Art. de opinión de Manuel Sellés

El del mando a distancia y el de la manta de cartón I

DIFERENCIAS SOCIALES

Dos seres de la misma especie y del mismo reino. El reino animal.

Tan próximos el uno del otro y tan distantes a la vez.

Artículo basado (esta primera parte) en hechos reales. Tal como sucedieron los          acontecimientos ese día. El resto, basado en sucesos reales unos, y otros, deducidos por la experiencia a lo largo de 50 años de mi vida laboral; porque mi vida laboral, siempre ha ido alrededor, y de la mano del progreso. Progreso positivo para algunas cosas, y negativo por otras.

Ya desde los principios, fui dándome cuenta de que ese progreso, socialmente podría tener consecuencias nefastas, pues el desarrollo de la máquina-herramienta (máquina diseñada expresamente para la realización de trabajos muy concretos y repetitivos, encaminada a producir de forma eficiente y masiva), sin lugar a dudas eliminaría la necesidad de la mano de obra del trabajador; y así fue.

Pretendo:

Sacar del recuerdo, el modo de hacer las cosas antes, el de la actualidad y las consecuencias.

Cual es la necesidad imperativa del ser humano.

Como se produjo el crecimiento del bienestar.

Quien domina a quien.

Lo que considero que es lo causante de las crisis

El animal distinto del hombre, por su naturaleza, no necesita de fincas de su propiedad donde cultivar, ni corral donde criar animales para su sustento. Se basta y se sobra para pillar la comida esté donde esté y sin contar con el propietario… pero así le van las cosas

El hombre, por ser inteligente no es así. Este, tiene capacidad de  organizarse en sociedad con el fin de, “entre todos y a una” y cada cual según su capacidad, obtener lo que necesita, ¡NO SOLO! para su alimentación sin dificultades, sino para obtener cuanto es capaz de inventar para proveerse de la comodidad, librarse de los esfuerzos excesivos, convertir lo desagradable en llevadero y tener de todo cuanto necesite. Y… además, de lo bueno, lo mejor. Tiene capacidad para ello.

A veces tengo grandes dudas sobre quien es más fiero, la fiera o el hombre.

La fiera mata por comer; el hombre mata o deja morir a sus semejantes con tal de satisfacer su ego.

Dos protagonistas dan nombre al relato.

Sé que llega tarde para recordar las inclemencias del tiempo que desencadenaron el pensamiento aquel día.

Pero es que una vez plasmada sobre el papel aquella experiencia vivida durante unos minutos de aquella madrugada, me di cuenta de que no dejaba de ser una mera fantasía capaz de levantar el ánimo compasivo del lector, cosa que no remedia el trasfondo de la situación que vive el de la manta de cartón ni las causas que propician que con el paso del tiempo los haya de forma generalizada; por ello, sentí la necesidad de exponer lo que a mi juicio fueron los motivos que causaron el desastre al que hemos llegado y por qué no, algún apunte de cómo, al menos, minimizar los desajustes que vive la sociedad.

Se me antoja que todavía hay otro modo que es mejor, pero el hombre tal como es hoy, no es de la pasta adecuada para ello; por eso, lo dejo estar. Quizás con el paso del tiempo se transforme y él solo venga a la razón.

En seis partes he plasmado el relato, porque seis son los actos-acontecimientos que he creído necesario exponer.

Sucedió la madrugada del martes de Carnaval del año 2013.

. . .

Como casi todos los días, el reloj de la cabeza o no se quien, despierta al protagonista del mando a distancia.

Una mirada al techo de la habitación y se aprecia que la lectura es 05:07; todavía de noche. Apetece desaguar el líquido residual y se aprovecha la ocasión.

En plena tarea, a través de la claraboya que da luz y ventila la dependencia, se oyen silbidos y rics racs. Son el canto del cable que sujeta la antena, que al cortar el viento, silba, y el nudo que lo une al clavo de la pared chirría, de forma tan espectacular como el viento que lo mece.

De vuelta a la cama uno piensa: mañana le pondré unas gotitas de tres en uno a ver si el ric rac no suena y el cable se desgasta menos, no vaya a ser que se rompa.

De repente suena el despertador de Javier.

¡Anda! se dice el protagonista; ¡si Javier entra hoy a las 6!. Hace la jornada continuada para tener la tarde libre.

