Art. de opinión de Vicente Díez

Los forzados de la carretera.-

Este título lo he copiado del que en su día (año 1.922) escribió el periodista deportivo Albert Londres (“Les forçats de la route”) para detallar el motivo que tuvo el ciclista francés Henri Pelissier al abandonar el Tour de Francia, llevándose consigo a su hermano Francis y a otros miembros de su equipo comercial. Su queja se basaba en que le obligaban a llevar puestos dos maillots (el de líder de la general y el de primer francés), dejando a su elección si quería o no, ponerse también el maillot de su equipo comercial. Henri Pelissier fue el mayor de una saga de tres hermanos; le siguieron Francis y Andrè en su familia.

No le valieron de nada sus protestas y abandonó, declarando que el director del Tour, Henri Desgrange, hombre de fuerte carácter como Pelissier, les trataba de manera inmisericorde, como si fuesen delincuentes: “Somos hombres libres; no presidiarios”, declaró. Por su parte, Desgrange contraatacó con otra declaración: “Henri Pelissier no sabe sufrir y su carácter de gran señor le impedirá vencer en el Tour, a pesar de su indiscutible clase”. No se cumplió el vaticinio, pues en el año siguiente (1.923) se vio el triunfo de este corredor. En cuanto a sus hermanos, Francis fue el más modesto en palmarés y asimismo, fue director deportivo del equipo comercial “La Perle”, donde debutó como profesional Jacques Anquetil, a principios de los años 50. El menor del trío Pelissier, André “Dedè” fue un sensacional sprinter en los años 30 y tuvo en su palmarés el record de victorias en etapas de distintos Tours de Francia, hasta la llegada de Eddy Merckx varias décadas después.

Pero mucho peor lo tuvo que sufrir otro francés, Eugene Cristophe, “le Vieux Gaulois”, el cual en 1.914, siendo líder en una época en que llevaban una mochila sujeta al manillar con toda clase de objetos necesarios. Cristophe rompió su horquilla delantera en la etapa del Tourmalet y tenía dos opciones: abandonar, o reparar por su propia mano cualquier avería ante el juez – árbitro; sólo podía recibir instrucciones verbales, pero no ayuda manual de otras personas. Eligió la segunda opción y bajó a pie 20 kms. hasta llegar al pueblo de Sainte Marie de Campan, donde en la herrería local y siguiendo las instrucciones verbales del herrero, soldó como pudo y supo su horquilla. Se reincorporó a la carrera, pero las más de cuatro horas perdidas le alejaron definitivamente del liderato. Por cierto, aquel año fue el último en celebrarse el Tour, debido al paréntesis de la I Guerra Mundial.

El Tour de Francia se reanudó en1.919 y el director, Desgrange, a petición de muchos aficionados que no identificaban al líder en medio del pelotón en los años previos, decidió distinguirle con un maillot distinto a los demás. El periódico organizador (L´Auto) tenía las páginas de color amarillo y ese fue el color elegido para el líder del Tour y así aprovechó para hacer propaganda indirecta de ese diario.

¿Y qué decir de las cuestas en aquella época? El Gran Premio de la Montaña, con su puntuación y los puertos de distintas categorías (especial, 1ª, 2ª, etc) comenzó como tal en el año 1.933, inaugurando su palmarés un español, de Cantabria, Vicente (Vicentuco) Trueba “la Pulga de Torrelavega”, quien era “chiquito, pero matón”. Sus rivales le tomaban a broma o a risa, al ver a alguien tan pequeño (apenas superaba el 1,50 m. de estatura) pero pronto demostró que era un gigante por su clase y tesón y a pesar de consumir poca comida antes de las etapas, en casi todas las cimas enseñó el dorsal a sus rivales. Al regresar a España, Trueba rechazó una oferta en la que tendría que torear vaquillas en algunas plazas, junto a toreros consagrados con toros.

