Art. de opinión de Claudio Rizo Aldeguer

Claudio Rizo

OTRA REALIDAD

La mañana desparramó sus esencias sobre la cama de Laura…

Tendida, oculta en esa oscuridad que proporciona refugio y guarida, Laura cantaba para sí las canciones que de pequeña escuchaba a su madre mientras se hacía la remolona acurrucando su cabecita en su vientre creador y mágico, y sus cabellos, negros y lacios, describían remolinos indomeñables al contacto de la mano materna.

Para Laura, mamá era un ser extraño, casi mitológico, a caballo entro lo real y lo imaginario…

Ya mayor, Laura la veía zambullirse en las livianas aguas de una piscina pública, con sus pretendidos treinta y pocos años y su estilizada figura de atleta retirada que aún conserva la frescura de las formas. Mamá se veía a sí misma como una brisa fresca en los hastíos veraniegos, un arco iris en plena demostración de su poder, de su esplendor, un regalo a los curiosos ojos masculinos que, agradecidos, la piropeaban en busca de proyectos siempre truncados. No dudaba de ser así.

Al salir de agua, se rociaba en cremas de intensos olores y se tumbaba al lado de su hija Laura. Entonces, los perpendiculares fogonazos solares las sumían en un estado de semiinconsciencia, en un agradable impasse y se dejaban llevar ambas por los efectos narcóticos del calor. Esa parte no revelada de nosotros, la que descansa en algún alejado lugar de la memoria y la reflexión, actuaba a trompicones, emergiendo lentamente a través de los labios de mamá, que se hacían, de pronto, inesperadamente confidentes. Y hablaba, dejando caer palabras e ideas sin orden ni sentido. Laura la escuchaba con arrobo, superpuesta a la canícula que aquellos veranos, para más tarde entornar sus ojos con cierto gesto de indiferencia.

– Laura, me siento hermosa, realmente hermosa… ¿Te has fijado en esos hombres? No dejan de mirarme… Piensan que no me doy cuenta, que voy a lo mío… Pero los veo, allí, escondidos, agazapados en sus cobardes sombras y levantando sus cabezas con disimulo por encima de los cuerpos de sus mujeres. ¡Menudos son…! ¿Mira aquel gordinflón, Laura? Vaya sinvergüenza.

– Sí mamá –contestó la hija-. Hay que ver, todos los días igual. Menos mal que yo soy aún una chiquilla y en mí no se fijan –dijo en voz alta a sus treinta y pocos años, acompañando una enorme risotada.

– Si alguno de esos desgraciados te mirase, ¡me lo meriendo!, zanjó mamá.

De pronto la madre se incorporó como un muelle que hubiera estado aprisionado entre dos piedras durante horas, y miró fijamente a Laura. Sus ojos eran bolas de fuego, más intensos que las llamas que pendían del liso cielo. La aparente tranquilidad de mamá había sido sacudida por el golpe emocional de la conversación. Y se dio con más intensidad al habla…

– Ven, Laura –dijo con firmeza, mientras clavaba su mirada en el rostro asustado de su pequeña-. Te voy a confesar algo, algo muy importante, pero… –miró al gordinflón de la otra parte para comprobar que no la escuchaba-, pero me tienes que prometer que no se lo contarás a nadie. Nunca. ¿Entendido?

– Claro, mamá. A mí puedes decirme lo que quieras… Ya lo sabes –respondió, la hija, no del todo acostumbrada a esas situaciones.

– En este jardín precioso y lleno de flores en el que estamos –dijo mirando a bañantes y ociosos- había en tiempo de guerra un hospital. Era inmenso. Tenía muchísimas salas, en tonos blancos y hondos –volvió a asegurarse de que nadie más que su hija escuchaba-, sí, como los de ese túnel que dicen se aparece mientras mueres, ¿sabes? –terminó la frase casi en susurros ante el miedo a ser detenida por alguna supuesta autoridad-. En este hospital recibíamos a los heridos y a los enfermos de guerra y tratábamos de cuidarlos y recuperarlos para la línea de fuego. Pues aquí, Laura –apretó aún más sus manos que sudaban por la fricción y el creciente calor que ya incomodaba- conocí a tu padre: un hombre gallardo que vino a rescatarme, que vino, alegando una enfermedad que nunca tuvo, para llevarme en su caballo por mágicos lugares, esos que ni en sueños serías capaz de imaginar. Me enamoré en cuanto lo vi. No sabes qué felices fuimos por mundos de novela, recorriendo territorios que se encontraban en las estrellas, esas estrellitas que por la noche guían a los barcos despistados, a los niños perdidos, a las musas faltas de creatividad… Me hacía sentir una princesa al galope sobre un elegante corcel, agarrada al cuerpo de su príncipe trovador y misterioso.

Laura notó entonces que mamá languidecía, apagándose como la llama de una vela, que su cara, antes enhiesta y tensa, se relajaba, se arrugaba, se entristecía, se cansaba. Y sintió, otra vez, ese estado de impotencia y angustia que sobreviene cuando el agua tapona las salidas, cuando la falta de aire atora los sentidos; cuando todo pesa demasiado.

Se levantó y cogió a su anciana mamá, dándole un beso en la mejilla, caluroso y emotivo como el que, entre desvaríos, le dedicaba su apuesto y valiente príncipe al galope saltando entre mundos en su imaginación. Y volvieron a casa.

Laura, a la penumbra de los cuidados; mamá, a su feliz locura de gestas imposibles…

5 COMENTARIOS

  1. Precioso relato Claudio, no sé si forma parte de algún capítulo de una novela (podría serlo perfectamente), ni tampoco si lo incluyes como artículo de opinión por algún motivo especial y concreto. Pero en cualquier caso es de agradecer que se puedan leer textos con esta calidad y riqueza, y cada uno que extraiga de él lo que estime oportuno o le pueda sugerir…. Gracias.

  2. Bonito relato, pero no encuentro qué quiere comunicar. Se ve que lo mío son las historias de personas reales, no imaginarias. Así es que, Claudio, en otra ocasión, háblanos de alguien vivito y coleando, como la gitaña pedigüeña de la Montañeta, como hace pocos días; aquello sí me gustó, pues yo también he aparcado allí. Gracias.

  3. Claudio, tienes una habilidad innata cuando escribes y describes distintas situaciones , me llevas a adentrarme en tu terreno y a necesitar más, y a eso en mi pueblo se le llama tener tablas de escritor, por tanto échate al ruedo de una vez y termina ya la novela, pues como ya te hemos dicho en alguna ocasión tanto luis Beresaluze y yo he ratificado ¡¡QUE BIEN ESCRIBES PUÑETERO !!

    Un abrazo.

  4. Es cierto, Claudio, escribes demasiado bien. No me canso de leerte. Todo lo que escribes me sabe a poco. ¡ Qué eminencia de hombre!!
    Por qué no escribes un poquito más a menudo….disfruto tanto…Me recuerdas a un escritor que me chifla . Su nombre de pila es….Claudio!!!!

    No hace mucho, por otro medio dije : «No veréis mi nombre en las nubes de un cielo encapotado, solo en la arena, en la arena lo veréis grabado».

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