Art. de opinión de Francisco Sánchez (Director de la Universidad CEU de Elche)

Tengo miedo

Tengo miedo. Como cristiano tengo miedo a muchas cosas. Y no lo puedo evitar. Y me atenaza como si fuese consustancial a mi fe cristiana. No tengo esas convicciones modernas donde el mal está fuera, y es malo malísimo. No sé si es más miedo que respeto, o más inseguridad que luz. Pero en esa zozobra anda mi cristianismo. No es una postura. Creo que temo fracasar en aquellas cosas en las que los cristianos no podemos fallar.

Tengo miedo a toda esa gente que amparándose en el cristianismo juzga a los demás. Que no es capaz de ponerse en posición de misericordia, que es la única del verdadero perdón. Tengo miedo a todos esos neo cristianismos que caminan con soflamas perdedoras ante una realidad, la cristiana, que si por algo me encanta, es por su alegría y verdad. Tengo miedo ante unas «manifestaciones» cristianas que piensan en salvarnos, cuando yo me quiero salvar con mis acciones y no con mis rodillazos en lugares públicos.

Tengo miedo a que el rezo, que debiera ser interior y profundamente respetuoso con los demás, se convierta en un ejercicio gimnástico de redundancia y protocolo. Tengo miedo a todas esas eclosiones públicas de enaltecimiento de la grey cristiana, cuando mi fe me sumerge cada vez más en reclamarme una vida intensa pero interna, donde lo exterior es mero instrumento folclórico si ahí se queda.

Tengo miedo al fanatismo religioso porque si algo ha de decir, ésta mi religión, es precisamente la antítesis de ese comportamiento sectario y retrógrado. Tengo miedo a que se justifiquen posiciones violentas con párrafos aislados de textos seleccionados. La violencia física, y también la intelectual, es la enemiga del amor cristiano. Tengo miedo a tanto arribista llegados a «arreglar este mundo enfermo», cuando los enfermos, por falta de compasión y amor, son ellos.

Tengo miedo a una estructura tan jerárquica como ineficaz en elevar lo absoluto. Tengo miedo a que piensen por mí. A que me digan la diferencia entre el mal y el bien como si mi familia cristiana, y millones de familias, no nos estuviesen educando en hacer el bien, sin necesidad de «órdenes» venidas de mandamases. Tengo miedo a ejercer mi libertad que es un don de Dios, de ese Dios que hoy resucita por ti, por mi y por todos los creyentes y no creyentes. Tengo miedo a los que piensan con desprecio de mis hermanos alejados de la fe. Como si precisamente su alejamiento no fuese causa de mayor implicación, respeto y amor del que se les aplica.

Tengo miedo a levantarme una mañana con el dolor de haber dejado tirada a alguna persona por puro egoísmo. Tengo miedo al ver a tantos sinvergüenzas que se llaman cristianos, y que en esta crisis se están comportando como aquel diablo al que evocan cuando se dirigen a los que no creen como ellos. Tengo miedo a esos carroñeros capaces de arrojar a una familia del sacrosanto hogar familiar para cumplir con su «objetivo empresarial» mientras se acomodan plácidamente en el reclinatorio de su Virgen preferida. Tengo miedo a una economía que cuando se tuercen las cosas beneficia al poderoso y maltrata al pobre.

Tengo miedo a unos políticos capaces de implantar dos justicias; una para pobres y una para ricos. Porque a los poderosos siempre les acompaña algún político. Tengo miedo a que perdonar a los terroristas signifique no impartir justicia y dejar tiradas a las víctimas para encerrarlas en su pequeño altar de fotos y recuerdos.

Tengo miedo porque tengo esperanza. Y gracias a esa esperanza mi miedo se desvanece en fortaleza. Porque esos miedos siempre van a aparecer, necesito reforzar mi fe cristiana para no caer en aquello que me aleja del mensaje que Jesús, hoy resucitado, remarca con claridad. No hay miedos si dejas de juzgar. No hay miedos si ves a cualquier persona como tu hermana.

Porque la dignidad personal no se puede administrar a tu antojo o por sus actos, por muy indignos que nos parezcan. No hay miedo cuando te levantas cada mañana pensando en sembrar amor para recoger lo mismo. Y como sé que tengo miedo, no voy a perder un solo minuto en esclarecer el mal, ya que prefiero construir el bien, que es más sencillo y desgasta menos. La esperanza es tener menos miedo. Y ese es un mensaje cristiano, no mío.

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3 COMENTARIOS

  1. Merece aplauso este profesor por sus palabras. Me gustan y las resumo (o es lo que yo alcanzo a comprender de ellas) sobre la sinceridad, el amor al prójimo o la hipocresía de los que rezan pero perjudican a su alrededor en estre breve comentario mío: «Estos, los políticos y otros, predican repartir el pan, pero con trigo ajeno.»

  2. Escribe San Juan: qui autem timet, non est perfectus in charitate» (el que tiene miedo, no sabe querer). Para quienes tienen miedo a la Cruz del Salvador, escribe Santa Teresa: «si cuando llega la Cruz, tienes miedo, no acabas la carrera».

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