La partera (VII)

Artículo de opinión de José Fernando Martínez, «Charly».

El Colegio San José de Murcia.

En el patio del Seminario San José de Murcia, un año después de acabada la Guerra Civil Española, jugaban de un lado para otro niños con sotana y ambiguas caras de felicidad por estar en el mejor momento de todo el día. El bullicio era como una fiesta en un lugar donde la mayor parte del tiempo era el silencio lo que dominaba las clases, las oraciones y los estudios. Miles de niños, previa propaganda del Régimen Franquista, se animaron a convertirse, tras haber escuchado la llamada de Dios; el hambre provocaba alucinaciones auditivas, incluso transformaba los ruidos de la barriga en voces.

También es verdad que tampoco era gran cosa lo que se conseguía comer por ser seminarista. Por las mañanas recibían el único trozo de pan que iban a comer en todo el día. Era del tamaño de un dado grande y casi igual de duro; tanto que, cuando lo sumergían en el agua manchada que se hacía pasar por café con leche, se hundía como una piedra. Las lentejas del mediodía eran famosas porque llevaban incluida la carne de los gusanos que las habitaban. En fin, por lo menos comían; había gente que no tenía ni eso y morían de inanición.

Como muchos días, entre la algarabía del patio, no se encontraba Antoñico (el nieto de La Partera) que, como de costumbre, se quedaba en la capilla, solo y en el rincón de un banco, para que no se le viera mucho, en caso de que entrara algún profesor. Allí se pasaba todo el recreo rezándole a Dios un niño de diez años vestido de cura, medio asustado por si volvía la guerra y medio emocionado porque el todopoderoso Dios le escuchaba. Servía al deseo de su madre, que se había quedado viuda; y Franco no quiso pagarle pensión porque su marido no había muerto por la causa nacional. De este modo, accediendo al deseo de su madre, conseguía que se sintiera un poco menos triste y eso le hacía sentirse bueno e importante para su madre.

Por aquel entonces, Don Antonio Conejero era el suplente del Obispo de Cartagena, Miguel de los Santos Díaz de Gómara, que en ese momento se encontraba en Barcelona por imperativo del Régimen, para investigar y poder dar con los restos del anterior obispo, Manuel Urutita, que a principios de 1936 había sido víctima de la persecución religiosa.

Llegó a oídos de Don Antonio que el alumno Martínez se quedaba en los recreos en la capilla y se acercó a preguntarle por qué no salía al patio junto con los demás compañeros. “Le rezo a Dios para que vengan los rojos y me lleven con mi padre allí donde lo tienen escondido”, le contestó. Al escuchar estas palabras, se le partió el alma en dos, y pasaron por su mente todos los amargos recuerdos que soportó en la guerra, por lo que sintió una gran compasión por el niño y su visión infantil de semejante infamia.

Unos días después de este episodio apareció por sorpresa «La Partera» para hablar con el director. No la dejaron entrar; al parecer estaban prohibidas las visitas, y supongo que el hecho de ser mujer no facilitaba las cosas. Pero ella, en su línea, no se iba a dejar achantar. Se fue por la puerta de atrás y entró aprovechando que entraba algún trabajador o haciéndose pasar por cocinera. En cuanto pisó los pasillos de las aulas en busca de Antoñico, la detuvieron varios curas, no sin que antes ella opusiera resistencia y soltara algunas maldiciones que provocaron en éstos nerviosas señales de la Santa Cruz y miradas al cielo pidiendo ayuda porque se les había colado el mismísimo demonio con forma de mujer.

Uno de ellos corrió a llamar al director, el cual se presentó con andares presurosos y agarrando con una mano el crucifijo que llevaba colgado con ademán de encararlo por si fuera necesario. Afortunadamente, La Partera tenía un as en la manga por si acaso: “Soy amiga de Don José Poyatos y tengo que decirle una cosa”. Estas palabras enfriaron rápidamente los ánimos y fue invitada a pasar a su despacho. Una vez allí, la Partera contó su historia y por qué quería que el nombre de su nieto no apareciera en ninguna ficha y añadió que, además, quería hablar con su nieto. Su intención era que, si volvían los rojos, no pudieran encontrar su nombre entre los archivos del colegio. Al final, tras una larga charla que conmovió por lo triste y trágico de su historia, consiguió lo que pretendía y se fue a hablar con su nieto.

Una vez reunida con su nieto, le rogó que se saliera del seminario y que estudiara para ser médico. Pero él le respondió que eso le daría un disgusto de muerte a su madre y le prometió que estudiaría allí hasta acabar, pero nunca sería cura. Y con esto se quedó tranquila la Partera, hasta que un tiempo después llegó el Obispo y la mandó llamar para hablar con ella. 

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