Art. de opinión de Luis Beresaluze Galbis

HISTORIA VERDE

Verde metalizado, mejor dicho. De hoja pequeña, acuchillada, lanceolada, envuelta, casi tubular, como alargados rectangulitos nada foliares en el sentido ovoidal de la mayor parte de las hojas en el reino vegetal.

Me refiero a las del generoso olivo,
ese amigo nuestro de casi antes de la constancia histórica, cronista viejísimo de miles de amaneceres, efeméride de si mismo, cada nuevo e increíble día, testimonio veraz, de hoja perenne, del paso lentísimo y vario, unas veces atemperado y otras violento, de los sucesos meteóricos y humanos del devenir en curso.

El olivo, esa reliquia mediterránea que conservamos en nuestro ilustrísimo Levante con ejemplares vivos de hasta mas de tres mil años. De cuando no éramos fenicios, ni griegos, ni romanos, ni, mucho menos, árabes. Mas viejos que Cristo, mucho mas viejos que un nacimiento que da lugar a las eras que luego llamaremos europeas y civilizadas. Olivos, oliveras (ya trataremos del género), de a.C. como se consigna en las dataciones históricas. Casi prehistóricos, que ya es decir. De cuando en nuestras tierras solo había iberos, gentes del Ebro. Hombres que, que con imaginación providencial y a partir del acebuche silvestre, “ullastre” en el valenciano de ya entonces, con sucesivos e imaginativos injertos perfeccionadores, dieron con esta variedad de “la Farga”, de la que obtendrían, ellos y sus descendientes, por tiempo inmemorial, alimento, medicina, leña, pasto para sus cabras, sombra para su calor, fuego para sus fríos y luz para sus tinieblas. Emblema heráldico de la mas rancia aristocracia vegetal.

Sentirse ante uno de estos ejemplares es un placer exclusivo reservado a los hombres de esta tierra. Tocarlo con las manos ansiosas de eternidad es un placer de dioses. Solo en honor de los dioses puede concentrarse el tiempo en unidades de este porte. Y dormir una siesta bajo su imperial sombra intemporal, te hace vecino de aquellos pobladores de estos lares ilustres, conservadores de esta reliquia patrimonial al margen del tiempo. Sentirse ante una de estas catedrales vivas, fabricantes de oxigeno desde nuestras mas viejas dataciones posibles, ya viejas cuando nos visitan los primeros fenicios, sabias cuando los griegos, recias cuando los romanos, testigos desde prácticamente ayer, de la morisca arquitectura del agua en las acequias y de las carreras de aquel Cid que ha dado apellido a varias de nuestras ciudades. Cuando el Cid cabalgaba junto a estas instituciones de producción y subsistencia (si no hubiésemos sido muy pobres no se habrían conservado como sostén y despensa alimentaria y energética de unas economías muy frágiles), garantía de tanto presente y futuro.

El olivo es una implantación de eternidad en el horizonte de nuestros espacios tan próximos y leves. Quien cuida de un olivo trabaja en su historia personal, honra a sus antepasados, que de él se beneficiaron, en cadenas genéticas que llevan hasta casi Adán y Eva. Por lo menos a unos cuatro mil años en la que parece Mesopotamia original.

Árbol de los árboles.
Fábrica de aceite para alimento y tonificación del cuerpo y de óleo santo que lava y purifica el alma. Árbol de Dios. Dios hecho árbol. “Por años sin cuento”, como dice la Biblia. Ramas ingentes para el lar hogareño y vencimiento del frío. Alimento siempre fresco para el mínimo ganado doméstico. Ramas para acompañar al joven Cristo, mucho mas joven que alguno de ellos, cuando una de las semanas del año se hace Santa. El huerto mismo en que Dios se hizo alimento para sus amigos, se llamaba de los olivos. Y quien sabe sin no era también de olivo, la madera de la cruz. Yo creo que si.

Árboles milenarios y mas que trimilenarios. Aunque solo fuera por haberos dado espacio y horizonte, además de atención y cuidado, merecerían nuestros hombres ser ibéricos de excepción. Honorables y honrados.

Yo amo la palmera. Me enamoro del almendro, despistado y precoz anticipador peligroso de primaveras que aún no tocan. Pero ante el olivo, me pongo de rodillas y me parece que lo hago con cientos de generaciones de antepasados, que respiraron su oxígeno, consumieron su aceite, se calentaron con su fuego y se alumbraron con sus óleos. Cuando no había energía eléctrica disponible ni se había inventado el cirio de cera. Cuanta humanidad bajo tu copa, amigo olivo, dios arbóreo. Yo te soy tributario, como hombre mediterráneo, como valenciano alicantino, como ibero superviviente, luego fenicio, cartaginés, griego, romano y moro. Como español levantino que te debe mucha de su entidad social y personal.

Si no hubiera habido olivos, seriamos de otra manera. Y sentiríamos de otro modo. Árbol santo. Árbol sagrado. Honor de Cristo. Alimenticio, acogedor, sanador refrescante en la siesta y confortable en le inclemencia. Árbol que en mitad del campo pareces una porción de Biblia puesta de pie, para siempre, por los siglos de los siglos, como un patriarca verde metálico excluido de las edades.

