Art. de opinión de Luis Beresaluze Galbis

LA PAREJA ENTRAÑABLE

Los veía desde que vine a vivir a la Playa de San Juan. Un par de viejos, probablemente holandeses, ingleses o suecos. Europeos del Septentrión. Los dos muy delgados. Él, como un Quijote altísimo, muy flaco, grandes bigotes, perilla de coronel victoriano y pelo a lo Nietszche, de ese gris cano de la gente mayor que fue rubia. Ojillos azules inexpresivos en lo hondo de su rostro demacrado, marcado de ángulos y aristas. No gesticulaba jamás. Tan delgado que parecía de perfil. Ni hablaba ni sonreía. Una figura casi irreal. Vestida descuidadamente, ausente, que caminaba y caminaba arrastrando el carrito de ruedas en que paseaba a su pareja, igual de delgadita, encogida, cubierta la cabeza con un gorro de lana, muy tapada, tanto en verano como en invierno.

Nunca los sorprendí parados
, comprando algo, hablando con alguien o entre sí. Eran dos silencios ambulantes. Siempre caminando bajo el sol, en una suerte de amor peripatético, como si quisieran recoger y asimilar toda la luz que probablemente les faltó en los paisajes de su nórdica juventud, detrás de un destino ideal que estaba en ellos mismos. Como encarnando silenciosos, un pequeño poema de dulcísima cultura.

Debían hacer varios kilómetros. Un domingo los ví a la altura de la gasolinera de la Condomina, cerca de la Albufereta. Otra vez, vez en Muchavista, cerca de El Campello. Siempre el mismo entorno, como entre los centros comerciales de Fontana y Venecia. De ida, con una no expresiva ilusión por delante; de regreso de nada, detrás de una meta que debía consistir en la continuidad de su apagada felicidad y armonía. En el ninguna parte de su patria bipersonal.

Era una estampa repetida a lo largo de años. Al principio, hacían el recorrido en una bicicleta doble y continua. Ella, después, debió incurrir en cierta incapacidad. No parecían mendigos. Vestían descuidadamente pero daban la impresión de un decoro autosuficiente, con muy pocas exigencias. Les revestía una dignidad honrosa y decadente. Lo debían tener todo, cada uno, en el otro. Autónomos existenciales, se bastaban a si mismos, bajo el sol que un día descubrieron en Alicante, seguramente, como una revelación. No hablaban. No discutían ni se hacían carantoñas. Serios de solemnidad, vivían la caminada expresión de su amor inmenso, con la naturalidad con que acude la sangre a la herida o busca el agua sus desniveles. Con la normal naturalidad de su amor en movimiento, itinerante y callado. Como estando de paso en esta propina de su vida, ejerciendo de dinámicos semi clochards, bajo el puente del cielo.

Debían vivir cerca de mi. Estaban en mi paisaje y lo llenaban con una ternura que me humedece los ojos del alma. El caballero y la dama, casi andrajosos pero humildemente solemnes. Ni la mas fina lluvia me traería, como el recuerdo de su visión, tal sabor a lágrima. Ni el frío mas riguroso, tal estremecimiento. Ni la pasión mas tenue, tanta dulzura. Eran como una tierna invitación a la bondad. Como una lección importantísima impartida por la universidad de la vida, por la que pasamos, a veces, haciendo tanto ruido innecesario con nuestras estúpidas y casi canallas, por su despilfarro lastimoso de la ocasión de amarse, pequeñas querellas domésticas o urbanas.

Viéndolos, pensaba uno con horror en la gente de esos programas de teleinmundicia que tanta audiencia determinan y tales ganancias para los anunciantes que los financian. Aquí solo había verdad, dignidad, sacrificio, ayuda, solidaridad, entrega a un prójimo que un día te regaló un amor que jamás morirá. Y que ahora, tranquilas las hormonas, casi hermanos, hacía arder su ceniza en un tibio fuego que sosegaba el sentimiento y acariciaba atenuado, con dudas en las manos, torpes e inseguras.

