Art. de opinión de Jesús Navarro Alberola

Juan Roig: marca de la honestidad

Conocí a Juan Roig hace muchos años, cuando Mercadona comenzaba a ser el gigante empresarial que ahora es. Me pareció un hombre sereno, trabajador y tenaz; pero ante todo, supe de inmediato que era una persona que afrontaba los problemas de cara, casi con la solución pensada de antemano, alguien que guardaba detrás de una amplia sonrisa muchísimas más ganas aún de sonreír y repartir amabilidad pero, sobre todo, con un apego a la realidad de las cosas, buenas o malas, fuera de lo común. Y fue esto lo que llamó mi atención, y lo que todavía nos sorprende a los que tenemos la suerte de conocerlo de cerca.

Esta semana le han entregado el Premio Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial y Juan Roig sigue siendo el mismo. Eso es de valorar. En una época donde los títulos y galardones tienen la contraprestación de sacarnos del mundo real, todavía hoy, después de que su figura sea ya ejemplo de los valores humanos y empresariales, Juan dibuja en su rostro la misma sonrisa que seguramente esbozaría a mediados del siglo pasado, cuando aquel niño que fue comenzaba a iniciarse en el mundo de un negocio familiar principalmente dirigido a la alimentación.

En la actualidad, Mercadona alimenta y cubre las necesidades de miles de hogares españoles. Dejando a un lado datos y cifras por todos conocidos, el éxito de Mercadona es en realidad el factor humano. Al tratar al empleado como persona y no como un mero eslabón en medio de una larguísima cadena, el trabajador responde con reciprocidad, actuando como si la empresa fuera de ellos. Sus más de sesenta y dos mil trabajadores fijos tienen sueldos por encima de la media del sector y cuidados únicos que respetan a la familia, a las madres, a los estudiantes… De ese modo, el empleado se siente valorado y atendido. Sus necesidades están satisfechas y la única respuesta tan solo puede ser el agradecimiento en forma de ilusión y esfuerzo continuo por el éxito de la empresa. Algo similar ocurre con los proveedores y colaboradores de Mercadona. El orgullo de formar parte de este sueño no se compra ni se vende: se tiene o no se tiene.

Tan solo al traspasar las puertas de las casi mil trescientas tiendas, los clientes de Mercadona notan, o notamos, enseguida el ambiente cordial, familiar y relajado que trasmiten trabajadores, productos, entorno, aroma… A la tercera visita te llaman por tu nombre y uno parece encontrarse en la tienda de la esquina de toda la vida. Él nos llama sus clientes-jefes. Este simple calificativo define toda una estrategia empresarial de éxito: al considerarnos jefes, todo lo que pedimos se nos concede, sobre todo calidad y precio, por ese orden, entre otras muchas cosas.

Esa sencilla ecuación es la que ha logrado resolver Juan Roig: ofrecer calidad y precio a miles de familias manteniendo el respeto y la atención con sus trabajadores y con el entorno social. Mercadona intenta ser «invisible» y molestar lo menos posible a los vecinos; además, por supuesto, de respetar el medio ambiente en todos los sentidos. Él pide únicamente trabajar más y mejor, hablar con hechos y no tanto con palabras. En su discurso de agradecimiento por el premio, esta frase retumbó en la sala: «No esperemos lo que España puede hacer por nosotros, pensemos qué podemos hacer nosotros por España». Al igual que Kennedy en la América de los años 60, estas sencillas palabras puestas en práctica pueden suponer ver la luz en el largo túnel de crisis en el que estamos metidos de lleno todos los españoles. Una lección que quizá debieran aprender nuestros políticos, aturdidos y algo despistados por la cascada de datos negativos. La lección que nos da Juan Roig es que ser grande pasa por respetar al pequeño, por valorarlo en su totalidad. Ser grande es escuchar las peticiones de los demás, saber valorarlas y atenderlas en su justa medida. Lo que nos enseña Juan Roig, y de ahí esa excelencia empresarial que se le ha reconocido, es que para ser un gran empresario (o un gran político) hay que tomar nota diariamente de las exigencias de los ciudadanos, ya que ellos son nuestros clientes («jefes») potenciales.

Comenzaba este artículo hablando de cuando conocí a Juan Roig. A lo largo de todos estos años en los que hemos ido forjando nuestra amistad, cada día valoro más algo que supe ver desde el principio: su manera de afrontar la realidad e ir de cara con todos; y algunos lo sabemos bien, para lo malo y lo bueno. Su tatuaje es perpetuo… Y eso, en el mundo de cartón piedra en el que vivimos, es reconfortante y, casi me atrevería a decir, único. Como único será el futuro de éxito que espera a Mercadona y Juan Roig, no solo en España sino también en el mundo.

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