Art. de opinión de Francisco Penalva Aracil

LA CAJA VERDE 

Tengo entre mis manos aquella caja de madera, de color verde oliva, en la que mis padres guardaban documentos personales.

Es igual a las que se utilizaban en los “porches” de azafrán que llenas de sobrecitos de especias, regalaban a los buenos clientes. En su tapa tiene un dibujo del romanticismo, en el que tres mujeres vestidas de la época conversan entre ellas.

De niño la curioseé varias veces en secreto y a hurtadillas, la llave siempre estaba puesta, hasta que un día desapareció. Por lo visto mis padres sabían que la habría, algo que me tenía intrigado pues yo siempre la cerraba con llave después de dejar todo conforme estaba y en orden. En mi imaginación llegue a pensar que tenían muy desarrollado el sentido del olfato, y oliendo la llave, sabían de quien eran los dedos que la habían tocado. No, no era tan complicado ni surrealista el enigma. Al cabo del tiempo me dijeron entre bromas, que el truco consistía en que al cerrar dejaban la llave en una posición intermedia donde había una señal, que yo nunca logre descifrar.

Esta caja tiene un gran valor sentimental para mí, y al volverla a abrir después de tantos años esperando encontrar algún oculto e inquietante secreto familiar, recibí en el olfato, ese aroma entrañable e íntimo a papeles antiguos, viendo reflejada en su espejo interior mi cara, que la relacione al instante, con la que puse de niño curioso al hacerlo por primera vez. Un rostro ya con  arrugas pero que afortunadamente conserva ese gesto tan característico de curiosidad que siempre he tenido, al gustarme observar, escudriñar, en los objetos, cosas y personas que pasan a mi alrededor y pensar en ello. Algo que me ha ayuda y me sirve de inspiración a la hora de escribir.

Su contenido simplemente era dedocumentos varios, el libro de familia, la escritura de la casa, fotos, llaveros… Y una carta confecha 6 de Octubre de 1919 con el membrete del negocio de mi bisabuelo, en el que  ponía: “Carlos Valero Mira. Herrería y Cerrajería. Santa Rosalía 6. Novelda. La carta estaba escrita a mano por mi abuela materna dirigida a mi abuelo Pepe su marido, que estaba de encargado en una cantera de mármol en Beas de Segura, un pueblecito de la provincia de Jaén.

En la misma decía lo siguiente: “Querido Pepe por la presente todo va bien, la nena se cría con salud” …Y entre otras cosas, que acababa de recibir las 50 pts que le había mandado y que con parte de ese dinero se compró una rebeca. Comentándole además con palabras afectivas la buena relación de amistad con su amiga Lucrecia, que tanta compañía le hacía.

Me llamo la atención que dentro de la caja hubieranpinta labios, polvos de maquillaje, y otros cosméticos. Recordé que mi madre de joven, también la utilizaba para guardar sus cosas dejándola encima de la coqueta. ¡Hay la coqueta¡ese mueble también llamado tocador, o de noche, con un granespejo, usado por las mujeres para peinarse, arreglarse, el añadido “de noche” le da ese toque tan femeninoque explica su función principalponerse guapasen especial por la noches, para salir a pasear o a una fiesta.

Del contenido de esta cajame emociono la carta de mi abuela Antonia y lo que en ella había escritoEn especial sobre tres cosas: La referencia a la rebeca, esa prenda de punto sin cuello y abrochada por delante, que utilizo la actriz Joan Fontaine en la famosa películacon ese título y que tanto éxito tuvo en España, motivo por el que se puso ese nombre. El membrete de mi bisabuelo Carlos Valero, que al leerlo, sentí un impulso instintivo casi primario diría, de ir allía la calle Santa Rosalía. Al llegar a aquella casa tan vieja con un portalón de madera, observe que casualmente una de las ventanas estaba abierta, alcanzando a ver entre la oscuridadla fragua y el fogón donde se calentaban los hierros, para después sujetándolos con una tenaza y golpeándoles con un martillodarle forma, para hacer verjas, puertas, cercados…,quedaban cenizas, posiblemente las de la última vez que lo utilizo el Tío Valero su hijo, y me lo imaginecon un cigarro medio apagado en la comisura de los labios y su mal genio habitual, dándole martillazos a un hierro incandescente. Él fue, el único que siguió el oficio de “Ferre”. Y sobre todo las emotivas palabras dirigidas a Lucrecia, su querida amiga.

A los pocos días de leer la carta me la lleve al ir a visitar a su hija Rosalíaque aún vive. Estaba sentada en un gran sillón, como una reina, y llevaba puesta cubriendo su frágil cuerpo, una toquilla, esa prenda tan calentita que suelen utilizar las mujeres mayores. Le leí la carta y no pudo evitar llorar, pero de alegría al volver a su afortunadamente buena memoria, los gratos momentos felices que paso junto a su madre, al lado de mi abuela.

  Evocaciones muy personales, que al recordarlas, tanto nos ayudan a vivir. 

1 COMENTARIO

  1. amigo Francisco, la calle de la que hablas fue la calle de mi infancia en la década de los años 60… y recuerdo la finca de la que hablas… cerca había un lavador.. de «La Senet», la acequia que cruzaba Santa Rosalía, y en la esquina con san Roque una especie de taberna… son recuerdos lejanos y difusos que me alegra compartir; saludos

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