Iba con ellos, con mi pareja entrañable, como una pasión dormida, retoño del invierno, flor a destiempo, muy lejos del paisaje brusco y obsceno que el instinto alumbró hace ya tanto tiempo. Vivían los rescoldos de un amor sin prisas, lleno, sin embargo, de urgencias. Cada minuto compartido, un tesoro. Con plata en la cabeza, oro en el alma, paz en la mirada y sonrisa blanda y desarmada, como una mueca blanca, una ilusión que no muere, una esperanza larga. Eran formidables mis dos europeos de allá arriba, mi Quijote desgarbado y septentrional y la dama de sus sueños, su dulcineilla, vencida en un carrito de inválidos que, conducido por él, parecía la carroza espléndida de la mas bella princesa.

Aquí, en la Playa de San Juan, en esta porción aparatosa y tranquila del planeta, todo se hace grandioso, no solo la relación mar, cielo y tierra, de universal impacto en el alma, sino la de este par de personajes tan raramente apasionantes, misteriosos, increíbles casi, y absolutamente reales. Dos pobrecillos ancianos haciendo belleza y solemnidad con su sola actitud de acallada fidelidad, acompañamiento, solidaridad, respeto y amor. Silencioso amor para el que toda la playa oficiaba de eco asombrado y escenario no excedido.

Él era la parte del conjunto que andaba. Ella, la porción sedente, pero también en movimiento. Y el carrito, el hilillo conductor de su continua y cuidada gentileza. Constituían una lección de afecto, de compañerismo, de educación emocional, de un “contigo pan y cebolla” que alcanzaba en ellos, en su episodio tan emocionantemente sencillo, niveles casi agobiantes de lirismo. Me gustaban tanto que hasta me dolía el corazón de alegría cuando los veía, y mas ahora, que ya no los veo, cada nuevo día. Cuando advertía, ilusionado, que seguían cerca de mi. Que aun estaban los dos. Que no se había roto el maravilloso binomio. Que el uno no había perdido al cuatro que parecían dibujar sus cuerpos y actitudes. Porque si fuera el cuatro, la cuatro, mejor, quien perdiera al uno, habríamos entrado en el terreno de la tragedia. Pero esto no podía ser. Se habría equivocado Dios a quien tanto presentía uno en torno a la pareja, como si los nimbase. Se irán juntos, cuando sea, me decía. Se habrían ido juntos, de ese modo, porque, repito, ya no los veo. Estoy seguro y lo pido al Cielo. Esta gente es inconcebible por separado. Dos personas solas en perfecta compañía.

Yo rogaba por las piernas de mi Quijote de los hielos, motor de aquel conjunto que sumaba dos corazones para aquel patético amor peripatético, paseado, a la intemperie, gozando nuestro aire, nuestro clima, nuestro sol, como el mejor regalo hacia el final de sus vidas. En este Paraíso alicantino nuestro, que nunca valoraremos suficiente. Y lo sigo haciendo, donde quiera que se encuentren ahora.

El amor no envejece. Se cansa el corazón pero la ilusión no tiene músculos. Ni la bondad y el respeto. Ni la dulce civilización recogidita y frágil de mis dos viejos de la Playa de San Juan, a quienes Dios bendiga y conserve, aunque ya no los vean mis ojos, por aquí. Parecían insensibles e invocaban, sin saberlo, tanta sensibilidad. Son, eran, un tenue y desvaído milagro. ¡Cómo quería y cuidaba aquel caballero a su mujercita residual, a la inmensidad de su amor casi desvanecido!..

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19 COMENTARIOS

  1. Maravilloso y tierno, escrito con detalles que hacen que la vida merezca la pena mirarla con paciencia con tranquilidad. Disfrutando de su lectura y de cada palabra. Enhorabuena y mil besos

  2. Para hablar del amor, hay que haber amado, para hablar de dolor hay que haber sufrido, para hablar de nostalgia hay que haberla padecido, para hablar de lagrimas hay que haber llorado… En definitiva Don Luis, para hablar de vida, hay que haber vivido, no como un simple espectador que se limita a contemplar las escenas sin profundizar en ellas, sino como usted, que extrae con cuidado detalle e inconmensurable ternura, tanto la belleza, como la crueldad agridulce del trascurrir de los años.

