Memoria y Memorias IV

Artículo de opinión de Manolo Torregrosa, abogado. En el escrito, Torregrosa defiende la figura de José Antonio Primo de Rivera, que falleció el 20 de noviembre, el mismo día que perdió la vida otro líder: el anarcosindicalista Buenaventura Durruti

Noviembre. El mes de las ánimas. Expresión pintiparada para el noviembre de 1936, en que muchas almas, en los frentes y en las retaguardias, dejaron inertes sus cuerpos. Matanzas por doquier. En el orden personal, desaparecieron dos líderes tan significados como el anarcosindicalista Buenaventura Durruti, y el fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. El primero, en el frente de Madrid (Ciudad Universitaria); y el segundo, en la Prisión Provincial de Alicante. Por azares históricos, ambos murieron el mismo día (20 de noviembre). Otra coincidencia: sus banderas ostentaban los mismos colores (Rojo y Negro). Sangre y dolor.

La muerte de Durruti se produjo en circunstancias extrañas, en Madrid, en el frente de la Ciudad Universitaria, donde fue herido de muerte, (se dice que por algunos de los suyos, al tratar de detener una desbandada ante el Enemigo) y falleció en el hospital instalado en el hotel Ritz de la capital. Su cadáver fue trasladado a Barcelona, y dada la personalidad del líder libertario, su entierro presidido por las máximas autoridades, reunió por la vía Layetana a más de 200.000 personas, vía que pasó a llamarse de Durruti, y así se mantuvo hasta su liberación de la capital catalana, en 1939.

Contrariamente, José Antonio Primo de Rivera, fue fusilado en Alicante, en cumplimiento de sentencia del Tribunal Popular de 18 de noviembre, muriendo juntamente con cuatro paisanos nuestros de Novelda, (Luis López López, Ezequiel Mira Iñesta, Vicente Muñoz Navarro y Luis Segura Baus), condenados en sentencia de 16 del mismo mes. Todos ellos fueron enterrados en una fosa común, y así permanecieron hasta su liberación de Alicante. El entierro de José Antonio, llevado a hombros de sus camaradas, relevándose a diez kilómetros las distintas Falanges provinciales, hasta depositarlo en la iglesia del monasterio de El Escorial, con hachones encendidos por la noche, y filas interminables a uno y otro lado de la carretera, como algunos lo presenciaron. Todavía quedan algunos monolitos a lo largo de la carretera de Madrid, que aluden al paso del cortejo fúnebre, cuyo ataúd no descansó ningún momento en tierra.

Sobre el proceso de Primo de Rivera, ante el Tribunal Popular, no voy a tratar el fondo de la cuestión. Interesa exponer ciertos aspectos relativos al cumplimiento de la misma, y en particular el juicio que mereció, su muerte, a destacados prohombres republicanos, que la juzgaron como un grave error político.

Por lo que respecta a las formalidades, hay ciertas contradicciones. Conforme a los decretos que crearon la jurisdicción del Tribunal Popular, (D. 22 y 23 de agosto 1936), las sentencias de muerte tenían que ponerse en conocimiento del Gobierno, y una vez recibido el “enterado” de éste, se llevaría a cabo su cumplimiento. Pues, bien, en el caso de Primo de Rivera, hay cierta controversia.

En París tuve oportunidad de conocer y visitar (año 1996) al que fue fiscal del Tribunal Popular de Alicante, don José María Sánchez Bohorques, en principio designado para la acusación contra José Antonio, aunque luego fue destituido por don Vidal Gil Tirado, fiscal titular de la Audiencia, que vino presidiendo el Tribunal en sus primeros momentos, asumiendo en el proceso mencionado, la acusación pública contra José Antonio. (Sánchez Bohorques fue, también, el que mantuvo la acusación en el proceso del Frente Popular contra los 22 vecinos de Novelda, de las que, como hemos dicho, fueron condenados cuatro a la pena capital, y murieron junto a José Antonio, el mismo 20 de noviembre 1936). Sánchez Bohorques, además, era miembro de la Comisión de Orden Público, y, por lo tanto, un protagonista de excepción. Y me comentó, hablando del proceso, que la ejecución de José Antonio fue irregular, en el sentido de que se llevó a cabo sin recibirse el “enterado” gubernamental, lo que yo le contradecía en razón de los datos del propio Gil Tirado que, a mi juicio acreditaban la recepción del “enterado”, en nota de su puño y letra, pareciéndole a don José María que, dicho “enterado”, pudo recibirse después del cumplimiento del fallo.

El caso es que el mismo Largo Caballero, jefe del Gobierno, dice en su libro “Mis Recuerdos”, página 196 (Ediciones Unidas, SA 1954 y 1976. México DF): “El fusilamiento de Primo de Rivera fue motivo de profundo disgusto para mí, y creo que para todos los miembros del Gobierno… Estábamos en sesión con el expediente sobre la mesa, cuando se recibió un telegrama comunicando haber sido fusilado Primo de Rivera en Alicante. El Consejo no quiso tratar una cosa ya ejecutada, y yo me negué a firmar el “enterado” para no legalizar un hecho realizado por falta de un trámite impuesto por mí a fin de evitar fusilamientos ejecutados por la pasión política. En Alicante sospechaban que el consejo le conmutaría la pena. Acaso hubiera sido así, pero no hubo lugar”.

Por su parte, Zugazagoitia, (“Guerra y Vicisitudes de los Españoles”, pág 278), se pregunta: “¿Por qué se ejecutó a Primo de Rivera? Nunca supo nadie contestarme afirmativamente. Puedo señalar los miembros del Gobierno que se opusieron al cumplimiento de la sentencia, juzgando por lo que, cuando fui su colega, les oí en diferentes ocasiones”. Y Mariano Ansó (“Yo fui ministro de Negrín”, comenta, según Joan Llarch “Negrín, resistir es vencer”): “Tanto para Negrín como para Prieto era un error político y a su entender un crimen, tanto por motivaciones humanas como por injusto”. La ejecución de José Antonio no era una victoria del antifascismo, sino más bien afectaba al prestigio de la República, según dicho autor.

Llama la atención que hoy, a tantos años de distancia, en plena era democrática, José Antonio sea, para algunos, poco menos que un proscrito, cuando, por el contrario, se trata de una personalidad de gran formación jurídica, diputado a Cortes 1933-35, en las que se reveló como extraordinario parlamentario, y sin el cual, como sucede con otros líderes del momento (Azaña, Largo Caballero, Prieto, Besteiro, Gil Robles, Abad de Santillán, Calvo Sotelo, etc…) no puede explicarse ni entenderse, en debida forma aquel turbulento periodo de nuestro triste pasado, en el que mereció la consideración y reconocimiento de sus adversarios, como hemos visto.

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1 COMENTARIO

  1. Tengo entendido que la falange (con jose antonio a la cabeza) fue la mayor traicionada por el régimen franquista .No estaba en sus planes dar a la iglesia un papel tan fundamental en la dictadura.En fin , momentos de la historia que no se deben repetir.

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