Art. de opinión de Francisco Penalva Aracil

LA FERIA Y LOS VIAJES

Al repasar mis fotos antiguas, en una de ellas me veo sentado encima del muro de piedra del puente de la carretera de la Estación, el de los once ojos; e imagino en estos momentos su Feria de San Pascual, para nosotros los noveldenses la más autentica.

Recobrando en la memoria esa visión lejana, de ver pasar por la puerta de la casa de mis abuelos en la calle Dos de Mayo, a gente que subía a la fiesta: Cuadrillas de amigos vestidos todos de la misma forma. Familias enteras de mujeres con los labios bien pintados y con una flor en el moño cargadas con cestas de mimbre llenas de comida, y los hombres sujetando en sus manos a las de los niños, deseosos de llegar.

También algún carro que otro, -repleto de personas risueñas y alegres- decorado con banderitas y un enorme sombrero de paja en la cabeza de la mula que los llevaba. Y verlos al anochecer volver hacia el pueblo, con garrotes de madera, pajaritas y lazos en la cabeza, y los niños aun corriendo, sujetando en sus manos una caña, en cuyo extremo giraba en remolino un papel de colores.

La fiesta como siempre estaba en la calle, la vivíamos, deseando que llegara pronto el domingo, y nuestros padres nos llevaran a verla. Feria que siempre ha tenido el atractivo de poder volver a recuperar aquellos tiempos tan divertidos.
En realidad vamos a ella, queriendo no perder el contacto, la relación, con lo que tanto nos gustaba: Como subir a “La roeta dels caballes”, hacer puntería en las casetas de tiro, ligar con las chicas en los coches de choque. Atracciones con la que en ocasiones nos conformábamos solo con mirar como la gente lo pasaba bien al igual que hacemos ahora ya mayores, que nos limitamos a subir con nuestros hijos o nietos, al tren de la bruja, y “pega la volteta”, observando lo que aun queda de aquella Feria que cada uno lleva dentro a su manera; comprando al bajar, turrón, almendras garrapiñadas, “castañes pilonges”, y para los chiquillos martillos y chupetes de caramelo.

Pero ir a la Estación, es también, acercarte a sus vías y ver pasar por ellas un tren largo y ruidoso que desaparece tras una montaña, camino de Madrid, a más de uno nos hubiese gustado subir a lo alto de la misma, esperando ver desde allí, la ciudad tan soñada: sus monumentos, grandes avenidas, y extensos jardines. Y trasladar al mismo tiempo, la vista hacia la lejanía, esperando llegadas de personas y deseos que nunca aparecieron.

Antes de terminar el artículo quiero tener un cariñoso recuerdo a todos los feriantes que han traído la alegría a lo largo de los años, que con voluntad de no faltar, han venido con sus atracciones, barracas y familia. Se merecen un monumento, por su empeño a base de sacrificios de estar todos los años aquí, pese a las adversidades de una vida ambulante pero que ellos no quieren dejar, lo llevan en la sangre, pues la mayoría lo hacen por tradición de padres a hijos. En realidad les pasa lo mismo que a nosotros, que no queremos dejar de venir a pasar aunque sea unas horas, en esta Feria de gente risueña y divertida, momentos de felicidad.

PD: Este artículo que publique hace años en la revista del Barrio, quiero que sea un homenaje en esta semana de fiestas en honor a San Pascual, a los “estacioneros” y a todos los que suben a verla y disfrutar de ella.

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