Mal oraje. A pié tal vez llegue tarde y en bicicleta… peligro; ¡a ver si un remolino le desequilibra y se da un mal golpe!. A estas horas poco tránsito, y por lo tanto, pocas probabilidades de socorrer. Le llevaré yo.

¡Javier! ¿te llevo?; ¡vale!, responde.

Tan pronto asomamos a la calle, el viento agita el anorac desabrochado, como bandera desplegada sujeta al mástil y en plena tormenta.

El primer intento de introducir la llave en la cerradura de la puerta de la casa fue en vano, porque el viento desplazó la mano; al segundo intento se consiguió.

Unos veinte pasos nos separan del automóvil.

A mitad de camino, manos en los bolsillos y con el mando a distancia en la mano se presiona el botón, y como por arte de magia, el cerrojo que asegura la puerta se desplaza, dejándola libre para ser abierta sin dificultad.

Una vez dentro y a la vez que uno se coloca el cinturón, huf, ¡que frío!

Camino de la fábrica, dado lo experimentado del clima por unos instantes y puesto que el silencio lo permite, la cabeza comienza ha discurrir alguna que otra cosa de la vida.

“¡Hay que ver de lo que es capaz el hombre por lo INTELIGENTE que es!. Ha descubierto de la Naturaleza a unos enanitos pequeñísimos, tan diminutos, que no se ven y están escondidos en el mando a distancia y en el receptor del coche.

¡Que cosa más curiosa!. Al instante de apretar el botón se comunican entre sí, y sin mediar palabra,  el de dentro del coche desplaza el cerrojo para que al tirar del pomo, la puerta se abra sin necesidad de luchar contra el viento para atinar con la llave a la cerradura.

¡Magnífico!. ¡¡Extraordinario!!. ¡Si mis abuelos levantaran la cabeza!”

. . .

La puerta de la fábrica todavía está cerrada. Nos detenemos junto a la acera.

Punto muerto, freno de mano echado y el motor se deja en marcha un poquito más a ver si el ambiente se calienta un poco.

El automóvil, de vez en cuando es algo zarandeado por el viento.

Los matorrales, presos en el suelo y sin posibilidad de refugiarse, bailan al son que toca este. Todo apunta que la noche ha sido cruda.

De pronto, un trozo de cartón pasa por en medio de la calle, rulando a botes unas veces y otras volando; zigzagueando como una mariposa, solo que este va a donde el viento le place.

La escena provoca que mi cabeza comience a discurrir otra de esas cosas de la vida y enviando un mensaje digo:

¡Hay de los sin techo!. Seguro que ahora mismo y en algún lugar, habrá pasado la noche alguien agazapado en algún portal o barracón, tal vez sin puertas ni ventanas, luchando contra el viento para que no le robe el cartón que le hace de manta.

El acompañante no dice nada.

Entonces prosiguiendo con el mensaje pero ahora algo ENREVESADO digo: “Nunca se podrá saber lo MAL que se está aquí dentro del coche, si no se vive en las mismas condiciones que el sin techo. Y aun en el caso de que alguien, al menos por una noche y con el fin de averiguar lo mal que lo debe pasar el sin techo, decidiera dormir al raso para experimentarlo, su sufrimiento no sería el mismo, ya que  tiene la garantía de que a la noche siguiente volverá a dormir en su habitación. Su dolor será pasajero; será solo un momento de su vida. Sin embargo, el dolor del sin techo es mayor porque no dispone de esa garantía. Su futuro es incierto. No sabe si algún día acabará. De momento, es preso del sistema económico y del comportamiento humano, como preso es el matorral, que anclado al suelo al que pertenece estará allí hasta el día en que se seque, si alguien, de vez en cuando, no le hecha un poco de agua que calme su sed.

 

Del acompañante una mueca de incertidumbre.

Durante unos segundos y para mis adentros, y sin pronunciar palabra que se pudiera oír dije “no me has entendido del todo ¿verdad?… a tu edad yo tampoco entendía del todo a mi padre. ¡Cosas de la vida!”

Y prosigo diciendo (ahora de modo que se me oiga):

“Nosotros vivimos bajo techo, es decir, tenemos casa. Ellos no la tienen.

Tenemos cama con sábanas, mantas, colcha y almohada. Ellos no las tienen.

De noche, a oscuras y sin bajar de la cama, con un solo clik encendemos la lamparilla que nos alumbra para que no tropecemos. Ellos no la tienen.

