvación barata.

Así pues el precio fue pagado, la deuda saldada, la justicia restablecida, pero… gracias a que alguien lo hizo en lugar nuestro, alguien fue a la muerte que nosotros merecíamos. Alguien inocente, que no merecía la muerte. Este alguien no era un tercero, uno ajeno al asunto, uno que pasaba por allí y fue escogido como chivo expiatorio (habría sido otra injusticia): ese alguien era el Ofendido, Dios mismo.

Pero Dios no puede morir, ¡por eso el Hijo de Dios se hizo hombre! Hubo una reunión en la Trinidad, en la Comunidad divina, y la segunda Persona, el Hijo, se ofreció para hacerse hombre y cumplir la expiación por el pecado: “Por eso Cristo, al entrar en el mundo, cumplía lo que dice la Escritura: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me preparaste un cuerpo. Los holocaustos en expiación por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como de mí está escrito en el libro» (Hebreos 10,5-7).

Y así, como el Cordero inocente de Dios, fue entregado por Dios y por los hombres para ser sacrificado en la cruz. Por un lado, los hombres (los jefes religiosos, el pueblo y las autoridades civiles) le entregaron a la cruz porque él era la luz que vino al mundo, y las tinieblas no lo soportaron, “…la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas… El mundo… me aborrece porque yo doy testimonio de él, que sus obras son malas” (Juan 3,19-20; 7,7); él puso en cuestión todo el sistema de este mundo y desafió el dominio de Satanás. Por otro lado, Dios el Padre entregó en manos de los hombres lo más preciado de su corazón, la niña de sus ojos, su amado Hijo, para salvación del mundo. Jesucristo mismo se entregó voluntariamente como la expresión máxima de su amor al Padre y a los hombres (Jn 10,17-18), no fue víctima de las circunstancias, ni de un error, ni una marioneta de un Dios sádico, como algunos piensan (por ejemplo Saramago en ‘El Evangelio según Jesucristo’). Él cumplía voluntaria y amorosamente el plan previsto por el Padre (Hechos 2,23) para salvar a los pecadores.

Dice la Escritura algo que de otra forma nadie se atrevería siquiera a pensar: ‘Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado…’ (2Corintios 5,21). Como había sido prefigurado en los corderos sacrificados del Antiguo Testamento, Dios cargó sobre Jesús todos los pecados de la Humanidad, ‘Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia’ (1Pedro 2,24). En sus últimas tres horas en la cruz, Jesús cargó sobre sí todo el mal del universo, todo el pecado y sus consecuencias. Y atrajo sobre sí todo el castigo, toda la ira divina que nos correspondía a nosotros.

El sufrimiento de Jesús en la cruz no fue solo el físico: el alma más santa y limpia del universo tuvo que soportar sobre sí toda la podredumbre mortal del pecado humano. En la crucifixión y muerte de Cristo puedes hacerte una idea de la verdadera naturaleza del Pecado, pues allí quedó manifiesta toda su maldad y hostilidad hacia Dios. Aquella alma preciosa padeció además sobre sí toda la ira de Dios sobre el Pecado, en favor nuestro. Y tampoco fue sólo la muerte física, sino la muerte en toda su profundidad: la separación de Dios, es decir, ¡el infierno!. Porque la verdadera muerte es una existencia eterna frustrada en su destino, lejos de Dios que es la Vida verdadera. Dicho de otro modo, Jesús sufrió el destino de muerte, lejos de Dios, que nos corresponde a nosotros por nuestros pecados. La Palabra de Dios nos revela este acontecimiento que nosotros no podemos comprender cabalmente: Dios el Hijo encarnado en Jesús de Nazaret experimentó el abandono de Dios el Padre, la separación de Dios, el infierno: “Hacia la hora sexta (mediodía) quedó sumida la tierra en una profunda oscuridad que duró hasta la hora novena (tres de la tarde). A esta hora clamó Jesús a gran voz:- Eloí, Eloí ¿lamá sabactani?- (que traducido significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)” (Marcos 15,33-34)…

…Pero era imposible que la muerte le retuviera, pues Aquel que murió poseía el poder de una vida indestructible; siendo Dios, participó de la misma carne y sangre que nosotros para gustar la muerte por todos, para destruir por medio de la muerte al que tenía el dominio sobre la muerte (el diablo), y para librar a los que por el temor de la muerte estaban toda la vida condenados a esclavitud (Hb 7:16; 2:14-15). ¡¡Jesús resucitó!! ¡¡Aleluya!!.

Dice Dios en la Escritura que si crees de corazón en esto que Dios ha hecho por medio de Cristo para ti, te salvarás, participarás también de su resurrección, de su Vida eterna. Y no podrás hacer otra cosa que en adelante vivir para Cristo reconociéndole como ‘el Señor’ de tu vida. ¡Reconcíliate con Dios, amigo/a!.

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