La partera (VI)

Artículo de opinión de José Fernando Martínez, «Charly».

Epílogo

Querida bisabuela: 

Sé que no obtendré respuesta, pero tengo tantas preguntas que me gustaría hacerte…

Siento comunicarte que, contradiciendo a tu voluntad de ser olvidada para siempre, te he resucitado y ahora estás en el alma de muchas personas. Échale la culpa a tu amigo el farmacéutico.

Ten en cuenta que tus genes han llegado a mí a través de tu nieto Antonio y me han dejado tus ojos, tu pelo y tu habla, según él. Y mi perfil es como el de tu hijo José Fernando. 

Tu legado, como referente de voluntad férrea y luchadora,  es muy importante para nosotros y nuestros descendientes. Y ahora también para mucha gente que ha leído tu historia. Es posible que tu granito de arena mejore esta playa que llamamos mundo y le aporte algo de cordura a tanta sin razón. 

No hay imaginación capaz de comprender el dolor que tuviste que soportar, pero todos los humanos no son como aquellos que te hicieron tanto daño. El mundo necesita más gente como tú. O por lo menos conocer tu historia. 

Me alegra mucho que educaras a mi padre en valores tan adelantados,  incluso para nuestros tiempos (te escribo desde el siglo XIX). Esa semilla ha llegado a mí y la riego, abono y anhelo verla crecer en mí para que pase a otras generaciones. Y de este modo puede que seamos más los que no queremos que se repitan los errores del pasado. 

En los momentos difíciles de mi vida, siempre te he tenido presente. Le das valor a mi bandera, eres mi insignia y mi lema. Me habría gustado heredar tu memoria y tu fuerte determinación por hacer posible lo imposible, pero me conformo con lo que me ha llegado y me ha hecho feliz.

Fue una pena que no consiguieras que mi padre estudiara medicina. La madre de tu nieto se empeñó en que se hiciera cura. Por suerte, unos días antes de que cantara misa en latín, lo dejó. De no ser así no podría escribirte esta carta, obviamente. Te tengo que dar la alegría de que mis hijas sí han seguido tus pasos, y ambas estudiaron disciplinas relacionadas con la medicina.  

Tu nieto Antonio se conserva muy bien y lúcido con sus 90 años, sigue siendo mordaz y acertado como toda la vida. Él es el culpable de que conozca tus anécdotas. Ha sido un padre que hablaba mucho con su hijo y, gracias a lo mucho que leía y a la educación que le diste, sus consejos han sido siempre muy útiles y determinantes a lo largo de mi vida. 

Fue una gran suerte que aficionaras a mi padre a la lectura desde muy joven. Recuerda cuando se leyó el Quijote tres veces seguidas cuando tenía 12 años. A tal punto llegó su obsesión que ya hablaba en castellano antiguo y un día le dijiste: “Antoñito, no hablas, fablas”.

Por tu culpa, desde muy niño, borré de mi vocabulario la expresión “me aburro”. Siempre escuchaba tu voz a través de la de mi padre diciendo: “Aburrirse es convertirse en burro”. Cómo me gustaría que aparecieras en alguna de mis clases del instituto, como un fantasma de Dickens, y les dijeras un par de cosas a mis alumnos. Bueno, en cierto modo sí estás en mis clases, porque muchos de los consejos que les doy me han llegado de ti. 

Qué pena que quemaras todas las fotos y escritos. Solo las palabras me unen a ti y solo ellas me ayudan a reconstruir tu imagen. 

Nunca olvidaré cómo hiciste para que dejara de fumar mi padre cuando tenía 18. Te lo llevaste medio engañado para que te ayudara en la autopsia de un fumador. Y lo dejaste inmovilizado al plantarle ese par de pulmones delante de su cara y le dijiste “estos son los pulmones de un fumador”. Ya no volvió a fumar jamás. 

Recuerdo lo que me contó sobre tu caligrafía. En una ocasión una paciente volvió con una receta y le dijo que Don Alberto, el farmacéutico, no entendía lo que había escrito; y tú le contestaste que si él no lo entendía, cómo quería que lo  entendiera ella. A mí también me pasa, debería retomar la caligrafía. Las prisas y el estrés no son buen papel para la caligrafía. 

También he sabido de las clases de educación sexual que le dabas a mi padre en aquella España reprimida, y de las que no voy a dar detalles porque más de uno se escandalizaría, incluso hoy en día. 

Aquellos que han leído tus historias quieren saber más. Les ha gustado mucho, en especial a las mujeres: ellas mejor que nadie entienden y valoran el heroísmo de tu vida y hechos. A algunos les gustaría que novelase tu vida. ¿Cómo podría ficcionar sobre ti  cuando tu vida supera toda ficción? Es trágico que borraras tu profunda huella en este mundo. Pero empatizo y te comprendo. No sé lo que habría hecho yo en tu lugar. 

Te quiero y siempre te llevaré conmigo

José Fernando

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2 COMENTARIOS

  1. A propósito, yo también tengo algo que contar acerca de los males del tabaco. Nunca fui fumador, pero recuerdo que en mi niñez fui en ocasiones a comprar tabaco al estanco para mi padre, que tendría en Abril de este año 112 años. Yo, con casi 73 años, fue el cuarto y último de sus hijos. Me enviaba a comprar el tabaco, a escondidas de mi madre que siempre le protestaba que fumase «como una chimenea» (recuerdo perfectamente; dos paquetes de Ideales costaban tres pesetas). Según él me contó, comenzó a fumar con 9 años, a escondidas de mi abuelo Félix, a quien no conocí. Al llegar a los 80 años, el médico logró convencerle sobre el riesgo del tabaco y le propuso dejarlo poco a poco de esta manera, que expongo por si le vale a algún fumador empedernido.
    Dos paquetes de cigarrillos (40 uds.) equivalen en 16 horas (menos las 8 horas de dormir), a un cigarrillo cada 10 minutos. Y el galeno le dijo que no se privara del cigarrillo, sino que aguantase algo de tiempo cuando se cumpliesen los 10 minutos desde el anterior; o sea, si pudiese aguantar hasta los 15 minutos y así reduciría algunos cigarrillos al día. Al cabo de una semana, sería capaz de aguantar tranquilamente 15 minutos sin fumar y se repetiría la acción, intentando aguantar hasta los 20 minutos por cigarrillo… Y así sucesivamente, hasta que al cabo de un año o poco más, apenas encienda un cigarrillo, al poco lo tiraría sin apenas empezarlo. Y así fue.
    Y mi padre falleció pocos días después de cumplir los 93 años. Esta historia la he contado, o aconsejado, a algunos fumadores y responden siempre que el tabaco de entonces no era tan malo como el de ahora. Y les contesto que de niño, siempre oí que el tabaco es malo para los niños. Luego, sin ser un experto en tabaco, siempre ha sido malo tanto para el niño como para el adulto.
    Que cada cual extraiga su conclusión.

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