DE LA VIDA Y LA MUERTE DE INSECTOS Y OTROS SUJETOS

Artículo de opinión de Vicente Botella Panea

INTRODUCCIÓN Y FUNDAMENTO TEÓRICO

La naturaleza siempre ofrece la respuesta, desvela todas las claves y nos muestra los cómos y los por qués de aquello que no alcanzamos a comprender.

El notable desarrollo de las ciencias agroforestales a lo largo del último siglo ha permitido a propietarios y gestores preservar exitosamente la sanidad vegetal de espacios naturales y cultivos, velando por la productividad y conservación de los agroecosistemas, puesto que, a día de hoy, se dispone de variadas y eficaces alternativas en la planificación de la gestión y control de enfermedades y plagas.

A la primitiva y archiconocida lucha química se han ido sumando métodos de protección fitosanitaria de diversos tipos: preventivos de cultivo (culturales), mecánicos y físicos de ahuyentado o destrucción (manuales, barreras, biosolarización, inundaciones controladas, trampas cromáticas o lumínicas para capturas y monitoreo, repeledores…), tratamientos genéticos, herramientas biotecnológicas (uso de trampas de captura o confusión alimentarias o de feromonas, debilitamiento progresivo de poblaciones a base de liberar machos estériles reduciendo al mínimo la descendencia…) y quizás los más interesantes, los métodos de control biológico, que emplean enemigos naturales y determinados entomopatógenos específicos (virus, bacterias, hongos y nematodos) para controlar la población plaga, bien depredándola, bien parasitándola fatalmente o bien causando enfermedades dentro el insecto o ácaro considerado dañino, lo que conduce inexorablemente a su muerte.

La gestión integrada de plagas propone un examen cuidadoso del problema poblacional, su evaluación y la elección de una estrategia que combine exitosamente estas técnicas de control.

Pues bien, que no quepa duda alguna de que este control integrado está siendo empleado de forma análoga para debilitar poblacionalmente la especie diana nº 1: el ser humano. Si no lo vemos de esta forma pensemos en el menú planificado de ingestión de químicos, tratamientos culturales preventivos, presiones físicas y mecánicas, empleo de atrayentes y dispersores, confusión hormonal, esterilización poblacional, inoculación programada de patógenos o incluso en el hospedaje permanente y sangrante de legiones de parásitos que soportamos.

Pero volvamos por un momento a la lucha química tradicional. Dentro de la aplicación de productos fitosanitarios han ido surgiendo nuevas sustancias activas con características toxicológicas y modos de acción distintos a los habitualmente empleados. Son los llamados biotécnicos o biorracionales. Se trata de productos de tercera generación, que presentan una acción funcional que interfiere en los procesos fisiológicos propios del insecto de tal forma que acaba con la vida de éste ya que actúan alterando el comportamiento y el ciclo natural de su desarrollo. Algunas de estas sustancias obstaculizan el mecanismo de síntesis de la quitina que forma la cutícula (esqueleto externo del insecto), impidiendo así la muda completa de las larvas o ninfas para alcanzar el estadio adulto; otros inhiben su proceso alimentario (estimuladores de apetito o provocadores de inapetencia); incluso algunos aceleran el citado proceso de la muda, produciendo malformaciones larvarias y la posterior muerte en los adultos. Aunque de todo este macabro abanico quiero poner especial detalle al describir cómo actúan los reguladores de crecimiento, una de las herramientas más sofisticadas, sutiles y a la vez más crueles. Los insecticidas reguladores del crecimiento (IGRs) son específicos para ciertos insectos y causan la muerte del organismo diana lentamente, actuando sobre el sistema endocrino, ya que tienen una estructura muy similar a ciertas hormonas producidas por el cerebro del insecto, como la hormona juvenil, encargada de mantener los caracteres jóvenes durante el estado inmaduro. En el proceso normal, cuando el grado de desarrollo del insecto es adecuado, la producción de la hormona juvenil en el cerebro se detiene y entonces se produce la muda hacia la pupa (fase pre-adulto en el caso de insectos con metamorfosis completa) o directamente hacia el adulto (en el caso de aquellos con metamorfosis sencilla). Estos insecticidas imitan la acción de la hormona juvenil y mantienen al insecto en su estadio inmaduro. Los insectos tratados con estos biocidas no son capaces de mudar con éxito hacia la fase adulta y, consecuentemente, no consiguen reproducirse con normalidad. Curiosamente, los análogos de la hormona juvenil afectan básicamente al último paso del estadio ninfal o larvario previo al estado adulto. En definitiva, se impide el desarrollo secuencial y escalonado del insecto en su último tramo evolutivo, el cual no consigue alcanzar la forma adulta (ej. un escarabajo nunca llegaría a presentar el aspecto final con que todos lo identificamos, sino que permanecería siempre como  una larva, con aspecto de gusano diminuto y rechoncho). 

Con el empleo de un análogo de la hormona juvenil, se consigue que no haya adultos. Esto es muy importante en el caso de que sean éstos los que provoquen el daño que queremos evitar o si buscamos eliminar la capacidad de reproducción de la plaga a tratar. En la actualidad son empleados para combatir aquellas especies que implican un peligro en estado adulto, pero no así en sus fases larvarias, tales como mosquitos, pulgas, chinches y… humanos.