    Unos nacen con el don de ver y otros lo forjan incapaces de conformarse al vacío de lo existente. La misión de ambos es, mostrar al resto, que no debemos resignarnos a las apariencias, vanas e indignas.

    No importa que las cosas no sean, desde la rigurosa realidad, como usted cree que son, el valor y la elevación, se lo conceden los ojos generosos que las miran.

    Ha sabido desgranar con inmensa sensibilidad, lo que para unos cuantos hubiera sido, simplemente, un ejemplo decrepito de fin.

    Su relato, me ha llegado al corazón. Reciba mis comentarios como testimonio de admiración.

  3. Señor Galbis, me rindo a la evidencia.
    Sepa usted que me causa enojo leerle.Anda uno haciendo sus pinitos con las letras, cavilando adjetivos y complementos para , en un segundo, encontrar a alguien que, a golpe de plumazo descuidado, y eso se nota, te deja el trabajo realizado a la altura del subsuelo. Siempre me quedará Bukowski, pero no es menos cierto por ello que envidio su capacidad para llevarnos al mundo que usted quiere.
    Odio parecer pelota, por lo que mis elogios se van a limitar a corroborar lo que mi otro admirado escritor, Claudio, ha dicho de su texto.
    Solo añadir una puntualización sobre la parte de la teleinmundicia, bonita forma de no nombrar la telebasura. No crea usted que son tantos como los «shares» dicen, somos muchos más lo que tenemos una forma de ver la vida mucho mas digna de lo que esa gente da a entender, incluso es posible que esa maravillosa pareja, sobre todo desde que usted ha descargado su pluma sobre ella, ocupara sus ratos de «tele» viendo gran hermano, pero no por eso dejaron de ser protagonistas de una historia de humanidad y de dignidad básica y hermosa.
    Gracias Señor Galbis.

  4. Que bien escribe, Luis. Como le envidio. Tiene Ud. ese don , dado por Dios, o por la sabia Naturaleza, que lo da a quién lo da.
    Ha escrito Ud. un relato tierno, sensible, lleno de amor que me ha llegado al corazón. Y se agradece más en estos tiempos de cruel materialismo, de marujeo y de ídolos de barro que nos imponen, como bien dice en su artículo, desde el poder económico de los medios.
    No tengo más remedio que agradecerle, de todo corazón, ese remanso de paz y amor que me ha resultado este escrito.
    Muchas gracias, de nuevo, y reciba mi felicitación más sincera.
    Espero ansioso su artículo de mañana.

  5. Estimado Luis:

    Quizá, alguno de los más emotivos y cálidos episodios de mi vida, hayan transcurrido en Calpe, tierra y mar hermana, de esa otra tuya, también, San Juan, desde donde arranca esta bella historia, como tantas otras, privilegiadas, de un amor “sin palabras”. Allí, en Calpe, tuve momentos, muchos, para observar a algunas parejas, a la distancia, sobre todo extranjeras, en edad muy avanzada, que compartían, paseando por la playa o sentados en un banquito, ese “silencio” enamorado y sin prisas que en tu relato he visualizado. Ha sido inevitable, muy gratamente inevitable, el que me lo hayas recordado. Gracias.

    El relato es un canto al amor, diría que al “eterno”, ese que culmina, sosegado, casi en el crepúsculo de una vida y que, como bien presumes, debiera continuar más allá de ésta. Porque ese final, dándonoslo a entender, entendiéndolo tú así, que él, junto a ella, muy posiblemente hubieran “partido” juntos, como inescindibles que eran, en un todo, me deja un saborcillo último de felicidad y el dibujo de una sonrisa en mi cara.