Tenemos cocina donde la madre guisa las paellas y lentejas que tanto te gusta comer. Ellos no la tienen.

Tenemos jabón y cuarto de aseo donde  llevar a cabo nuestro aseo personal y el de nuestros enseres. Ellos no lo tienen y como consecuencia, su aspecto, ¡que a veces hasta se les rechaza! Tenemos coche con el que acudir al trabajo, mejor que con la bicicleta si el tiempo se pone feo como ahora. Ellos no tienen coche… ni bicicleta… ni TRABAJO.”

. . .

Llega el encargado, Javier se apea del coche y el conductor se vuelve a casa.

Mientras tanto sigue meditando: si las personas adultas fuéramos capaces de ponernos en el lugar del sin techo, cada vez llevamos a cabo cualquiera de los actos que acabo de mencionar, y en lugar de compadecernos viéramos en su lugar (aunque solo fuera en la imaginación), deambulando como vagabundos a nuestros hijos, estoy convencido de que la vida para algunos, no sería tan cruel.

¡Por Dios!, ¿de qué sirve que el hombre sea tan inteligente como para descubrir a los enanitos que no se ven, si no es capaz de ver las taras y las miserias humanas que condicionan al individuo y están a la vista?

Fin de la parte I.

4 COMENTARIOS

  1. Verá, Uno que escribe.
    Lo que acaba de leer, es solo la primera de las seis entregas de que se compone el artículo. Todavía faltan cinco.
    El artículo comienza realmente a partir de la frase «sucedió la madrugada del Martes de Carnaval», lo escrito anterior a ella, es una mera introducción de lo que se va ha exponer a lo largo de las seis entregas.

    Si lee las restantes, verá que no estoy en contra del progreso; todo lo contrario, soy amante de él. Encontrará que, en lo que no estoy de acuerdo, es la manera en que se usa.
    Siento si le he llevado a la confusión.

    Muchas gracias por su opinión.

  2. Tras leer completo este artículo, saco dos conclusiones:
    -) La primera, en cuanto parece que el autor de este artículo está en contra del progreso de la ciencia por las herramientas e inventos que ha aportado el ser humano. Bueno, al respecto digo que esos avances han servido para muchos bienes; ¿Qué las máquinas reducen puestos de trabajo? No es cierto; reducen a los que no saben hacer otra cosa que con sus propias manos; a los artesanos y a los incultos laborales. Pero se abren otras vías de empleo, como son la fabricación, mantenimiento, transporte… de esos inventos o maquinarias. ¿O seríamos hoy capaces de volver a labrar el campo con el azadón, como nuestros antepasados?
    -) Y en cuanto al segundo tema, sí estoy de acuerdo con el autor pues debemos tener en cuenta que hay personas que no tienen casi nada, excepto lo puesto y en muchos casos, eran trabajadores a los que les iba todo bien. Pero de repente (nos puede suceder a cualquiera) se nos acabó el empleo y nos vemos «en la puñetera calle», pidiendo caridad a lo que pasan a nuestro lado y la mayoría no responde a esa súplica.

  3. Muchas de estas cuestiones asaltan mi tranquilidad nocturna en muchas ocasiones, como usted D. Manuel me dedicó a la construcción de maquinaria industrial, y soy amante del progreso. Como usted amo mi trabajo, y creo hacer una aportación positiva, sin embargo me turbia la mente pensar que quien nos gobierna, ni progresa, ni aporta en positivo. OJALA PUDIERA CONSTRUIR UNA MÁQUINA PARA HACER BIEN HECHO EL TRABAJO QUÉ NUESTROS POLÍTICOS. NO SABEN HACER Y ASÍ PRESCINDIR DE ELLOS.

  4. Juan, la máquina esa que a Usted le gustaría hacer, ya está hecha y es perfecta, solo que, como depende de la voluntad, a veces no actúa bien.
    Si sigue leyendo las siguientes entregas, verá que hablo de las dos; de la industrial y de la humana.
    Lo que aparenta que estoy en desacuerdo sobre la industrial, no es así, es todo lo contrario, porque es buena y nada tengo que reprocharle.
    Sin embargo SÍ pongo en duda la actitud de la humana; el hombre, por cómo y para qué la utiliza.

    Muchas gracias por su opinión.

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