Bien, pues las cuestas empezaron a subirse en 1.905 y desde entonces, había primas en metálico para los destacados en cada cima, pero no había puntuación ni clasificación para los escaladores. Desde aquel año y hasta mitad de los años 20, al haber varios puertos de montaña en algunas etapas, el organizador enviaba antes de la salida de los ciclistas, tantos automóviles como montañas hubiese en esa jornada, pues los coches en las cuestas echaban humo por su parte delantera, como las cafeteras y los grandes escaladores de la época llegaban a la cima cuando aún estaban manteando y añadiendo agua al motor del auto. Es evidente que un solo auto, si estaba previamente en la primera cima, podría anotar los dorsales e incluso seguirles en la bajada. Pero ¿y en la segunda subida? “¡Oh, la, la… mon Dieu, catastrophe!”. Eran imprescindibles tantos autos como montañas y cada auto llegaba a su cima, rodeando por carreteras secundarias con tal de evitar al máximo las subidas. Esta situación mejoró cuando los coches ya podían seguir y poco a poco, incluso adelantar a los escaladores y se dio a partir del año 1.926.

Otra anécdota de la dureza del ciclismo es que hasta el año 1.930 no se permitió en el Tour que las bicicletas llevasen incorporado el cambio de piñón (el de plato, aparecería años después). En 1.930, comenzó a disputarse por selecciones nacionales y regionales, que duró hasta 1.961. Hasta 1.929, último año de los equipos de marcas comerciales, el piñón tenía tres coronas (calculo que serían de 24, de 20 y de 16 dientes, aproximadamente) y un solo plato. Ni qué decir que las carreteras de entonces serían peores y con más baches que las actuales, con lo cual la cadena daba brincos y a veces, se salía si no se ajustaba adecuadamente. Por ello, el ciclista para cambiar de corona en el piñón, debía bajarse de su bici y a mano, colocaba la cadena a su elección. Y cerca del piñón, en la horquilla trasera (el tirante derecho) tenía acoplada una barrita de hierro, que disponía de una ruedecita, por la que pasaba la cadena (hoy, continúa existiendo dicha ruedecita). Esa barrita de hierro y su ruedecita se inclinaba más o menos, a gusto del ciclista, para que la tensión de la cadena fuese similar en cualquiera de las tres coronas y evitar que con la cadena colgando (en la corona pequeña, de 16), se saliese o con la corona grande (la de 24 dientes) la cadena estuviese tan tensa que frenaba algo su movimiento.

Yo mismo guardo en mi memoria cuando comencé a querer ser ciclista, en la pubertad, con 14 años (1.962) en que me regaló su bicicleta de los años 40, un vecino que era 20 años mayor que yo y no la usaba. Tenía una manivela de cambio de plato que iba acoplada a la barra vertical del cuadro, cerca de los platos y este desviador separaba o llevaba la cadena de un plato al otro. Esta bici fue el primer sueño para mí y la fui mejorando con los ahorros de las 50 pesetas que me daba mi madre (q.e.p.d.) como “paga semanal”. Y me la robaron a los 20 años (1.968), pero ya para entonces, en poco tiempo, me hice con otra, pues mi pasión por el ciclismo era ya imparable y hoy, superados ya los 63 años, aún sigo con la misma ilusión, pero no con las mismas fuerzas; ¿Qué le vamos a hacer? “las teclas” de la artrosis en la rodilla izquierda.

Y volviendo a aquella época, la década de “los felices años 20”, Francia sólo consiguió un triunfo en su Tour (el mencionado Pelissier, 1.923) y Bélgica logró igualar a Francia en número de triunfos; de hecho, el primer triple vencedor fue el belga Philippe Thys (1.913, 14 y 20). Incluso se dieron tres dobles vencedores: otro belga, Firmin Lambot (1.919 y 22); el primer italiano, Ottavio Botecchia (1.924 y 25) y el luxemburgúes Nicolás Frantz (1.927 y 28).

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