Tocar tu tronco deformado, retorcido, enormemente recio y aparatoso, es acariciar una de las pieles de Dios, disfrazado de tiempo, oliendo a siglos encadenados por una circulación infinita de savias. Millones de lluvias, nubes, nieblas, nieves, avenidas torrenciales, soles abrasadores, anillados en tu singularidad arbórea excepcional. Y por si fuera poco, nada tan bello, tan fuerte e imponentemente bello. Porque lo que eres olivo, por encima de todo, es un hontanar de belleza revestido de gracia.

Olivo macho. Olivera hembra. Las dos naturalezas te cuadran, maravilla de árbol. Padre fortísimo y protector y madre amantísima y próvida. Y, además, así te llamaron los valencianos, esa gente especialista en ti, en crearte y conservarte. Yo acepto las dos formas. Ambas te cuadran con parejo sentido de linaje gramatical y humano. Bendito seas, gran hermano verde, al que tanto debemos…

6 COMENTARIOS

  1. Una de las cosas que más admiro de tí, Luis, es tu facilidad de convertir en bello todo lo que tocas con tu pluma, con tu palabra.

    Hoy nos toca el olivo, esa reliquia mediterránea, dices. Mediterránea y, sobre todo, de mi querida Andalucía, que la quiero como mía. Sin renunciar a mis ya profundas raíces, admiro y quiero la tierra andaluza. Allí, en la carretera, huele a aceite. Aquí es más decorativo que madre de la aceituna, la que nos da el aceite, esa fuente de salud. Aquí es hermosa, allí, además, efectiva y productora de mucha riqueza.

    Pero, aquí o allí, es un árbol hermoso. Y si no, pregunta lo que vale un olivo para reimplantarlo en un chalet como árbol decorativo, que encima lo es.

    De todas formas, allí o aquí, mediterráneo, sólo quería constatar mi amor por Andalucía.

  2. Sr Galbis tendria que universal mente declarar al olivo el rey de los arboles,por toda la riqueza historica que carga…

  3. Los olivos guardan silencio, echan raices en la tierra seca y callada del sur disfrutando del clima templado que tanto les gusta mientras ven pasar la historia ante sus ojos,son testigos mudos de culturas y civilizaciones, de grandes y pequeñas batallas, de los cambios que revolucionaron el mundo.
    Los olivos son como dioses eternamente vivos, provistos de una longevidad sin precedentes, se autogeneran para sobrevivir creando nuevos brotes terminales en sus ramas que les acercan a la inmortalidad. Son los símbolos vivientes de la fertilidad, la paz y la abundancia,un patrimonio histórico y monumental digno de conservar.
    Este árbol forma parte de la cultura mediterránea,es su esencia,la que nos identifica ,fue cultivado y expandido durante las épocas en que se originaron aquellas culturas que sembraron los pueblos mediterráneos. Hunde sus raices en la propia Biblia, testigo del propio Jesús y de su dolor y angustia ante la muerte.
    Los olivos se muestran como esos venerables ancianos de nuestro paisaje rural y ahora también de nuestras cotidianas rotondas urbanas, esos árboles de tronco retorcido y nudoso que llevan en su piel las cicatrices del paso del tiempo , que nos hablan del pasado y han venido manchando nuestras manos de aceitunas durante siglos.
    Como decía nuestro poeta terruño Miguel Hernández ! ni los levantó la nada,ni el dinero ni el señor, sino la tierra callada,el trabajo y el sudor».

    Excelente tributo literario al árbol de los árboles Sr Galbis. Un cordial saludo

  4. Un homenaje al olivo precioso y lleno de matices, literarios y sentimentales; de aristas nuevas, de pasadizos invisibles, inescrutados y de difícil acceso para la mayoría de nosotros… y con ciertos pasajes líricos sobresalientes y emotivos.
    Creas belleza al escribir, Luis. Le das empaque, señorío y brillo a aquello que tocas. Lo que sea. Ese es tu cuño de gran escritor.
    Un jugoso texto para este sábado que he disfrutado; no sabes cuánto.
    Gracias y feliz día.

  5. Tu uso de las palabras consiguen darle vida y movimiento, a todo lo que tocas, aunque tengan su propia vida y su propio movimiento, tu las realzas, le das una nueva dimensión, una nueva anchura de posibilidades, enriqueces las cosas.

    Los olivos están en nuestro pasado, en nuestro presente y espero que sigan siendo testigos de futuras historias de la vida. Ha sido un árbol que ha presenciado acontecimientos trascendentales de la historia, Jesús de Nazaret fue recibido en Jerusalén con ramas de olivo y más tarde fue prendido en el huerto de los olivos, testigos estos de sus vivencias dulces y también trágicas. Estos árboles milenarios, testigos de tantas cosas, me recuerdan a nuestro entrañable Santo, que primero era Juan de Yepes, después tomo el nombre de Juan de Santo Matías, y definitivamente el de San Juan de La Cruz, toda su vida discurrió entre olivos de Castilla y Andalucía, y esta se la entregó a “Su Amado” en un ciudad rodeada de olivos, Ubeda, allí pronunciaría, seguro, sus últimas palabras, “Ahora viviré, por que muero”

    Un saludo afectuoso.

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