    Tocada cada palabra con exquisita delicadeza, dibujados muy bien los paisajes, las escenas narradas… en ese esqueleto tan tuyo de la expresión precisa y culta, además del “alma”, de la candidez que flota en toda la lectura, convendrás, amigo Luis, que te ha quedado un texto que “toca” al lector sensible, mostrándole “otra” vertiente del amor, menos fogosa, pero maravillosa y pura.

    Hay frases, Luis, desperdigadas por el texto, no sabría cuál destacar, de un lirismo sobresaliente, de puro asombro. ¡Vaya que sí!

    Mis felicitaciones, y mi agradecimiento. Me ha encantado recorrer de tu mano ese trocito tan cálido de la Playa de San Juan.

  6. Pero que barbaridad Don Luis, no me han dejado esta semana mis compañeros. Don Wifredo Don. Claudio y el Señor clinclinclinclok, casi opinar de su magnifico
    y sensitivo articulo, además estoy lagrimando de verdad. Don Luis, gracias por embelesarnos cada semana con su pluma, que debe tener muchos (jigas) de memoria.
    Quien la pudiera heredar.

    Un saludo para Usted, y para mis tres distinguidos.

  7. Muy mal señor Muñoz-Pellín. Otro comentario muy desafortunado y dificil de entender. Usted podría haber sido pero no lo será nunca. «ENVIDIOSO»

  8. Y a pesar del javierín… ¡Que se te extrañaba, hombre! ¿Mucha faena? Me dicen que ha hecho bueno en Novelda. Bien está, me alegro. Ay javierín… un saludín.

  9. Señor Pellín, ofende usted con su presencia, aunque sea virtual.
    Todos nos preguntamos como serán los demás participantes en este foro, de todos menos de usted, le vamos conociendo. Si usted hubiera vivido y conocido a Cristo le hubiera dado un beso de treinta monedas.
    Un día le dije al Señor Galbis que era muy receptivo a las minusvalías, a las psíquicas y a las físicas, pero cuando estas, como la suya, se mezclan con maldad, con tanta maldad gratuita, mi percepción no es la misma. Va quedando claro porque un erudito como usted ha sido relegado de Roma a Les Forques.
    Lo siento mucho Señor Pellín, yo estaría muy avergonzado si pensara que puedo ser como usted.
    Y no soy yo solo por pensar como pienso. Le ruego se pase usted por aquí porque una fiel de su iglesia le ha dejado un mensaje. Tengo su correo por si quiere ponerse en contacto con ella.

    http://clinclinclinclok.wordpress.com/2011/02/14/391/

    Tiene usted la misma percepción del éxito que Belén Esteban, el escándalo, la ofensa y unos fieles seguidores.

  10. Me deseas buena Cuaresma. Y ya me anticipas, en este viernes que debía ser tranquilo,tu miajita de Pasión.

    Vayamos por partes:

    Primero: Escribo para Novelda y me comentan varios amigos que me conocen y me quieren. No aspiro a difusiones galácticas, procuradas sabe Dios por qué medios tecnológicos e impersonales.

    Segundo: Hay que ser consecuentes. Te pasas la vida alardeando de tratar de Don y de Señor a todo interlocutar y con los señores Rizo, un par de auténticos caballeros, a quienes, insisto, no conozco, usas una fórmula patibularia, «los Rizo», como se hace con los clanes de delincuentes, los «Rizzi», por ejemplo, en una pelicula americana de mafiosos napolitanos…
    No solo inconsecuencia: Desprecio y soberbia, porque los consideras, además, deficientes académicos. Para que su aplauso a mis cosas valga menos…,

    Tercero: Sabes cuanto te quiero. Sabes lo que tu familia representa para la mía. Sabes que a los once años, ya todo un hombre, sentí la mayor pena de mi vida al conocer el fusilamiento de tu tio Vicente, uno de los «cuatro mártires», que viajaba «Polluelos» para mi padre. Y era muy amigo mío. Sabes como veneraba y venero a tus santos padrtes. Que tu obligación de quererme, de querereme mucho, se traduzca en estas pequeñas miserias, escapa a mi comprensión.

    Cuarto: A estas alturas, pendiente de la mostrenca contabilidad de los comantarios que merecen mis artículos…¿No tienes nada mas constructivo a que aplicarte?

