Editorial mes de mayo

A veces el silencio es la palabra justa, la que mejor se escucha

No cabe un tonto más

“Vamoraver”. Se confirma que lo  que hemos venido llamando la “Caja Tonta” en alusión a la televisión es correcto porque hemos comprobado este fin de semana que la citada caja se llama así porque está llena de tontos y tontas, de capullos integrales «Apardalats», y no me refiero a su excelentes trabajadores y presentadores, sino, a los “tontainos y tontainas” que fueron grabados en la madrugada del sábado al domingo celebrando el fin del estado de alarma sin respetar ni una sola de las normas “obligatorias” para combatir la Covid. Este comportamiento genera costuras en el alma, ¡Ay, Ay señor… qué dolor, qué pena!  “Mescojono”. Las cabras de la trashumancia que están pastando estos días por Novelda «tenen mes trellat» que estos bobos y bobas que aún no se han dado cuenta que a pesar de gente como ellos la Comunitat Valenciana es la mejor región de Europa con 35 contagios por cada 100 mil habitantes o los 19 que tiene Novelda. ¡Tontos y tontas que los da la tierra! Después de ver esto, hay días que uno solo está para domingos. Y para que no ocurra esto, mejor que abran ya los locales controlados de ocio, porque “el ocio beneficia seriamente la salud”. Por otro lado parece que las vacunas cogen velocidad y Novelda comenzará a vacunar en el pabellón cubierto de La Magdalena el próximo 25 de mayo.

Llegan las fiestas

  Sí, así lo dijo la consellera de Sanitat Universal, ¡A partir del 1 de septiembre se pondrán celebrar fiestas populares y tradicionales! Serán actos algo más reducidos y siempre adaptados a la situación sanitaria marcada por la pandemia. De hecho, las Fallas de Valencia ya han confirmado que se celebrarán del 1 al 5 de septiembre, las hogueras de Alicante se lo están pensando. Las fiestas de Novelda nos paran un poco antes, pero pienso que también se podrá realizar algún acto festivo con precaución y responsabilidad.  Qué ganas tenemos ya de mover el esqueleto a los compases de los pasodobles festeros de Sergio Mira y Óscar Navarro. Por cierto y hablando de fiestas. Nuestra enhorabuena al Embajador Moro, Juan Mira por habérsele homenajeado poniendo una sala del Casal Fester con su nombre. Qué gran Festero, qué gran Embajador y qué gran Persona. ¡Camarero Champán – à la Santé! Va por él.

Quiero rendir homenaje a los bares, y lo voy a hacer reproduciendo unas bonitas líneas que escribió un buen amigo mío, escritor  y sabio. Juan Ferrer Alpera:

Los Bares

Cuando se clausuró la hostelería con motivo de la pandemia, cuando el bar enmudeció, apagó los fogones y cerró el grifo del barril de cerveza, la calle quedó huérfana del ritual sagrado del almuerzo, de la cita diaria con el amigo o compañero, de las risas y la cháchara que alegran la mañana y ponen un paréntesis amable en la jornada de faena. Se dijo adiós al pincho de tortilla y el plato de aceitunas, al carajillo reconfortante y a las incidencias del partido de la jornada, a esa conversación trivial entre gentes que coinciden en el bar y que hacen del almuerzo o el café de las diez y media un ejercicio de socialización, de acercamiento y temperatura humana que siempre resulta saludable.

Al perder el bar y con su pérdida la alteración de usos y costumbres nos percatamos del significado que para muchas gentes tiene su presencia en el barrio, en la plaza o en la calle del lugar donde residimos o trabajamos. Entonces caemos en la cuenta de que el bar nos ha llenado pequeños momentos, nos ha deparado un gozo efímero y saludable, un motivo para aparcar agobios y recuperar el ejercicio de la conversación distendida o la charla controvertida entre el gusto por el bocadillo casero con ajoaceite o el café tocado con mano maestra y golpe de alcohol bien medido.

Hemos echado de menos la estampa del bar conocido que es calor doméstico, aromas de cocina inspirada, espacio de distensión y expansión, refugio de solitarios, estación con parada obligada para los amantes del tinto o blanco y estallido de buenos humores estimulados por el grato tapeo y el complemento bebestible. El bar de cada día es, en fin, un reducido universo donde caben la breve evasión, la confidencia, la alegría o la invitación a la melancolía que todo lo pueden dos cañas y el coñac de remate. Y es, por encima de cualquier otra consideración, un reducto amable en el que, si están hechos con mimo, los calamares y el bocata de embutido saben a gloria bendita.

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