Art. de opinión de Claudio Rizo

«Riqueza efímera»

Tu aspecto desangelado me produce una ligera desazón. No lo puedo negar. Ni evitar.
Recuerdo los días en que te mostrabas ufana, ligera de equipaje, despreocupada por lo que las sendas del camino pudieran depararte. Salía a tu encuentro y te encontraba con el rostro fresco, como recién traída al mundo…, feliz por lo que tenías e ilusionada por ese futuro que te abría campos de posibilidades ilimitadas.

Entonces se invertía en lujos sin ni siquiera mirar de soslayo a los vientos que traería el mañana, sin jugar con el factor riesgo, sin prever ese mínimo desnivel desequilibrante que a veces llega… Se creaban futuros con la certidumbre de hallarse en un pavimento estable, como quien juega a la ruleta rusa sabiendo de antemano en qué orificio se encuentra la bala. Con ventaja.
Pero las ventajas no duran siempre; por desgracia…

Hoy veo aquellas que fueron tus moles, verdaderos gigantes industriales que atraían y dispensaban capitales a espuertas, balancearse como el badajo en la campana, a derecha y a izquierda, sin fijar su destino en puerto claro; y hago empeños en no pensar que se trata de una película de ciencia ficción con sus incalculables efectos especiales, que crees que sólo ocurren ahí, en la pantalla: los solares dibujan un escenario que derrama lágrimas por todas sus costuras, mientras el sol se encarga de denunciarlo cada día con sus dolorosos rayos alumbrando “eso que algo fue”. Los carteles en las viviendas anuncian que el fantasma del embargo cayó con dureza sobre una familia de la que Dios sabe qué ventura (desventura) acudirá a sus insomnios cada vigilia. Y los créditos bancarios se comportan como esa chica que empeñó su amor “hasta la eternidad”, pero que un día volvió a casa para hacer su muda en media hora, sin apenas acordase de tu nombre… y te dijo ‘adiós’.

Es una fotografía sin consuelo de quien en otros tiempos ocupó el centro de las pasarelas económicas… Y que hoy languidece, descreída de su realidad. Contrariada. Enfrentada a un espejo que le devuelve una imagen irreconocible.

Hay, sin embargo, una sonrisa tenue, tímida pero esperanzadora, que se insinúa en tu rostro. La veo. Es un gesto que me recuerda la gracilidad de tus movimientos y la lozanía de tu cuerpo, en ese no tan lejano ayer. Que me transmite serenidad, paciencia… y una pizca de fe; como quien pide una segunda oportunidad. Es la humilde voz que brota de quien ha perdido casi todo, el sonido arrepentido del desvalido que reconoce sus errores…

Y es entonces cuando sigo creyendo que un mejor mañana es posible; porque las montañas, los bosques, la tierra… por mucha negrura que haya dejado sobre su superficie una cortina de fuego, siempre albergan, en su profundidad, el germen de lo que fue.

2 COMENTARIOS

  1. Que forma tan original, novedosa y literaria de hablar de la crisis. ¡Y sin un sola cifra! Mis felicitaciones a la Web.

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