‘Parques y monumentos’. Artículo de opinión de Charly Rebel

«No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar»G.B. Shaw

Dejamos la casa de Marqués de La Romana para mudarme con mis padres al barrio de La Cruz en 1970. Habíamos comprado el tercer piso del primer bloque de los pisos de Mario. La calle se llamaba entonces Sirera y Dara, luego Carrero Blanco y ahora Joanot Martorell. El portal era el que estaba junto al estanco de Torreblanca. Yo dejaba atrás y para siempre a todos los amigos del barrio de San Roque. Para un niño de nueve años era como cambiarse de pueblo. Pronto hice nuevas amistades: Pepito Tauste y el Rubio. Nos pasábamos la vida jugando por los alrededores, que eran campo y bancales, y en la arena de la obras de los demás bloques. Había un descampado, junto a una autoescuela, en el que jugábamos al fútbol; y una acequia de tierra que, cuando llegaba llena, era un motivo para inventar juegos de agua y acabar mojados. En el bar Tarí teníamos una máquina de bolas, un duro dos partidas. La rambla también era un lugar de aventuras y exploración.

Mi madre tenía siempre la casa llena de aprendices de costura y clientas que venían a hacerse vestidos. Mi padre escuchaba ópera en su equipo de alta fidelidad que se podría oír en todo el barrio, cosa que se notó más cuando empecé a escuchar heavy metal. Soy responsable de los gustos musicales de muchos de los niños de entonces.

Recuerdo un par de perales y las cabañas que hacíamos aprovechando sus troncos y ramas. El día de San Juan hacíamos una gran hoguera, todo el mundo traía trastos viejos, como en la película Amarcord de Fellini, y recuerdo a Patas saltándola cuando ya estaba lo suficientemente baja, tras unas horas ardiendo.

También cogíamos cables que tiraban de las obras para quemarlos, quitarles el plástico y venderle el cobre al trapero. Al igual que los Kids of Copper de Vicente Albero, pero sin tanta miseria, claro. En fin, una infancia llena de aventuras que ya las quisieran los de la generación Play Station. Los de la Z o los de la Alpha.

 La Cruz, el Cementeri Vell, estaba llena de árboles en los que esconderse para jugar a policías y ladrones. Un día se nos ocurrió jugar con una pelota en la parte de arriba del monumento. Nos pescó alguien del Ayuntamiento y nos puso una multa de novecientas pesetas. Un dineral para la época. Le comenté a mi padre qué podría hacer para no tener que pagarla y me comentó que lo que se solía hacer era escribir al gobernador (estamos en época de Franco) solicitando que, por algún motivo de sentido común, se nos perdonara la multa. Pensat y fet, escribí una carta en una hoja a rayas que arranqué de un bloc del colegio (casi seguro que tenía faltas por mi dislexia y porque no la repasé) en la que explicaba al gobernador que en Novelda no había parques en condiciones para que jugaran los niños y que lo que podían hacer es construir menos monumentos y más parques.

Unas semanas más tarde, el gobernador nos perdonó la multa a todos los niños. Y luego me enteré que hubo muchas risas y sensación de ridículo en el Ayuntamiento cuando trascendió el hecho. El jefe de la OJE (yo era de la OJE entonces, para los que no lo sepáis, Organización de Jóvenes Españoles descendientes de las juventudes falangistas) le reprochó que me saltara el conducto reglamentario y no escribiera primero al alcalde. Yo le dije que no tenía ni idea de esos reglamentos, que yo era un niño que jugaba en la calle y nada más. No recuerdo que ninguno de los que se libraron de la multa me lo agradecieran personalmente, pero en esa época me daba igual y ahora también; ni siquiera tenía una idea bien formada de lo que era un agradecimiento, era un veterano niño de la calle del barrio de La Cruz.  

J. Fernando M. F. (Charly Rebel)

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