«LAS MACROGRANJAS APESTAN». Opinión de José Manuel Cremades, Guanyar Novelda

La reacción furibunda de la Industria Cárnica a las declaraciones del ministro de Consumo sobre los procedimientos en las macrogranjas en comparación con los de la ganadería tradicional, revela como funcionan los grupos de presión económicos, como influyen en los responsables políticos y como intentan comunicar sus mensajes a los medios de comunicación.

Habrá que agradecerles su falta de sutileza, sus mentiras descarnadas y la desvergüenza con la que exhiben sus conexiones. No necesitaremos ningún trabajo de investigación.

Vamos a recordar el listado de las consecuencias que implican estas instalaciones para los que viven cerca: pestilencia, trasiego de camiones, contaminación de acuíferos y suelos por nitratos y amoniaco, sin olvidar el aspecto ético del trato a los animales amontonados en espacios reducidos.

Aunque, deberíamos ahorrarnos la palabra “ética”, porque a ellos sólo les interesa ganar dinero.


Como tienen a las comunidades locales en contra, las macrogranjas intentan establecerse en los territorios donde haya menos oposición: las despobladas dos Castillas y Aragón. Y así se entiende que los tres presidentes autonómicos, uno del PP y dos del PSOE, se sintieron aludidos cuando Alberto Garzón señala esta obviedad en una entrevista con el corresponsal del periódico THE GUARDIAN.

La cascada de insultos ha sido proporcional a la desazón que produce el ver impresa una noticia que nadie quiere leer. Han defendido que la carne de las macrogranjas es comestible, como si el ministro lo hubiera puesto en duda. Obviamente se puede comer, pero tampoco hay que ser un genio para deducir que la producida por la ganadería tradicional es muchísimo mejor.


Además, el lobby cárnico y los que defienden las macrogranjas, afirman que tenemos que agradecerles disponer de una carne a bajo coste que permitirá su consumo a un mayor grupo de población. Es el mismo argumento del grupo de presión de los alimentos transgénicos que desde hace 30 años anda diciendo que van a acabar con el hambre en el mundo.


La reacción del PSOE tampoco es sorprendente. Cuando hay que mojarse o elegir bando prefieren ponerse de perfil evitando chocar con los poderosos lobbies, sea la Banca, Empresas Energéticas y ahora la Industria Cárnica.

Aparte de sentirse desolados por el hecho de que el ministro de Consumo haya puesto los puntos sobre las íes, repiten el mantra de su gran querencia por la ganadería como si el dueño de Argal o el Pozo fuera el típico ganadero.

La ministra de Transición Ecológica no tiene nada que decir sobre la contaminación de aguas y suelos y el de Agricultura y Ganadería se extraña de que el corresponsal de THE GUARDIAN no le preguntase a él en vez de Alberto Garzón. A ver, Luís Planas, ¿por qué será?

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