    Quinto y definitivo: Me das mucha pena. No quiero asimilar lo que parece la expresión de una ruindad patológica. Rezaré mucho por tí. Por tu paz espiritual.

    Un abrazo

    Luis

  11. Javier, me tienes totalmente desconcertado. No sé que pensar de tí, y, aunque a mí, te lo prometo, no me ofendes, no entiendo tu obsesión con Luis Beresaluze. Eso sí me molesta porque estás cuestionando a un pedazo de escritor.
    En fin, tu sabrás. Y no vuelvas a pedirme perdón, porque no hace falta.Pídeselo a Luis, que es realmente el ofendido.
    Lo que sí me molesta, aunque no demasiado, es que a mi hijo y a mí nos llames los Rizos. No somos «los Rizos», somos Claudio Rizo y Wifredo Rizo. Eso de los Rizos me suena a clan mafioso.
    Y no vuelvas a exigir respeto a tu sotana. No te lo mereces. El hábito no hace al monje.

  12. OIGA, Muñoz-Pellín, no tiene usted ningúnd derecho a «ridiculizar» al Sr. Beresaluze por el nº de sus comentarios. Le voy a decir una cosa, o varias. Usted genera debate porque lo que usted dice tiene gente en contra y gente a fovor, por cierto, los palmeros de sus artículos son reclutas de su facebook, El Sr. Beresaluze no genera debate porque lo que dice, casi todos estamos a su favor y disfrutamos de su calidad literaria y humana. Convendrá usted conmigo, que me considero una lectora habitual de los artículos de Novelda Digital que sus artículos no se acercan ni de lejos a la calidad y nivel de los del Sr. Galbis, hasta los de joven Claudio Rizo y los de Jesús Navarro, son infinitamente mejores y más humnaos que los suyos. Si yo fuera usted, echaría el cirre y no participaría más en publicar artículos y comentaarios en Novelda Digital. Ha sido usted simplemente PENOSO

  13. No dejo de preguntarme porque lo hace, porque Don Javier, se empeña en romper la armonía con la que venimos comentando los artículos de opinión de Don Luis, especialmente, este que nos ocupa, cargado de inconmensurable ternura.

    Quiero creer, aunque peque de ingenua, que lo hace con un propósito, a pesar de que pueda perjudicar, más que beneficiar a Don Luis.

    ¿Es posible que Don Javier, utilizándose a sí mismo como reclamo publicitario dañoso, pretenda captar la atención de los lectores para que se atrevan a comentar y no solo a leer, los artículos de Don Luis, que dicho sea de paso, es el que más escribe?

    Todos estamos de acuerdo en que Don Luis no necesita de cebos para que sus artículos sean valorados y apreciados, pero tal vez, Don Javier no sea de la misma opinión y quiera echarle un cable, sacrificándose por Don Luis.

    Flaco favor, por supuesto, pero me consuela pensar que pueda ser así, viniendo de un hombre cuya misión es: “cuidar el rebaño que Cristo le ha asignado”.

    Toma relevancia la cita del apóstol Pablo en la carta a los Corintios en la que decía ‘nosotros no queremos ser dueños de vuestra fe, sino los colaboradores de vuestras alegrías’. …

    Ya sé que debo parecerles demasiado cándida, pero prefiero especular sobre esta posibilidad, que rumiar faltas y carencias, humanas o sacerdotales, que me infunden desolación.

  14. COMENTARIO A ALICIA:
    Ha estado Ud. acertadísima en su comentario resaltando a ese pedazo de escritor que nos deleita los fines de semana en N.D., como es Luis Beresaluze.
    Aunque no soy quién, en su nombre le doy las gracias. Y lo hago por egoísmo. Aunque sé de la fortaleza espiritual de Luis, puede llegar a cansarse de este alzacuellos, y privarnos de sus magníficos artículos, que, como magníficamente comenta Azorín (nº 17), se comentan (yo añado, se disfrutan) y los de Javier se tragan.

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