Art. de opinión de Manuel Sellés García (jubilado-pensionista)

¡¡Otra vez de nuevo la NAVIDAD!!

Otra vez el belén, el cordero, el pavo, el desearnos unas Felices Pascuas.
Aleluya por poder celebrarlo un año más. Señal de que vivimos.
Aleluya por ver otra vez más, la imagen de aquel niño en el pesebre. La imagen de aquel niño que de mayor, dio al ser humano una lección de amar al prójimo; aquella otra forma de amar que nada tiene que ver con el amor idílico que siente la pareja de nuevos novios, pero que significa no querer para el prójimo aquello que no quieres para ti, o, dicho de otro modo, “haz con los demás, aquello que desearías para ti” y que es sin duda la mejor forma de convivir.

Sería fantástico que tras el transcurso de las cuatro estaciones del año, afectados por el estado emocional que nos procuran cada una de ellas, nos diéramos cuenta de pequeños detalles que suceden en el acontecer de cada día. Detalles simples que tienen su importancia en la convivencia diaria entre los que formamos la sociedad civilizada. De esas pequeñas cosas que SUELEN PASAR DESAPERCIBIDAS o tal vez que no se les da importancia, pero que puestas en práctica nos pueden alegrar el alma; el espíritu.

Solemos ir a diario, por ejemplo, a la compra… al banco… a correos… al médico…
Nos encontramos con un ser humano al otro lado del mostrador; tal vez con un semblante alegre, tal vez con un semblante no agradable.
Con toda seguridad a todos nos desagradará un poquito que nos atiendan de forma apática y si a lo largo del día nos toca que tolerar a tres, lo soportaremos sin traumas, pero… ¿cuan amargo será para el que está todos los días al otro lado del mostrador y tiene que aguantar a 50 cada día? Seguro que no de muy buen humor y deseando acabar cuanto antes la jornada.
Es preciso comprender a esa persona y presentar nosotros nuestro mejor semblante. Tal vez con nuestro ejemplo incesante descubra lo bueno que es ello y se apunte a este ejercicio.

Solemos a diario, por ejemplo, circular por la calle a pié, o en la máquina de dos o cuatro ruedas.
Haciéndolo con la máquina y llegados al paso de peatones, en muchas ocasiones ¡Y! si ESTAMOS PENDIENTES, (como es la obligación del conductor) encontraremos personas que pretenden o están esperando para cruzar por ese lugar en el que tienen preferencia, pero que dada la inferioridad física, no se atreven siquiera a bajar un pié de la acera para mostrarnos su necesidad.
Es este uno de los tantísimos momentos de la vida en los que el hombre, el ser humano, debe esforzarse en estar pendiente del prójimo. De pensar que no está solo en el mundo. De pensar que el prójimo, también puede tener prisa para llegar a su destino, y sobre todo, SOBRE TODO, que allí, en ese lugar, es el peatón quien tiene la preferencia y hay que respetársela.

Cuando cumplimos nuestro deber y nos fijamos en el peatón que cruza, podemos observar que:
Algunos cruzan sin más. No pasa nada, en su derecho están y obligación de agradecer no tienen.
Otros, aunque no te miren, hacen un pequeño gesto con la mano como dándote las gracias.
Otros además de acelerar el paso, vuelven su rostro hacia el conductor y con un semblante alegre hacen un gesto con la cabeza para darte las gracias.
¡¡Fíjense que maravilla… dando las gracias por respetarles su derecho!!
Las actitudes positivas del peatón, fortalecen el espíritu del conductor y le animan a seguir con esa actitud de respeto; además de alegrarle el alma.
A su vez y debido a las actitudes positivas del conductor, el que entonces fue peatón adquiere la conciencia de lo bueno que fue cuando le respetaron su derecho y procurará, cuando circula con la máquina, comportarse del mismo modo que se comportaron con él en aquel momento. Y si no le dan las gracias, es igual, el conductor se sentirá satisfecho por la obra realizada.
Y ahondando más, es posible que el conductor que iba detrás del que se detuvo ante el paso de peatones, se de cuenta del detalle y tal vez cuando le toque a él, se anime con el ejemplo. Puede que necesite verse varias veces en ambas situaciones, es decir, conductor unas y peatón otras, pero al final madurará y dará fruto.

Debemos ponernos como una de nuestras metas, el cambiar un poquito para mejorar la convivencia con la familia y con la sociedad.
Puestos manos a la obra, se caerá muchas veces en la costumbre, no se cumplirán nuestros propósitos y se puede caer en el desanimo, pero con tesón se podrá triunfar contra la adversidad. Es cuestión de paciencia; de querer. Recordemos aquello de que “hace más el que quiere que el que puede”.
No basta con escuchar cualquier artículo o lección y reconocer que puede ser maravilloso; si no se hace nada, nada se avaza; nada se evoluciona.
Es preciso adquirir un compromiso personal consigo mismo.
Hacerse el propósito de empezar mañana es peligroso, por que a cada día le corresponde un mañana; mejor es pensar que mañana de ayer es hoy, y hoy toca.
Tampoco es eficiente intentar una gran hazaña porque con toda seguridad se fracasará.
Pequeños gestos van modificando sin trauma el alma; el espíritu, y con el paso del tiempo, casi sin darse cuenta se produce el milagro.

Ojala que tras el transcurso de las cuatro estaciones siguientes, podamos, cada vez que llega la Navidad decir:
Gracias a acordarme en algunas ocasiones de ese niño del pesebre, he conseguido cambiar algunos hábitos y comportarme un poco más como Dios manda. ¡Si!, como manda el Dios del respeto… del amor… de la bondad… de la caridad… de la sabiduría… de la paciencia…
Entonces seguro que se celebrará con más motivo y alegría… LA NAVIDAD.

Felices fiestas.

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