Jorge Juan, el científico que fue espía (Reportaje edición Impresa)

Científico, ingeniero naval, humanista y hasta espía en Londres. El marino alicantino Jorge Juan ha dejado huella trescientos años después de su nacimiento en Novelda. Su obra “Examen marítimo”, traducida a varios idiomas, es la mayor aportación a la Ilustración española.

Artículo de Emilio Soler
Ilustración: Mario Paul

Historia

Jorge Juan y Santacilia nace en Novelda en 1713. A la edad de diecisiete años se inscribe en la Academia de Guardias Marinas gaditana «para servir a su Majestad en la carrera de Marina». En 1734, es nominado por la Corona, junto al sevillano Antonio de Ulloa, para formar parte de una expedición francesa que debía completar la medición de un grado de meridiano, esta vez en el ecuador, en las cercanías de Quito.

Se trataba de comprobar la forma de la Tierra. Después de pasar múltiples y penosas vicisitudes en casi once años de estancia americana, Juan y Ulloa regresan a España y son ascendidos a capitanes de navío, publicando por primera vez el resultado de sus mediciones: la esfera terrestre tiene forma de naranja al estar achatada por los polos.

ras una exitosa misión de espionaje industrial en Londres, Juan es designado como máximo responsable de la construcción naval española por el Marqués de la Ensenada. Autor de numerosos trabajos científicos, Jorge Juan y Santacilia, Jefe de Escuadra de la Armada española, miembro de la Royal Society de Londres y de las Academias de Ciencias de París y Berlín, fallece en Madrid en 1773.

Su obra Examen marítimo (Madrid, 1771) está considerada como la aportación más importante de España al siglo de la Ilustración.

Los primeros años

En 1713 se firmaba la Paz de Utrecht, la misma que señalaría el camino para finalizar la Guerra de Sucesión en España y mermaría la influencia de esta nación en el mundo. Ese mismo año nacía Jorge Juan y Santacilia, hijo de hidalgos alicantinos. El natalicio se produjo en la finca del Fondó o Fondonet, termino de Novelda, tal y como señala Antonio Juan y Canicia, testigo presencial: «Don Jorge Juan, hijo de D. Bernardo Juan y Dña. Violante Santacilia, nació en Novelda y fue bautizado en Monforte. Nació el 5 de enero, víspera de los Reyes del año 1713».

Jorge Juan quedó huérfano de padre a los tres años de edad y permaneció bajo la tutoría de dos tíos paternos, Cipriano y Antonio. Su madre, que se encontraba embarazada, se trasladó con su hijo a vivir a Elche, dando allí a luz a Bernardo, el tercer fruto del matrimonio tras el nacimiento de Margarita en 1714.

Los primeros estudios de Jorge Juan vinieron de la mano de su tío Antonio, canónigo de la Colegiata alicantina, pero fue su otro tío y tutor Cipriano, bailío de la ciudad de Caspe, quien le llevó a Zaragoza, donde Jorge permaneció hasta los doce años. Posteriormente, Cipriano influyó decisivamente al traslado de su sobrino a la isla de Malta y que entrara al servicio del Gran Maestre de la Orden, el español Manuel de Villena.

En septiembre de 1726, Jorge Juan fue admitido en la Orden de San Juan de Jerusalén o de Malta, tras superar los exámenes de legitimidad de sangre y nobleza. A corta edad recibió la encomienda de Aliaga (Teruel), dotada con 61.890 reales de vellón anuales. Jorge, decidido a comenzar su carrera como marino, ingresó en la Real Academia de Guardiamarinas de Cádiz a principios de 1730, en unos momentos en que la Armada, como el resto de la nación, se encontraba en un profundo estado de postración.

La Academia de Guardamarinas, fundada por el secretario Patiño en 1717, pronto se convertiría en la escuela de futuros mandos ilustrados. En aquel centro gaditano se estaba gestando una nueva generación de oficiales que en las próximas décadas formarían parte de la historia española. Nombres como los de Bustamante y Guerra, Malaspina, Valdés, Alcalá Galiano, Espinosa y Tello, Bauzá, Ciscar, Ulloa, Tofiño, Churruca, Gravina y tantos otros se unieron a Juan para impulsar el papel de la marina española, al menos hasta el desastre del cabo de San Vicente en 1797 y la derrota de Trafalgar en 1805.

Los Caballeros del Punto Fijo

Durante el primer tercio del siglo XVIII todavía se ignoraba la forma exacta y el tamaño de la Tierra, una cuestión que resultaba fundamental para el desarrollo de la navegación. Al utilizar los marinos el lenguaje críptico para los no iniciados de arcos, grados, longitudes, meridianos o paralelos, cualquier error en sus cálculos podía llevar a desviaciones de rumbo que concluían irremisiblemente en forma fatal. Especialmente en una época en la que no existía una medida patrón estable y común a todos los países.

