Art. de opinión de Jesús Navarro Alberola

PIEL DE TERCIOPELO

Amanece en el Camino de Santiago. Pero antes de que el sol aparezca, la luna ilumina el camino, y es entonces cuando el cielo y la tierra se ven más unidos que nunca. En la oscuridad, cualquier piedra parece una estrella y cualquier estrella parece una piedra. Tú no eres más que un pequeño punto en medio del infinito y del mundo que pisas, un mundo que a veces nos parece tan grande y tan importante, pero que en el fondo no es más que un pequeño grano de arena en una gran playa. Y a medida que la luz alumbra el camino, en tu mente se repiten las frases que te quieres tatuar de por vida:

«Escuchar más a la gente», «hablar menos», «ser más humilde», «ayudar al que lo está pasando mal», «ser menos egoísta»… Todo va entrando poco a poco, paso a paso, con la esperanza de que no salga nunca y a la vuelta del camino seas mejor persona.

Cantaba Antonio Vega: «Hoy soy de aquí, de donde piso.» En el tiempo que dura tu propio Camino de Santiago, todo cambia. He hecho este mismo camino durante muchos años, he pisado estas mismas piedras, he mirado estos mismos árboles, he descansado en estos mismos lugares, y todo me es diferente cada vez: las piedras, los árboles, los lugares… yo mismo.

El camino, como el amor, se hace paso a paso. Y al igual que en el amor, el camino también tiene sus días duros, sus días de viento y lluvia, de aire frío, de cansancio en las piernas y miradas caídas, de hombros gastados por el peso en la espalda; pero lo importante es la suma de los buenos momentos y, ante todo, el final del trayecto.

Sin embargo, el amor, el verdadero amor, el que eriza la piel y aún sonroja a pesar de los años, no termina: acaricia con fuerza el puño de los amantes, está presente en las miradas y en las sonrisas cómplices y en esas respiraciones acompasadas y simétricas que parecen un solo corazón latiendo al unísono por siempre.

El Camino de Santiago, al igual que esa amada que es nuestra compañera de viaje, es a veces duro como papel de lija, pero acaba siendo siempre, como nos sigue susurrando al oído Antonio Vega, «piel de terciopelo que cubre a mis pies el mundo entero».
Álvaro Cunqueiro, autor gallego que impulsó la recuperación del Camino de Santiago original, escribió que ese camino lo «hicieron santos, reyes y reinas, y mucha gente humilde, de las Europas, artesana y campesina, con sus pecados y sus esperanzas…» Con sus pecados y sus esperanzas, y yo añadiría también con sus motivaciones. Cada cual inicia el camino por un motivo, no sólo el religioso. El conocimiento interior es lo básico y común a todos los peregrinos. Ya vayas tú solo o en un grupo numeroso, cuando llega la puesta de sol y toca descansar, rodeado de la naturaleza inmensa del camino francés, vuelves a estar contigo mismo.

Esas noches vuelve a sonar esa canción de Antonio Vega: «Aquel mi hogar de cualquier sitio, hoy soy de aquí, de donde piso, piel de terciopelo que cubre a mis pies el mundo entero…» Mañana no sé dónde estaré, pero sé a ciencia cierta que tendré un propósito, un punto al que llegar, una sonrisa que ofrecer, un beso que dar, un gracias que decir y todo el amor de la gente que me quiere y me acompaña en este que es mi viaje por la vida.

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