Las fases larvarias del humano son marcadamente dependientes y frágiles, mientras que el esplendor físico y mayor potencial de la especie se consigue, justamente, en el paso último del adolescente al adulto, de tal forma que un adulto joven bien formado podría encarnar con vigor ciertas cualidades y virtudes prácticas tales como: inteligencia, integridad, autonomía, emprendimiento, capacidad de trabajo, resolución de problemas y una aptitud más que solvente para articular un entorno fuerte, seguro y estable, lo que otorgaría ciertas garantías para consolidar una comunidad equilibrada y bien organizada que pudiera absorber cualquier impacto y reaccionar y progresar frente a cualquier crisis, contratiempo o catástrofe. Una población con una proporción adecuada de estos individuos sería viable a lo largo del tiempo.

DIAGNOSIS

Sin embargo, la realidad es bien distinta. El diagnóstico nos indica que nuestro grupo poblacional está compuesto mayoritariamente por larvas, aunque muchas de éstas sean aberraciones de individuos adultos que han rechazado ejercer como tales y asumir el papel que les correspondería por edad, habiendo renunciado, precisamente, a la posibilidad de conservar los valores más puros e interesantes de su última fase larvaria adolescente, tales como la curiosidad, el hambre de conocimiento, la búsqueda de respuestas, el pensamiento crítico, la valentía, la rebeldía, la necesidad de experimentación, el idealismo, el inconformismo… para, de una manera lamentable limitarse a abrazar y complacerse precisamente en aquellos rasgos más egoicos propios de ese estadio ninfal: la volubilidad, la apatía, la insociabilidad, la abulia, la timidez, el capricho, la superficialidad, la frivolidad, la banalidad, la inconstancia, la vergüenza paralizante, la autocompasión, la inseguridad, el miedo, la ociosidad, la vanidad, el hedonismo, la autocomplacencia, la irresponsabilidad, la hemorragia emocional indiscriminada y constante…, en resumen, la contemplación y exaltación del yo por encima del entorno.

Tal es así que los verdaderos propietarios y gestores de nuestro ecosistema, que erróneamente creemos nuestro, se frotan las manos, se felicitan entre sí y se limitan a mantener una población quebradiza que no consigue mudar con éxito a la fase adulta, una sociedad desequilibrada y débil, repleta de adultos-inmaduros inutilísimos, provistos, eso sí, de recursos económicos suficientes para consumir al ritmo adecuado.

Recordemos que las larvas únicamente consumen, engordan y mudan; no son productivas, no presentan apenas movilidad ni medios para defender la población, para reproducirse o para colonizar nuevos espacios que permitan la supervivencia de la comunidad. Cualquier grupo poblacional compuesto mayoritariamente por larvas está condenado a la desaparición.

CONCLUSIONES Y PROPUESTAS DE ACTUACIÓN

Hemos permitido una generación adocenada, acomodaticia, vulnerable y débil, peligrosamente débil.

Echemos un vistazo retrospectivo y recordemos la de nuestros abuelos y hagamos una comparación rápida. ¿Alguien piensa realmente que somos ahora más fuertes, menos sensibles a cualquier alteración, menos vulnerables, más resistentes y resilientes como individuos y como grupo?

Pensemos también en nuestros jóvenes. ¿Somos ejemplo y estímulo para ellos? Nos hemos preguntado por qué se han desterrado absolutamente en nuestra sociedad occidental todos los ritos y ceremonias de iniciación y paso de la adolescencia a la adultez. Quizás porque ya no tienen sentido para una población joven confusa, desganada y anulada que no aspira al cambio, a la muda. Quizás porque no interesa que se completen los procesos naturales de metamorfosis.

Y nosotros… cuestionémonos qué tipo de formulados tóxicos consentimos absorber diariamente con el ansia de perpetuar la comodidad que nos proporciona ese análogo de hormona juvenil y desde qué frentes nos los están aplicando. Parémonos a meditar acerca de qué medios de comunicación consumimos, qué redes sociales empleamos y con qué finalidad, cuál es la calidad de nuestras relaciones, en qué estímulos nos bañamos, qué lenguaje empleamos y cómo nos comunicamos, en qué tipo de ocio nos refugiamos, a qué evasiones somos adictos, a través de qué códigos éticos y morales nos conducimos, quiénes nos los dictan, qué fines se esconden tras estos dictados. ¿Son realmente nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestras reflexiones? ¿Consentimos todo esto conscientemente? ¿Cuándo y cómo dimos las autorizaciones para ser objeto y diana de este tratamiento biocida?

Y para concluir, ¿somos lo suficientemente maduros para asumir un mensaje incómodo como este y reflexionar acerca de lo que plantea o vamos a limitarnos a rechazarlo de base y a guarnecernos, una vez más, en la cueva de nuestra falsa seguridad, como haría una simple larva?

V

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2 COMENTARIOS

  1. Fantástico artículo. Totalmente acertada la metáfora. En mi opinión invita a la reflexión individual y a despertar.

  2. Gracias, Ana. Se trata de eso mismo, de hacernos conscientes de la realidad que hemos consentido y de salir de la crisálida de una vez. Y ya sabes: Novelda despierta (que no es lo mismo que el urgente y necesario: Novelda, ¡Despierta!). V

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