En el año 1735, el monarca francés Luis XV autorizó a la Academia de París a llevar a cabo una misión fundamental para el conocimiento del globo terráqueo y su utilización práctica en la navegación midiendo, de manera definitiva, varios grados de la línea equinoccial y del círculo polar. Dos comisiones académicas llevarían a cabo la medición: una en Laponia y otra en las cercanías de Quito, perteneciente al virreinato de Perú. La comparación de los grados del meridiano boreal y del ecuatorial debería zanjar la célebre polémica sobre si la Tierra tenía forma de melón o de naranja.

La expedición francesa al ecuador estaba dirigida por Louis Godin y formaban parte de ella Pierre Bouguer o, entre otros, Charles de La Condamine. Como el lugar elegido para la medición se hallaba en la América hispana ambos monarcas, el francés y Felipe V, decidieron que dos guardiamarinas, a falta de científicos españoles, formaran parte de la medición, Jorge Juan y Santacilia, de 21 años, y Antonio de Ulloa, de 19. El 3 de enero de 1735 fueron nombrados y ascendidos, de golpe, saltándose varios grados del escalafón, a Tenientes de Navío, para no quedar en evidencia ante los expedicionarios galos. Patiño firmó las definitivas instrucciones que debían seguir los dos oficiales, tanto las que hacían referencia directa al objetivo científico de su misión («acompañasen y ayudasen a los Académicos franceses en todas las operaciones de medida y aún hacer enteramente ellos solos en caso necesario la medida proyectada»), como a otras de distinta índole que interesaban sobremanera al gobierno español («Levantarán planos de las ciudades y puertos, con sus fortificaciones, donde hicieren asiento, y se informarán de los términos de su provincia y gobernación»)

En su prolongada estadía, Jorge Juan y Antonio de Ulloa alternaron sus trabajos de medición junto a los científicos franceses con la defensa de las costas españolas del Pacífico, según consta en la Hoja de Servicios de Jorge Juan en el Archivo del Museo Naval: «Estando en Quito fue llamado (Juan) por el Sr. Virrey de Lima para darle el mando de dos fragatas»

A su regreso a la Corte en 1746, casi once años después, Juan y Ulloa se encontraron con un panorama político bien diferente al de su partida. El monarca era Fernando VI y el máximo responsable de la Armada, el Marqués de la Ensenada. Nuevos tiempos que llevaron a Jorge Juan a pensar en regresar a la isla de Malta. Pero Ensenada, el nuevo secretario de Marina e Indias, deseoso de contar con la experiencia de ambos les ayudó a publicar el resultado de su experiencia americana. Tras una polémica con la Inquisición, se editaron sus Observaciones astronómicas y phisicas hechas en los Reynos del Perú (Madrid, 1748), primera obra publicada en el mundo con los resultados de la medición en el ecuador. A través de ella quedó constancia que el grado de meridiano medido en el ecuador era más corto que el del círculo polar. Al ser mayor su curvatura, la Tierra se configuraba como una esfera achatada por los polos. La teoría de Newton se había impuesto a la de los Cassini mientras que Jorge Juan y Antonio de Ulloa fueron los primeros en anunciarlo al mundo de manera científica.

Juan y Ulloa, tras casi once años de estancia americana y en sus varias obras redactadas conjuntamente o por separado, atendieron satisfactoriamente las indicaciones de José Patiño. Así ocurrió en su Relación histórica del viaje a la América meridional (Madrid, 1748), en la Disertación histórica y geográfica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal (Madrid, 1749), e, incluso, en las Noticias secretas de América (Londres, 1826), informe confidencial sustraído y publicado en castellano por el inglés David Barry cuando las colonias americanas se emancipaban de España.

La colaboración de ambos marinos queda explicitada por Jorge Juan: «Para mayor claridad y buen método, le hemos dividido en dos partes. La una (de la que se ha encargado Don Antonio de Ulloa), contiene la relación del Viaje, Mapas, Descripciones de Países y noticia de todo lo que se halla de particular en los reinos del Perú, por donde hemos transitado. La otra, que es la que comprende este volumen, ha corrido a mi cargo, y encierra todas las Observaciones Astronómicas y Físicas que ejecutamos»

Espía en Londres y director de los arsenales españoles. El ocaso.

Las aportaciones de Juan y Ulloa a la medición del meridiano en los alrededores de Quito supuso a ambos marinos el nombramiento como miembros de la Real Sociedad de Londres y de las Reales Academias de París, Berlín y Estocolmo. Por otro lado, el Marqués de la Ensenada instaba al rey Fernando VI en su Informe para el adelantamiento de la monarquía y el buen gobierno de ella la necesidad de que España desarrollase su capacidad comercial y bélica para recuperar el papel de primera potencia mundial: «Proponer que no se aumente el ejército y que no se haga una decente marina sería querer que la España quedase subordinada a la Francia por tierra y a la Inglaterra por mar». De esta manera, en una Instrucción Reservada de Ensenada a Jorge Juan se le encomendaba una misión de espionaje industrial y militar en Inglaterra. En ella, se especificaba que el principal objetivo de su estancia londinense sería la contratación de ingenieros constructores de navíos británicos para imitarlos en lo posible. En esta peligrosa misión le acompañaban José Solano y Pedro de Mora. A los pocos días de su llegada a la ciudad del Támesis, Juan escribe en carta cifrada a Ensenada: «Procuraré hacer los reconocimientos en este río en donde creo que se hallan los más hábiles constructores».

