COSAS DE MÉDICOS DE NOVELDA

Dr. Emilio Álvarez Landete

A finales de los años 70 del siglo pasado, estuve ejerciendo mi profesión en Novelda. Recuerdo que éramos 6 médicos de cabecera, 2 pediatras y 2 practicantes. En el ambulatorio, como personal medio sanitario, medio administrativo, 2 enfermeras nos ayudaban en las consultas o curas y 1 celador, se encargaba de abrir el centro, atender el teléfono y recoger los avisos a domicilio. A los pacientes, se les atendía (a demanda) en la misma mañana y sin limitación de número. Los avisos urgentes, se trataban por su médico con carácter prioritario y en su defecto, por el primero que se encontraba. Los avisos puestos antes de las 12 del mediodía, debían realizarse antes de la hora de la comida y los de la tarde (hasta las 5), antes de la cena. A partir de ese momento y en caso de necesidad, se tenía que ir a buscar al médico a su casa.

Se trabajaba las 24 horas del día, ininterrumpidamente todo el año, menos el preceptivo mes de vacaciones. Las sustituciones, obligatoriamente se hacían entre los propios compañeros, aunque eso sí, remuneradas.

Los médicos vivían en el término municipal y cualquier salida del mismo, se debía comunicar anticipadamente a Sanidad, que siempre autorizaba si el servicio quedaba cubierto por el sustituto propuesto.

No existía la dedicación exclusiva y la mayoría tenía sus «igualas» que es un hecho que define un sobrepaga mensual, casi siempre a tu médico de cabecera o a cualquier otro de la población, lo que conllevaba a un trato preferente o a tener derecho a ir por la tarde a la «consulta particular». Un cobrador de la confianza del facultativo, se encargaba de entregar el recibo y de la recaudación, así como de las altas y bajas. Esta modalidad, no autorizada pero consentida, tenía su explicación en los bajos sueldos de los facultativos (se cobraba por número de cartillas de la Seguridad Social asignadas a tu cupo) y en la necesidad de poder atender a un volumen importante de población no afiliada.

De los 6 médicos, 2 eran de APD (Asistencia Pública Domiciliaria), o médicos titulares, dependían del Ayuntamiento y en realidad, eran médicos de Sanidad a los que se les completaba el muy bajo sueldo, con un cupo de la Seguridad Social, según convenio establecido. En mi época, fueron el Dr. Enrique Mares que ostentaba el título de «Jefe Local de Sanidad» y yo mismo. También había un practicante, un veterinario y un farmacéutico titular. Las responsabilidades eran múltiples y variadas. Control, revisión y apertura de cualquier establecimiento público, especialmente, bares y mercados del término municipal. Control de epidemias, campañas de vacunación, reconocimiento y aptitud de los mozos para el servicio militar, asistencia a los funcionarios del ayuntamiento, maestros y guardia civil. Igualmente y por ausencia de forense, había que estar a disposición del juez de paz a efectos de peritaje y atención de accidentados y levantamiento de cadáveres. La asistencia a la beneficencia municipal, se completaba con la del asilo de ancianos y la de las propias monjas.

Nuestro trabajo, era un cajón de sastre, pues el médico, debía sustituir al compañero y además, por ser el de mayor titulación y por «necesidades del servicio», te acumulaba Sanidad la plaza del practicante y de la comadrona hasta que quedaran cubiertas. En síntesis, médico para todo, rotos y descosidos.

«Nuestro trabajo era un cajón de sastre. Médico para todo, rotos y descosidos»

Lo más cómodo de la profesión, era el amplio conocimiento de los pacientes y de sus familias, lo que con independencia de la pericia de cada uno, te permitía una aproximación al diagnóstico. Los medios de que se disponía, eran muy rudimentarios,las analíticas de sangre, muy simples y las radiografías (salvo las de gran contraste para fracturas óseas) con muy poca definición y muchas veces «quemadas» o «veladas» por la utilización de los reactivos químicos para el revelado.

Al médico, en muchos casos y con independencia del respeto reverencial, se le consideraba (con el tiempo) como uno más de la familia y era uno de los invitados de honor de los acontecimientos sociales. Recuerdo, que al colega D. Francisco Penalva (compañero de mi madre en la facultad de medicina de Madrid), todo el mundo lo conocía como a «Don Paco», que es lo mismo que decir: trato familiar pero con respeto. Según la gente, «porque tenía estudios».

Las anécdotas y chascarrillos, me los reservo para mi intimidad y muchas de ellas, por secreto profesional.

No quisiera terminar estos apuntes, sin rememorizar las coplas del gran poeta Jorge Manrique a la muerte de su padre cuando consideraba «que cualquier tiempo pasado fue mejor». Hemos ganado en adelantos tecnológicos y científicos, estamos hipercomunicados y localizados las 24 horas del día. Disponemos de medios materiales y recursos humanos como jamás se podía imaginar hace escasamente medio siglo, pero encontrar esa mano amiga con la prontitud que se requiere, cuando nos abandona la salud, es cosa de los tiempos de nuestros padres o abuelos. Se ha dicho que la medicina es un sacerdocio y estoy convencido de que al menos, antes así era. Entre otros muchos nombres que ya mi cabeza no retiene (y a los que pido perdón) quiero dedicar un sentido homenaje a los ya mentados Dres. Mares y Penalva, así como a los Dres. Jaén, Jiménez, Santo Cartagena, Roberto Sala y al practicante Antonio Penalva. Lamentablemente, ya fallecidos y en una nebulosa, tengo a Alicia y Magdalena. De mi buen amigo además de colega el Dr. Raúl Omar, que estuvo dentro y fuera del sistema y que fue una ayuda insustituible para todos nosotros, prefiero mantenerlo en mi corazón.

Por último, me siento obligado moralmente a agradecer a todos mis compañeros su plena y sacrificada dedicación al pueblo de Novelda y a sus 20.000 habitantes de la época (actualmente tiene 26.000), que cumplieron con su profesión en el antiguo ambulatorio en los bajos de la UGT en la Glorieta y del que acompaño una fotografía.

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2 COMENTARIOS

  1. Conmigo estudio tu tío Alejandro Landete en la Escuela de Aparejadores de Madrid.
    Me ha gustado mucho tu artículo. Es una vivencia retrospectiva que te lleva a recordar a Vicente Cantó (el celador).
    Y tú prima Palomita, fue compañera de curso durante los primeros cuatro cursos de bachiller en Novelda (Colegio de los Padres). La vi en Madrid cuando yo estudiaba. Era una belleza.

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