Art. de opinión del padre Javier Muñoz-Pellín

La pastoral de la belleza

«Los artistas y los santos son aquellos que ven donde nadie logra ver. Ven el mundo a través de una mirada de bondad y misericordia. Esta mirada tiene un nombre muy sencillo: se llama oración». La atención y el estudio del arte clásico pueden ser instrumento de evangelización y la belleza, la búsqueda de la verdad y la justicia pueden hacer misionera toda nuestra vida (cfr. Juan Pablo II, La Pastoral de la belleza).

Mientras que el hombre ve el mundo fragmentado, porque ve entre un parpadeo y otro, Dios ve el mundo íntegro porque Él es el único que ve durante los parpadeos. Los santos y los artistas han sabido ver durante los parpadeos; por esto en sus fragmentos, es decir en su vida y sus obras, resplandece la belleza de un mundo íntegro.

El ver de la fe une a santos y artistas y es ver «el ya» en el «todavía no». Giotto expresa este «ver de la fe» en un fresco de la Capilla de los Scrovegni. Al describir el encuentro entre el Resucitado y la Magdalena, pinta curiosamente a Jesús al borde del fresco, como si quisiera remarcar su «otra» presencia, su ser «ya» con el Padre, aún estando «todavía» aquí entre nosotros. El ver de la fe ayuda a ir más allá del límite para ver la luz de un «ya» donde impera la oscuridad del «todavía no».

El artista puede recibir de Dios una misión sencilla y radical al mismo tiempo, tímida y absoluta a la vez: ir a la raíz de la fe para recuperar todo. Plantar una semilla en la tierra de la Iglesia, para hacer que todo vuelva a florecer. Esta raíz es la Eucaristía. Esta semilla es la oración de adoración.

Un escultor franciscano, que llenó el mundo de oración y belleza mediante sus obras, describió así el espíritu y la personalidad de María Magdalena. El rostro y un brazo están vueltos hacia el Señor. Justo como la Magdalena de Giotto, toda inclinada hacia el «Rabbuni». Frente a las amenazas del terrorismo y la crisis moral que afecta a gran parte del mundo occidental, se nota una gran demanda de vuelta a los clásicos y a las raíces cristianas. Cada vez más personas buscan lo bello, lo justo y lo verdadero, bases del humanismo cristiano. En su opinión, ¿es posible desarrollar una pastoral de la belleza que una fe y arte y que dé forma y fundamento a estas demandas?

Es indispensable volver a dominar nuestro patrimonio artístico que nos rodea. El artista, también el más laico y especialmente el artista que produce arte religioso, saca su inspiración de un patrimonio de fe que le envuelve y le supera. Ejemplo típico podría ser Salvador Dalí, quien en un periodo de su vida estuvo sinceramente atraído por la mística y produjo algunas crucifixiones sugerentes. Una de éstas es el «Corpus hypercubus» del Museo Metropolitano de Nueva York.

Cristo está sobre la cruz bellísimo y sin barba, como una estatua griega. Su cuerpo tenso por el sufrimiento no muestra sin embargo signos de sufrir. Cristo está fijado a la cruz no mediante clavos sino por la fuerza del amor. Su desnudez purísima contrasta con los suntuosos vestidos de la mujer que permanece estática en contemplación bajo la cruz. Él, con la desnudez de su inocencia ha revestido de gracia a toda la humanidad. Él, con la fuerza de su amor, ha llenado de sentido nuestro sufrimiento, con demasiada frecuencia fruto del odio y de la injusticia.

Las vocaciones en la Iglesia responden siempre a una necesidad que sufre el mundo y la misma Iglesia. Hoy, indudablemente, se ha producido, al menos en Europa, una notable pérdida del sentido religioso. Nuestras ciudades caóticas y las costumbres hacia las que empujan a los jóvenes los medios de comunicación, están llenas de ruido. El pluralismo ideológico vaciado de valores ha llevado gradualmente al relativismo, por lo que se nota cada vez con más fuerza la necesidad de absoluto, de silencio, de encontrar a Dios. Quien por gracia realiza este encuentro no puede dejar de notar el deseo de hacer de ello el estatus de la propia vida. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo?

La misión de los monasterios se inscribe justo aquí, no ciertamente en perder la propia identidad para salir al encuentro de un mundo que manifiesta cada vez más necesidades y malestares, sino en abrir a este mundo algún espacio de interioridad, comunicar algo de la propia experiencia de Dios, en resumen, para decirlo con Santo Tomás, «contemplata aliis tradere»: hacer partícipes a los otros de las cosas contempladas.

Esto puede darse a varios niveles y de varias formas. Mediante la acogida, jornadas enteras de retiro o en momentos de oración, u ofreciendo, mediante una presencia discreta, pero cualificada, en los medios de comunicación, «otra» lectura de la realidad. Uno de los papeles más profundos del contemplativo es el de aprender a leer la historia con los ojos de Dios.

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