Jorge Juan salió hacia Londres en enero de 1749 y, un año y medio más tarde, regresaba a España tras ser descubierto por los servicios ingleses. Y todo ello a pesar de las tres personalidades secretas que, junto a la suya real, había ido procurando adoptar: Mr. Sublevant, librero y comerciante de libros extranjeros, Mr. Montmor, marino y científico y Mr. Jogues, seudónimo utilizado en el contrato a Bryant, uno de los ochenta y cinco constructores británicos que consiguió enviar secretamente a España.

Tras una rocambolesca huída, Juan fue recibido con entusiasmo en la Corte mientras su secretario y biógrafo Miguel Sanz anotaba: «Satisfecho el Rey del pronto feliz éxito de esta comisión» se le encargó en mayo de 1750, «el arreglo de los Navíos, y demás fábricas de este ramo, igualmente que el proyecto y dirección de los Arsenales y sus obras» Comenzaba la renovación de los astilleros españoles que iban a transformar la construcción naval. En la cima de su fama, Juan fue también encargado de una misión a la Sierra de Alcaraz «para reconocer si podrían traerse con utilidad suficientes aguas para regar los campos» En 1751, «pasó a Almadén, a cuyas minas dio ventilación, y con ella el beneficio de desterrar los perjuicios dañosos que los mismos vapores causaban a la salud humana». En 1753, Juan vio culminado uno de sus grandes objetivos, que ya había planificado con Ensenada: la creación del Real Observatorio Astronómico, en el Castillo de la Villa de Cádiz, el más meridional de Europa.

Pero algo comenzó a cambiar cuando el 20 de julio de 1754 fue desterrado el Marqués de la Ensenada y el nuevo Secretario de Marina, Julián de Arriaga, ordenaba a Juan que abandonara esas importantes tareas de construcción naval para ocuparse de la Real Compañía de Guardiamarinas, siendo sustituido en su labor por el francés François Gauthier. Con este cambio de rumbo, comenzaba el alejamiento político del científico alicantino, que ya no habría de cambiar de signo hasta su fallecimiento en el Madrid de 1773. Al morir, entre la documentación incautada en el domicilio se encontraba una carta dirigida a Carlos III que no dejaba lugar a dudas sobre lo que pensaba Jorge Juan del indeseado rumbo que había tomado la construcción naval española con su sustitución por Gauthier: «La construcción de navíos y más buques destinados al uso de la Armada de V.M. (que debería ser temida) no sólo es inútil en todas sus partes sino que preveo el horror de las armas, vasallos y estados de Vuestra Majestad en peligro inevitable a perecer en un solo día»

Durante sus últimos años y a pesar de ver frustrada su labor, Jorge Juan establecería en su casa gaditana una reunión semanal en la que se trataban temas de índole científica, la Asamblea Amistosa Literaria (1755), como un ensayo a la pretendida Academia de Ciencias que debería formarse en Madrid. Fueron, también, los años de su Compendio de Navegación para el uso de los Cavalleros Guardias-Marinas (Cádiz, 1757), el ascenso a Jefe de Escuadra (1760) y de sus estancias en los baños de Busot para atender su precaria salud.

En esos años le fueron encomendadas algunas misiones poco relevantes y que más parecían destinadas a disimular su ocaso político: la embajada a Marruecos de 1767, que supuso a Juan un grave quebranto en su ya deteriorado estado físico, o el nombramiento de director del Seminario de Nobles (1770), una institución en franca decadencia.

A pesar de su oscurecimiento público o tal vez debido a ello, Jorge Juan todavía tuvo tiempo de terminar su Examen marítimo teórico-práctico, o Tratado de mecánica aplicado a la construcción, conocimiento y manejo de los navíos y demás embarcaciones (Madrid, 1771), donde analizaba temas de flotabilidad, estabilidad, resistencia estructural, resistencia a la marcha, propulsión, maniobrabilidad y comportamiento de los navíos en el mar, incorporando a la teoría la práctica de los ensayos realizados por el propio Juan en la bahía de Cádiz.

El Examen marítimo se convirtió en una obra de reconocido prestigio internacional traducida a varios idiomas y de obligada consulta para los ingenieros navales de la época, especialmente en Francia e Inglaterra. Un libro considerado como la publicación científica cumbre de la Ilustración en España.

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